Las palmas de Rosa
El Fiscal
Está viva en la fragancia que se disfruta estos días en los talleres donde serán rizadas para anunciar el gozo de una nueva Semana Santa
¡Que abran los bares en Semana Santa!
Un fotazo, un cartel
Hay fragancias que nos trasladan de inmediato a situaciones de décadas atrás, a personas concretas en momentos particulares, a instantes de sufrimiento o de gozo. Las palmas lisas, doradas y frescas llegan estos días a los talleres para ser rizadas. Despiden un olor limpio e ilusionante que nos evoca a Rosa González, que nos dejó el pasado febrero. Recordamos a la sevillana que cada cuaresma, sentada en los patios o estancias de las hermandades, o tantas veces en la sede del Círculo Mercantil, contribuía con sus manos a potenciar la hermosa costumbre de colocar las palmas en los balcones después de ser bendecidas en la misa matinal del Domingo de Ramos. Horas de oficio, horas de enseñanza, horas de paciencia, horas de amor. Muchas de sus palmas engalanaban todo el año las fachadas y hacían de relojes del tiempo. Al ennegrecer revelaban que ya pasó la Semana Santa, pero también que quedaba menos para la siguiente.
Hoy vemos a Rosa con la minuciosidad de siempre afanada con las palmas. Rizo a rizo, filigrana a filigrana, fiel al dibujo previo, cada maniobra es una plegaria de cariño, el que siempre tuvo a las hermandades, a su marido Andrés, a su hijo y a todos lo que gozaron de su compañía. La veo hasta con ganas de rizar una palma en miniatura para el ojal de la solapa de la chaqueta. La veo contentísima de rizar la del Ayuntamiento para la plaza, o la de la Consejería de Cultura para el Palacio de Altamira. Imposible no verla en tantas cosas que hacen únicos estos días.
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