Manuel Morón. Actor.

"A los actores nos han castigado de cara a la pared"

  • "Los actores españoles somos de la escuela del temperamento, muy artesanales", afirma. "El anonimato permite observar y como actor creces observando, no siendo observado", apuntilla.

Manuel Morón (Cádiz, 1956) es un actor que enseña a actores. Firme defensor de la formación, es hombre de método, lo que le ha forjado un nombre en el teatro y le ha permitido seleccionar sus apariciones en el cine. Su trabajo llegó al gran público metido en la piel del padre maltratador de El Bola, pese a que por entonces ya había tenido presencia en películas tan conocidas como Todo sobre mi madre, Los lobos de Washington o Yoyes. Su última película es Cerca de tu casa, un musical que aborda el problema de los desahucios.

-¿Cómo llega un hijo de un obrero gaditano de astilleros a querer ser actor?

-Pues mi historia iba a ser hacer el payaso, pero no parecía destinado a ello. Era un niño más bien retraído y me puse a estudiar la informática de entonces, la de IBM. Así que nada apuntaba a las tablas, pero me apunté con un amigo a un grupo de teatro, por el cachondeo, y una cosa llevó a la otra. Descubrí que actuar me daba la posibilidad de abrirme.

-Realizó parte de su formación en Buenos Aires. ¡Todos adoramos a los actores argentinos!

-Es que es una gran escuela. Yo estuve siete meses en Buenos Aires de la mano de un gran maestro, Carlos Gandolfo, y viví la apertura de Alfonsín. Todo era muy emocionante y los argentinos tenían hambre de cultura. Conocían a sus actores, su trayectoria. Ser actor en Argentina es algo muy respetado.

-Hay mucha diferencia entre los actores españoles y los argentinos.

-Ellos tienen menos afectación, nosotros somos más de la escuela del temperamento. Tiene que ver con los sistemas de formación. En España durante mucho tiempo no había tradición de estudiar. Te metías de meritorio en una compañía y aprendías imitando al primer actor. Los argentinos son como los americanos, tienen sus escuelas y sus métodos. En España esto lo empezaron a cambiar José Luis Gómez o Julieta Serrano, que durante la Transición se empezaron a traer a los grandes maestros como Cristina Rota o el hijo de Strasberg.

-¿Y la televisión es buena escuela?

-En televisión coges oficio, pero no te forma. Es decir, trabajas para tener un resultado y no tienes tiempo de explorar. Adquieres hábitos, soltura, aprendes trucos, pero artísticamente es difícil que te enriquezca.

-A usted le llegó la fama ya con una edad, haciendo de padre de El Bola. ¿Fue dura la superviviencia hasta entonces?

-No, lo mío fue una supervivencia anónima, pero no complicada. Siempre he tenido trabajo. Hacía mucho teatro y no tenía muy buena relación con el cine.

-Con El Bola perdió el anonimato...

-Bueno, yo voy en el metro y sólo me mira algún raro. Me gusta mucho el anonimato porque me permite observar. Me consta que otros compañeros que no tienen ese anonimato sí que lo echan de menos. Creativamente, la fama es un coñazo. Creces como actor según vas comprendiendo al ser humano. Eso es difícil si en vez de observar eres observado.

-Tuvo tanto éxito con ese papel que correría el riesgo de encasillarse.

-Un riesgo bastante serio. Tras el inesperado éxito de El Bola, que antes de los Goya sólo la habían visto cuatro, me empezaron a llover propuestas de maltratador, para maltratar mujeres, ancianos, niños, perros... Los rechacé todos.

-Desde luego, ha conseguido evitarlo. Tan pronto interpreta al general Mola como Azaña. ¿Cuál ha molado más?

-El papel que hago de Azaña en Ebro es episódico: en La conspiración hago de protagonista, pero es una pena porque es una película que lleva guardada en un cajón no sé cuánto tiempo.

-¿Por qué? Está firmada por Pedro Olea, uno de los grandes.

-Hablan de causas políticas.

-¿Políticas? ¿Por qué?

-La excusa oficial es presupuestaria, pero al parecer no ha gustado dar esa visión de Mola como cerebro intelectual del golpe dejando un poco al margen a Franco. Que no es que no se sepa, pero... Lo cierto es que tenemos cierto reparo a entrar en personajes de nuestra historia de aquella época. No sé, fíjese Unamuno, Machado... No hay películas sobre ellos quizá por ese miedo a hacer otra de la Guerra Civil.

-¿Hay divismo en el gremio?

-Entre los actores hay un punto de vanidad necesario. El problema es cuando la vanidad te ciega.

-Debe ser incómodo trabajar con uno de esos.

-Bueno, no son muchos y a estas alturas uno tiene herramientas para abstraerte de esas cosas. Cuando interpreto me considero miembro de una orquesta en que puedo ser primer, segundo o tercer violín. Soy útil porque ese violín, aunque sea el tercero, es necesario. Estoy sirviendo a un equipo, no a una dimensión personal.

-Lo último suyo es Cerca de tu casa, un musical sobre los desahucios. ¡Un musical!

-Pero no a lo Gene Kelly, más bien a lo Von Trier. Quiero mucho a esa película porque todo el equipo, incluso renunciando a parte de nuestro sueldo, nos empeñamos en que se acabara aunque fuera con un móvil. En Málaga la aplaudieron durante cinco minutos.

-¿Y canta?

-Una estrofita que me trajo a mal traer porque yo tengo un oído enfrente del otro. Pero ahora con la tecnología canta hasta el más pedorro

-Me da la impresión que los cómicos han perdido ese papel protagonista que tuvieron como voz de la conciencia social.

-Es que tras el No a la guerra nos dieron fuerte. Nos castigaron de cara a la pared y con orejas de burro, que eso es el 21% o la retirada de apoyos a la Cultura. La profesión ahora es más precaria que nunca, se paga menos y si no quieres hay cuarenta para hacerlo, lo que nos ha convertido en un gremio insolidario por pura supervivencia. Hay miedo. Si te sales del tiesto, te quedas sin trabajo. Así que muchos creen que lo mejor es estar calladito. Todo esto es muy útil porque al poder le interesa que seamos lo más ceporros posible.

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