Liga Santander | La pelota de papel Real Madrid o la mediocridad intolerable

  • El enorme vacío que por ahora deja el coloso blanco en la azotea de la tabla carga de estímulos a la Liga, que refuerza su perfil alternativo por las dudas de Valencia, Villarreal o Betis

Benzema, en el clásico del pasado domingo con Varane y Casemiro al fondo. Benzema, en el clásico del pasado domingo con Varane y Casemiro al fondo.

Benzema, en el clásico del pasado domingo con Varane y Casemiro al fondo. / Enric Fontcuberta (EFE) (Barcelona)

Lo normal, desde que la Liga asigna tres puntos por victoria, es que el Real Madrid se mueva en la horquilla de los 22-25 puntos una vez consumidas las primeras diez jornadas. Pero el malparido proyecto de Julen Lopetegui ha repartido puntos como caramelos los Reyes Magos cada 5 de enero, y nos encontramos, dato insólito, con que el coloso blanco tiene, tras más de un cuarto del campeonato, los mismos puntos (14) que goles a favor y que goles en contra. Y las mismas victorias (4) que derrotas. Una mediocridad intolerable. La que más, por tratarse de quien se trata.

Hace 17 años que el Madrid no describía un vuelo tan bajo. Entonces, con Vicente del Bosque al mando, incluso estaba un puesto más abajo que hoy, pues era décimo, y sumaba 13 puntos por los 14 de ahora. Eran otros tiempos. Los seis primeros equipos estaban comprimidos en tres puntos, el liderato a golpe de victoria: Deportivo (20 puntos), Barcelona (19), Celta (18), Alavés (18), Valencia (18) y Betis (17). Fue la primera de las dos Ligas que conquistó el Valencia de Rafa Benítez, que acabó con sólo 74 puntos, una cosecha que en el fútbol español contemporáneo apenas garantiza la cuarta plaza final.

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Quiere ello decir que la crisis madridista actual, en puridad, es más grave que aquella que tuvo que lidiar Del Bosque: estar ya a 7 puntos del líder Barcelona se antoja una desventaja mayúscula precisamente porque recortarlos es una empresa harto complicada si el campeón se suele mover en torno a los 90 puntos.La Casa Blanca se había fijado el pasado verano recuperar el cetro de la Liga como fuera. En este siglo XXI, el paisaje de la Liga es azulgrana con motas blancas, a diferencia del XX, en que era el contrario. El Barça ha ganado 7 de los últimos 10 campeonatos, el Madrid sólo 2 y otro el Atlético. Malos tiempos para Florentino Pérez.

El kilométrico cráter abierto en la cima de la Liga ha permitido que sueñen outsiders como el Sevilla, el Alavés, el Espanyol, el Valladolid. Un perfil alternativo que despierta el interés del aficionado medio... que no beba los vientos por el Madrid, claro.

En espera de la lógica

La carrera de fondo de la competición dicta que el Barça y el Atlético seguirán arriba y que posiblemente sostengan un cerrado pulso con permiso de Messi. También pagan muy poco las casas de apuestas por la vuelta del Real Madrid a los tres primeros escalones. Pero mientras se impone esa ley de hierro o no, sonará una música distinta a la habitual.

Ayuda a ello que las plantillas llamadas a luchar con el Sevilla por esa teórica cuarta plaza, las de Valencia, Villarreal y Betis, no terminan de tomar vuelo. Los sevillistas se solazan al ver la tabla.

Los valencianistas sospechaban que esta temporada no iba a ser tan descollante como la anterior por la mera exigencia de alternar la Liga con la Champions. Y así está pasando. Pero además está acusando sobremanera la diferencia entre un Guedes estelar y un Guedes que no está. El portugués fue la pasada campaña el mejor jugador de la primera vuelta, con permiso de Messi. Y el pasado sábado, en San Mamés, el jugador que ocupó la demarcación habitual del luso fue Coquelin, un jugador muy apreciable como medio defensivo. Trece puntos menos suman los de Marcelino con respecto al cohete que eran la pasada Liga a estas alturas. Una diferencia sideral.

Pero ojo: el Alavés, desde que Abelardo lo entrena (jornada 14ª de la pasada Liga), ha sido el cuarto equipo que más ha sumado (61), sólo por detrás de Barcelona (79), Atlético (71) y Real Madrid (63). Sólo dos menos que el opulento equipo de Florentino, hoy sumido en una espiral de mediocridad ciertamente intolerable.

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