"Los personajes corrientes tienen siempre un Sancho Panza dentro"
-¿Por qué un detective?
-Hace casi dieciocho años pensé que podía escribir unos cuentos sobre un detective de mi barrio. Los hice. Luego pensé que podían ser novelas. Al fin y al cabo, si el Raval de Barcelona tiene a Pepe Carvalho, ¿por qué no un detective en el Zaidín de Granada?
-¿Y por qué el Zaidín?
-Uno nace donde le toca, pero puede elegir de dónde es, y yo soy del Zaidín, para lo bueno y para lo malo. Lo viví intensamente en la infancia y en la adolescencia, ¿qué otro lugar para contar historias?
-Sin embargo, como si el Zaidín no fuera suficiente, lleva la acción a Sevilla.
-Planteo cada novela alrededor de tres pautas: un género musical (tango, bolero, copla), un tema de fondo (el maltrato a la infancia, el ímpetu adolescente), y un momento de la historia reciente; en este caso, la Expo 92. Y la Expo sin Sevilla no sería Expo.
-¿Pondría a su detective a investigar el 11-M?
-Matías Verdón es de la idea de que todo cuanto tiene que ver con política forma parte de un mundo que está lejos, muy lejos. Donde los bolsos de Vuitton, las corbatas de seda y los canapés. Para gente como él, el asesinato pasional es más comprensible que los atentados porque tiene una raíz asocial, un gramo de locura, no una idea política engarzada. De hecho, llamamos atentado a una categoría politizada del asesinato. El asesinato político, y en masa, es algo que pertenece al reverso oscuro del mundo de las corbatas y los canapés, estos y aquellos siempre los pagan otros.
-¿Y qué preferiría investigar Verdón, el misterio de los trajes que regalaron a Francisco Camps o el enigma de la subvención que recibió la empresa donde trabaja la hija de Manuel Chaves?
-No creo que la Administración confiase en alguien como Verdón. Y si se tratara de los enemigos políticos, a lo mejor el tiro les salía por la culata. Creo que él investigaría el porqué de las obras del Salón, por ejemplo, o las pandas de asustaviejas y los subasteros. O si los carriles bici conducen a alguna parte.
-La influencia de Vázquez Montalbán es indiscutible.
-De la novela catalana en general, Marsé y Mendoza incluidos. A Francisco González Ledesma lo pondría casi por delante de Montalbán. Con este último hay una deuda que tira más hacia la memoria sentimental, a la reivindicación de la copla como parte esencial de nuestra cultura.
-¿En quién se ha inspirado para los protagonistas?
-En mi vecino fontanero, en aquél cartero que aparecía por el bar, en gente que puedes encontrarte por la Avenida de Dílar. No son ellos con exactitud; son lo que creo que podrían ser. Y con ellos me junto a charlar, ilusoriamente, delante del ordenador.
-El detective y su ayudante se me antojan dos Sancho Panzas sin Quijote.
-Los personajes corrientes y molientes siempre tienen en Cervantes un referente. Aunque parezcan una pandilla de tarados, estas criaturas tienen a Sancho y Don Quijote dentro. A veces incluso mucho de Alonso Quijano.
-¿Con quién se queda de la novela negra actual?
-Con muchos. Sigo leyendo a Ledesma, Kerr, Markaris, Jonquet, Schlink, Camilleri, Saylor, Mankell, Akunin; pero también a clásicos como Sjöwall y Wahlöö, poco conocidos. Me quedo con la novela negra europea, si es que puede llamarse negra.
-¿Qué diferencias señalaría entre esa novela negra "europea" y la anglosajona?
-La novela anglosajona tiende sin tapujos al entretenimiento. Los autores europeos han buscado respuestas a preguntas filosóficas. O bien retratos de su tiempo o de las gentes, las costumbres, el humor, el esperpento. Gran parte de los anglosajones son machaconamente sangrientos y pomposos.
-En el género, ¿no pesa demasiado el marketing?
-El marketing pesa en cualquier estadio de la vida, a estas alturas de capitalismo. En mi caso, se recurre al humor. Pero el regusto que deja mi novela no es sólo la sonrisa. En el fondo, hay una historia contada desde una amargura amable; una característica nuestra, creo. El humor es una ventana del mercado, pero cuando pongo en la portada que busco la piedad por los personajes, eso no, eso no es marketing.
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