Cartas desde la Estepa

El extranjero

  • El Mundial de Rusia entra en su último tercio y Moscú se toma un aconsejable respiro antes de la explosión final

Mural con la cara de Neymar, en la fachada del hotel de concetración de Brasil en Kazán. Mural con la cara de Neymar, en la fachada del hotel de concetración de Brasil en Kazán.

Mural con la cara de Neymar, en la fachada del hotel de concetración de Brasil en Kazán. / SERGEY DOLZHENK / efe

Poco a poco el Mundial de Rusia 2018 se nos va escapando ante nuestros ojos sin poder hacer nada para remediarlo, como nada pudo hacer la selección española para doblegar el armazón defensivo del equipo ruso el domingo pasado. En estas vísperas de cuartos de final a este cronista le embarga tanto la melancolía de sentir ya pronto el final del campeonato como la alegría por la vuelta a la cotidianeidad en esta Moscú metropolitana en la que tenemos residencia unos dieciséis o diecisiete millones de almas. Aunque la organización ha sido impecable, por aquí habrá pasado un millón de visitantes cuando acabe el Mundial. Los moscovitas con pasaporte foráneo hemos tenido que compartir la dulce sensación de ser extranjeros con mucha gente. Y también que nos tomaran por fanáticos futboleros casi en cada cafetería o comercio del centro. Hay poco de Camus en esto, lo admito.

Ser extranjero mola. Es una forma de vida a la que quedé enganchado hace casi trece años cuando me fui a estudiar mi último año universitario al Reino Unido. Teniendo la fortuna de ganarme la vida fuera de España con mi profesión, ser guiri es un privilegio. Ser el diferente, el otro, gozar cotidianamente del descubrimiento de lo distinto y ajeno. Es una sensación que he disfrutado durante más de una década y, desde luego, ahora en este país donde durante largas décadas hubo muy pocos. Y a los que había se les miraba con desconfianza. La diferencia en esa mirada entre los jóvenes y los mayores es clarísima. En mi bloque apenas nadie mayor de 45 años pasa del protocolario dobroe utro (buenos días) al cruzarse conmigo en el descansillo de la escalera cuando salgo para el trabajo (eso cuando me responden). Los más jóvenes, en cambio, no dudan en hacerlo.

Los aficionados al fútbol abandonan Moscú, desprovista de partidos de cuartos

Pero como me va la marcha y en Moscú no hay partido en estos cuartos de final -en Luzhniki se jugará una de las semis y la gran final- creo que voy a escaparme a San Petersburgo, que me encanta. Para los que no la conozcan y estén pensando en visitar Rusia, no dejen de pasar unos días en Peter -como la han llamado siempre sus habitantes-. Es una de las ciudades más bellas del mundo; un auténtico museo al aire libre. Es también la Venecia del norte, pero por la monumentalidad de sus construcciones (no en vano el zar empleó arquitectos italianos para construirla) a mí se me parece más a Florencia.

A finales del mes de junio la antigua capital imperial vivió las Noches Blancas, llamadas así porque no hay oscuridad completa en las 24 horas del día. La ciudad, que presume de ser la aristocracia espiritual rusa, explota esos días estivales con un rico calendario cultural tras largos meses de frío y humedad extremos. San Petersburgo, que se rusificó a Petrogrado al comenzar la Primera Guerra Mundial, en 1914, porque sonaba demasiado germánico, la ciudad que durante casi toda la URSS se llamó Leningrado, con su aire báltico, es más habitable y asequible que Moscú. Ah, por cierto, aunque en septiembre de 1991 la urbe volvió a denominarse San Petersburgo, la región administrativa se sigue llamando Leningrado.

Cuando, inspirado por la lectura de Gógol, uno pasea por la bellísima avenida de Nevsky o se detiene a disfrutar de un té acompañado con algún dulce con requesón -no se lo pierdan- en alguno de sus cafés de aire decimonónico cuesta imaginarse mucho el horror que la antigua Leningrado vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Casi 900 días vivió esta ciudad sitiada por las tropas nazis. Más de 1,2 millones de personas perecieron, la inmensa mayoría de hambre. El objetivo de Hitler era hacer desaparecer la ciudad no bombardeándola sino con la aniquilación de su población. Así que imagino que si los rusos leyeran lo del asedio al sus futbolistas por parte de los integrantes de La Roja el otro día (entre otras metáforas bélicas manidas en esta profesión periodística) les entraría la risa floja. Yo creo que en general ni se intuye la capacidad de sufrimiento y resistencia de este pueblo.

En fin. Me siento en un pub del centro para decidir la ruta para estos días y cuando estoy aún decidiendo qué cerveza pedir, el camarero me trae una copita de champán. El grupo de señores trajeados que tengo sentado a mi izquierda me ha invitado. Me ha oído hablar español por teléfono y los tipos me dicen que es un honor invitarme. "Bienvenido a Rusia; nos apena que España no esté en cuartos de final porque son muy buenos". Es la dulce sensación de ser extranjero en Moscú.

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