Tragedia: los jueves al sol

Liga Europa · El otro partido

Ocho temporadas después, el Sevilla no estará en Europa · El optimismo de Marcelino debe multiplicarse por mil.

Tragedia: los jueves al sol
Eduardo Florido / Sevilla

26 de agosto 2011 - 05:02

Era una cita más digna de unos cuartos o unas semifinales europeas que de una previa, un play off según la denominación UEFA. Por los rivales en liza, el cuarto de la liga continental más pujante y el quinto de la española. Por el ambiente en los dos escenarios del choque, dos estadios llenos y volcados de pasión. Por la calidad de los contendientes. Por todo. Y por lo que había en juego, también. El Sevilla, más allá de los tres millones y medio de euros en que se podría cifrar su participación en la Liga Europa, se jugaba el prestigio, el honor, el coeficiente europeo y, sobre todo, llenar el hueco de esos jueves, o martes y miércoles en los días del oropel de la Champions, en los jugadores y en los aficionados. Unos y otros estaban hechos a estas emociones fuertes y ahora se pasarán los jueves al sol. Una auténtica tragedia, menor que la de aquellos parados gallegos que los lunes no podían acudir a su cita con la fábrica en la alegoría de Fernando León de Aranoa, pero una tragedia. ¿Cómo afectará esto al proyecto?

Desde la temporada 03-04, con Joaquín Caparrós levantando un Sevilla que al año siguiente sí saboreó la UEFA, no se quedaba Nervión sin su cita con Europa, ya fuera la UEFA, la Champions o la Liga Europa. Nervión y Europa conformaban una pareja perfecta. Un elevado amor que duró siete años.

La buena estrella sevillista, con tres trofeos dejando constancia de ese periplo por el Viejo Continente, empezó a apagarse un malhadado día en que al Sevilla, que partía con el mejor coeficiente en el sorteo, le tocó en liza el de segundo mejor coeficiente del bombo de los neófitos. El Hannover 96 es eso, un neófito bien armado por Mirko Slomka, que ayer vivió su venganza de la noche mágica con el Schalke 04, así como Pogatetz se acordaría en cada salto con Kanoute de lo que vivió en Eindhoven, un lustro atrás.

Ahora, Marcelino, el optimista, debe levantar un ánimo hundido. Quizá se sobreexcitó demasiado al equipo, llevado por el enorme empuje de su celosa afición, y faltó frialdad y cabeza. Todos se quedaron roncos... y romos. Pero, ¿quién le pide tino al amante a quien le roban el ser amado en su propia casa? Siete años duró el amor. La espera hasta el reencuentro se hará larga, demasiado larga.

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