State funeral | Festival de Cine de Sevilla El archivo y el bótox

Grandes fastos en el funeral de Stalin, genocida y vencedor frente a la Alemania nazi Grandes fastos en el funeral de Stalin, genocida y vencedor frente a la Alemania nazi

Grandes fastos en el funeral de Stalin, genocida y vencedor frente a la Alemania nazi

Loznitsa es un caso curioso y representativo de cierto estado de cosas en el cine actual. Aquel desconocido cineasta ucraniano, más o menos respetuoso con el material de archivo, y no del todo descuidado en el tratamiento del espacio y el tiempo en sus otros documentales en los que trabajaba sobre el presente, ha sufrido en los últimos años un ataque de gigantismo (sus metrajes son cada vez más abultados) y estajanovismo (el año pasado nos castigó con tres películas).

State funeral empieza mal. El anuncio por megafonía de la muerte de Stalin se nos muestra en una serie de escenas donde la rica heterogeneidad de los pueblos que se unieron bajo el sueño socialista queda narrativamente sometida a la mono forma de una película norteamericana a lo Michael Bay, en la que se nos informa del aterrizaje de una amenazadora nave en Central Park. Loznitsa no se fía del espectador actual y aunque no incluye, cosa que le agradecemos, voz en off ni rótulos identificativos, no puede evitar la tentación de dotar a su cinta de un montaje resultón, tanto en los saltos de plano como en los pasos del blanco y negro al color. No contento con ello, somete al archivo (16 mm, sonido postsincronizado, que deja algunas dudas sobre su procedencia y manipulación) a un proceso tal de reducción digital de ruido que a veces cuesta creer que estemos realmente ante imágenes de 1953, tal es su nitidez, definición y ausencia de grano.

Y si la forma cinematográfica de Loznitsa miente (trae a golpe de bisturí digital el pasado al presente, cincelando lo real con filtros del cine de ficción; donde ya se estrenó), los rostros de quienes allí estuvieron no, y son los que en última instancia le salvan el día. Ellos revelan la misma congoja y desamparo que los que filmó Robert Drew (a él le bastaron doce minutos) durante el entierro de JFK en Faces of november, pero con una crucial diferencia. Como decía Daney a propósito de Stalker y las huellas del gulag en el cine soviético: “nos cruzamos con cuerpos y rostros que vienen de un lugar que no conocemos más que de oídas y de leídas”.