El terciopelo también abriga
Konko se sorprendió a sí mismo tanto aportando elegancia arriba como haciendo de gladiador en la posición de Jesús Navas · Las dudas siguen sin desaparecer del todo
Fuera del campo no, pero sobre la hierba Abdoullay Konko es un futbolista, por sus movimientos, elegante. No llega a la sutileza de Kanoute, que parece bailar un vals cada vez que en entra en contacto con el balón, pero ofrece una estampa que irradia plasticidad. Cuello fino, caderas estrechas, figura alargada, técnica de carrera, zancada larga sin llegar a parecer desgarbado... Konko es un futbolista fino, de los que no deberían estar hechos para defender. De hecho, no lo está. Defender no es lo mejor que sabe hacer precisamente, pero ofrece cosas en ese carril desde el que muchas veces, fundamentalmente cuando él ha querido, ha mejorado el nivel colectivo de su equipo.
Gregorio Manzano mató dos pájaros de un tiro ayer en Ucrania. A la baja de Jesús Navas le sacó pecho adelantando al marsellés y poniendo por detrás a un gladiador como Dabo para formar una banda derecha que, por sus nombres de pila, hubiera firmado la alineación del Casablanca. Mouhamadou y Abdoullay.
Pero el partido de Lviv, por lo trabado que lo planteó el Karpaty y por la inoperancia sevillista para llevarlo a su terreno, no era el de una noche para la lírica y sí para la prosa. Konko no se arrugó y eso ya es noticia. De este francés adicto a la enfermería hay que decir que en honor a la verdad no le importó meter la pierna y, de paso, poner cuando podía las gotas de calidad que tiene su fútbol elegante, de terciopelo a veces, sobre todo cuando se aliaba con Kanoute, lo buscaba entre líneas y lanzaba el desmarque. No hizo el partido de su vida Konko -no puso ni un centro bueno-, no se dieron las condiciones, pero al menos levantó el dedo para cumplir ante la llamada de auxilio de su entrenador, que acertó con la elección y rescató la opción que ya utilizara en ocasiones Jiménez de darle al equipo la salida de balón del ex jugador del Génova como extremo.
Porque además Konko ha demostrado en el tiempo que lleva en Sevilla que ataca mejor que defiende. Va bien por alto y es rápido de reacción, pero pierde las marcas con asiduidad y tiende tanto al despiste como a la contemplación cuando algún extremo amenaza con encarar. Lo comprobó Manzano en Gijón, igual que comprobó ante el Sporting que en el fútbol la minería es tan importante como la política. Llenó el equipo de guerreros. Al mencionado Dabo lo rodeó de gente como Zokora -con pocas luces pero con mucho físico-, como Guarente o como Martín Cáceres para aportar agresividad desde atrás. Y menos mal para el Sevilla que ésa y no otra fue la apuesta porque el Karpaty desnudó incluso así en muchas fases del partido al equipo de Manzano. Presionó y luchó hasta la última gota de sudor por cada balón dividido y cuando parecía caer por agotamiento salía de nuevo para asustar a un Sevilla que, como en Dortmund, ganó pero que dejó mucho por no decir bastante que desear.
Manzano decía en la previa que la calidad no tiene que estar exenta de intensidad. Explicado de otra manera, que el terciopelo, además de lucirse, también tiene que cumplir su función de abrigo.
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