Un alcoyano que da moral

Betis | granada · el otro partido

Jorge Molina, émulo de Mel, devolvió el disfrute a los béticos · La clase de Salva Sevilla hizo olvidar el 'affaire' Luis Oliver

Un alcoyano que da moral
Un alcoyano que da moral
Eduardo Florido / Sevilla

30 de agosto 2010 - 05:02

El fútbol nació y se multiplicó para hacer disfrutar a las masas. Por mucho que esté mercantilizado y sea maltratado por muchos hombres de negocio que pretenden sacar partida de la visceral emoción que provoca, lo que manda es el balón. Y su expresión suprema es el gol. De goles sabe mucho Pepe Mel. Muchos de los héroes que ayer desafiaron la canícula nocturna en Heliópolis al calor del fútbol aún recordarán aquello de "No diga Mel, diga gol". Surgió en 1990, cuando el ariete madrileño contribuyó al ascenso del Betis con 22 goles. Fue el pichichi de Segunda.

17 años después, el ex jugador verdiblanco volvió a colocarse el escudo de las trece barras en el pecho. Y destapó el tarro de las esencias goleadoras gracias a su apuesta por la alegría ofensiva. Y gracias al brillante estreno de dos nuevos en la plaza: el vigente pichichi de Segunda División, Jorge Molina, y Salva Sevilla, un jugador que desparramó su clase sobre el césped e hizo olvidar incluso la crispación y la incertidumbre de la actual situación institucional del Betis.

Era el día de Jorge Molina, no de Luis Oliver ni de José León ni de Lopera. "Con León y Oliver, la infamia al poder", rezaba una de las pancartas que los empleados del club retiraron entre airadas protestas tras la orden dada por el testaferro navarro desde el palco. "Oliver=Lopera", decía otra. Pero ese atisbo de tormenta se fue paliando conforme los jugadores de este nuevo Betis de Pepe Mel fueron subiendo goles al casillero local. Jorge Molina marcó 26 con el Elche el curso pasado y se abrió así de par en par las puertas del Betis. Fue uno de los últimos servicios a la casa verdiblanca de Manuel Momparlet antes de que Oliver le mostrara el camino de salida. Ayer, este espigado goleador nacido en Alcoy el 22 de abril de 1982 marcó dos tantos, dos soberbios goles en el que participaron otros dos noveles en la causa bética: en el primero, el 2-1, Rubén Castro lo habilitó con un rápido toque. En el segundo, el rotundo 4-1, fue Salva Sevilla el que le dio una excelente asistencia para que rematara sobre la marcha con el exterior.

En una noche de estrenos, pues hasta siete jugadores del equipo inicial se presentaban ante el público, incluyendo a Belenguer, especialista en reestrenos, Salva Sevilla también alzó el telón como verdiblanco a lo grande. Es un hacha a balón parado y parió el 1-0 con un córner salido de su bota derecha. Para la segunda mitad dejó lo mejor: un exquisito golpeo con su pierna mala, la izquierda, para hacer un golazo en tiro parabólico que llevó el delirio a la maltratada grada verdiblanca. Era el 3-1 y ya no había vuelta atrás. El Granada dobló la cerviz en su reestreno en la categoría, 22 años después.

El sufrido seguidor bético salió contento del estadio de Heliópolis. Había visto goles, había visto jugar a su equipo y había dejado atrás el cursillo acelerado en leyes para entender las actuaciones de una juez y la amenaza del maniatado consejo del Betis de acudir al concurso de acreedores. El fútbol goleó a las leyes y Jorge Molina insufló moral a la infantería bética para el largo curso. Empezó en el Alcoyano, así que de moral sabrá tela. Y de goles, más.

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