FÚTBOL
Posibles rivales del Betis en octavos de la Europa League

Marc Colell: "Lugares como la pampa están llamados a desaparecer"

premio café gijón

Marc Colell / Siruela

30 de enero 2026 - 06:59

EL ATRACTIVO DE VIAJAR PARA PERDERSE. Un hombre viaja desde España hasta Argentina, rumbo a una perdida casa de campo, con una llave en el bolsillo. Ese es el punto de partida de ‘Las crines’ (Siruela), la novela con la que Marc Colell (Barcelona, 1975) se ha hecho con el Premio Café Gijón. Una historia que homenajea a la deslumbrante naturaleza argentina y en la que resuenan ecos de autores como Juan José Saer o Samanta Schweblin.

–’Las crines’ tiene un protagonista principal, que es la pampa.

–Con la pampa argentina tengo un vínculo sentimental muy fuerte: he ido muchas veces porque mi mujer es de allí. Desde el primer momento, fue un lugar que me subyugó quizá porque envolvía muchas otras cosas: un campo, también, sentimental, de afectos; y un campo lingüístico, por todo el léxico que habita en ese territorio y la riqueza del lenguaje gaucho.

–¿Tan distintos son los referentes?

–Diría que, sobre todo, se trata de un destino atípico. El contraste es mayor si, como yo, pegas el salto directamente a la zona rural, donde no hay turismo más allá que un poco de turismo interior alrededor del río Salado, que va la gente a pescar. Recuerdo incluso unas elecciones en las que habían habilitado un espacio para extranjeros, y sólo estábamos los chinos de la tienda y yo.

Allá, donde el estado está fallando, es increíble cómo la gente se agrupa para solventar cosas"

–Y, ¿qué es lo que más llama la atención desde nuestra perspectiva?

–El trato humano, la cercanía de las personas, que rápidamente te incorporan, te dejan entrar muy fácilmente. La rueda capitalista todavía no abarca el 100% de las relaciones, y se mantienen mucho los rituales del asado, la charla, el mate, esas sobremesas eternas que también son muy nuestras, y una cercanía muy física. El argentino tiene una distancia corporal más corta.

–La novela tiene una estructura epistolar, que también parece ya una cosa fuera del mundo.

–Puede parecer anacrónico, pero me permitía calmar el texto, darle sensación de reposo, de alguien que tiene tiempo para explicar. Pero también me permitió un punto de cercanía con el protagonista, que nos sentáramos al lado para espiarlo. Da la sensación de que estás leyendo al mismo tiempo que él va escribiendo.

–La pampa que recrea, que en gran medida es un escenario sentimental, va girando de un espacio auténtico a un espacio brutal.

–Ese territorio –que en un punto, como dices, es inventado- es un paisaje al que cada uno, por supuesto, puede mirar de forma distinta. Pero en la naturaleza pampiana la fricción entre la vida y muerte es una constante: también, porque hay mucho animal salvaje, y siempre hay algún perro herido, algún pájaro estrellado. Eso te da un claroscuro entre la intimidad del personaje, golpeado por la vida y por ciertas carencias, y la luz, que sería lo que hay fuera. Está la cueva, la quinta, y después esa lucha por conocer gente distinta, por salir. Dos pulsiones, que van de la misantropía y el cinismo, al principio, al ir iluminándose con personas que sí tienen pulsión de vida, y con las que no puede evitar toparse e, incluso, terminar ayudándoles.

Hemos de mantener la pulsión de lo distinto en nuestro día a día"

–¿Cree que lugares y gentes como los que describe están llamados a desaparecer?

–Desde luego que tienden a desaparecer y bueno, tampoco, los romantizo. Los chicos allí van con teléfono móvil, por supuesto, y los gauchos van dejando al caballo porque la Toyota les va bien. Lo que espero es que ese cambio no lo abarque todo, no rotule la realidad del trato de las personas. En cualquier caso, en esta recreación sentimental (que, al fin y al cabo, es lo que es la literatura) no pretendo hacer un testimonio, algo de carácter documental, pero sí, verdadero. Pampas hay muchas y, siendo de fuera, siempre vas a ver algo, porque para ti las cosas no están comidas por la rutina.

–Otro de los temas inevitables en ese escenario es el de la soledad. ¿Cómo diría que lidiamos con ella?

–Pues la cosa pinta mal, vemos claramente que hay mucha gente que la sufre, que busca compañía como puede, a veces de manera fallida. Nos asusta nuestra propia soledad pero terminamos regodeándonos en ella. Por contraste, allá, donde el Estado está fallando, es increíble cómo la gente se agrupa, se organiza para que los niños coman, se buscan mil recursos para solventar las cosas. Siempre hay un reducto de humanidad.

–¿Por qué diría que le otorgamos a viajar una cualidad transformadora?

–Creo que es muy saludable, en algún momento de la vida, poner tierra de por medio. Puede curarnos de algunos males: por ejemplo, cuestiones a las que, por el simple hecho de no conocer otras cosas, les damos mucha importancia. Pero tampoco tienes que irte a Tierra de Fuego para hacerlo. Hay maneras de recordarte que puedes romper la rutina, que hay formas diferentes de mirar las cosas, aunque sea cogiendo por un camino distinto al ir al trabajo. Hemos de mantener la pulsión de lo distinto en nuestro día a día.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último