Del 'momentum' Ciudadanos al 'momentum' Podemos

Magdalena

18 de diciembre 2015 - 01:00

LA campaña arrancó con Ciudadanos en la cresta de la ola y se va a cerrar con Podemos tomando el relevo. Es lo que se conoce como momentum. Procede del término griego movere y es a Newton a quien debemos el concepto. El inventor inglés desarrolla la idea del "momento lineal" (momentum) para analizar el comportamiento de las partículas conectando la magnitud de la masa y de la velocidad.

Física para entender la vida... En el ámbito académico, hoy se suele explicar recurriendo a moscas y camiones: los dos van a la misma velocidad pero a uno lo podríamos detener (o lanzar) con la palma de la mano y al otro no. Tiene que ver con la acumulación de movimiento, de energía cinética, que daría impulso máximo a un cuerpo.

Física para entender la política... La campaña se mueve sola, se despliega sin esfuerzo, se contagia el entusiasmo. Casi espontáneamente. Imparable. Acaparas el foco de los medios, eres noticia sin buscarlo, las encuestas soplan a favor, la popularidad crece, el candidato se eleva, los adversarios flaquean, dudan, se ponen nerviosos, comenten errores.

El momentum no garantiza una victoria electoral, pero ayuda... Porque no hay que hacer nada; sólo dejarse llevar. Algo lo mueve todo en tu dirección. Un haz de fuerzas hasta tal punto incontrolables que ningún partido ha sido capaz de descifrar la fórmula para fabricarlo, para mantenerlo, para bloquear el del adversario.

Si analizamos lo que ha ocurrido en las dos semanas de campaña, tenemos que dibujar una volátil línea de momentum tan imprevisible como el propio resultado electoral. La politóloga Ana Lozano, consultora de la empresa RedLine, nos ayuda a cruzar los datos de las encuestas oficiales, los sondeos de los grandes medios y los tracking de los partidos con el gaseoso comportamiento en las redes sociales. La conclusión viene a conectar con el gráfico sobre estimación de voto que acaba de publicar El Periódico de Andorra compensando la surrealista prohibición española de no publicar sondeos una semana antes de la jornada electoral: el PP habría logrado una ligera subida (de un 23,9% en noviembre a un 26,2%), el PSOE apenas gana dos décimas (del 20,8% al 21%), Ciudadanos cae a partir del debate a cuatro de Atresmedia (del 21% al 15,9%) y Podemos certifica sus augurios de remontada (del 16% al 20,4%).

Los resultados de los dos partidos emergentes en las elecciones catalanas condicionaron la foto de partida. Albert Rivera comenzó la carrera de las generales desatando "ilusión" y Pablo Iglesias intentando recuperarse del mal resultado del 27-S y del declive que la formación del círculo morado ha sufrido desde las andaluzas de marzo. Aunque las alianzas en las municipales le dieron un balón de oxígeno en Madrid, Barcelona, Valencia o Zaragoza, era una energía compartida e insuficiente para salir del pozo. Tampoco han ayudado a la resurrección las polémicas que han manchado al equipo fundador -caso Errejón y Monedero- y mucho menos el continuo maquillaje del programa que se ha ido realizando en un forzado y pragmático viraje al centro ideológico.

Los dos nuevos han sufrido en realidad un mismo comportamiento: en relación directa con las expectativas generadas, han ganado y perdido su momentum. El dirigente catalán debutó en la campaña nacional como el "chico de moda", en el debate del ecuador perdió la estrella y, a partir de ahí, ha sumado errores que hasta le han hecho perder varios puntos en popularidad. Justo a la inversa ha caminado Pablo Iglesias. Llegó al kilómetro cero del 20-D habiendo superado su particular travesía del desierto y se ha ganado a pulso -con inteligencia, con estrategia y con aciertos- desbancar a los naranjas de la cresta de la ola.

Todo esto ha sido así hasta el momento interruptus de la agresión a Mariano Rajoy. Ahí se precipitó el final de la campaña. En todas las escalas. No hay acto, encuentro o paseo en que no se haga referencia. En los propios electorales y en cualquiera de la vida pública. En los pasillos de las instituciones y en los bares. Se ha convertido en la lapa del 20-D. Como en las malas campañas de publicidad en que la marca termina absorbida por la potencia de los efectos.

Hay una parte pública de sincera y necesaria repulsa -también de solidaridad y precaución a la hora de sacar lecturas políticas- y otra parte silente que circula en las cañerías de los partidos maquinando justo en la dirección contraria. La incógnita no es baladí: cómo afectará al resultado del domingo.

El candidato del PSOE llegó acosado al cara a cara del pasado lunes pero al menos ha levando la moral de su tropa con su sobreactuación de nervio y agresividad. Aunque resulta difícil saber cuál será el impacto final en la bolsa de indecisos, Pedro Sánchez había conseguido colocar el mensaje de la decencia en la centralidad de la campaña y hasta volverlo viral en las filas socialistas. Hasta que Capi rompió las gafas de Rajoy… y se quebró la campaña. En paralelo a Rivera e Iglesias, los líderes del PSOE y del PP también han terminado arrebatándose su momentum… pero al otro lado de la ola.

Vuelvo a las ortodoxas leyes de la física para saber si pesa más el momentum estrella o el momentum víctima pero sólo encuentro un agujero negro. Quienes han de dibujar el arcoíris del domingo aún no han cogido sus papeletas. Ni saben siquiera el color. Más que iluminar el camino, la campaña lo ha difuminado.

TRILLO

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