TEMPORAL
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Acordes sombríos para una gran ópera futurista

Mussolini e Ida Dalser, el día de su boda, según la cámara de Bellocchio.
Manuel J. Lombardo

11 de junio 2010 - 05:00

Vincere. Drama, Italia-Francia, 2009, 127 min. Dirección: Marco Bellocchio. Guión: M. B. y Daniela Ceselli. Fotografía: Daniele Ciprí. Música: Carlo Crivelli. Intérpretes: Giovanna Mezzogiorno, Filippo Timi, Michela Cescon, Fabrizio Costella, Fausto Russo Alesi. Cines: Alameda.

Desafiando a Dios, reloj en mano. Así se presenta al joven y exaltado Mussolini en esta operística y barroca Vincere con la que un reinventado Marco Bellocchio (La sonrisa de mi madre, Buenos días, noche, Il regista de matrimoni) sigue ajustando cuentas con la intrahistoria de Italia a través de un portentoso y visionario ejercicio de formas espectrales que hace tiempo abandonó la transparencia, la voluntad de reconstrucción o el tono panfletario para optar por el espesor de las brumas y los ritmos de la música.

A caballo entre 1907 y 1914, el arranque de Vincere nos aproxima al estallido feroz y salvaje de una fuerza de la naturaleza, a la niebla nocturna y violenta que entrelaza las vidas y los cuerpos de Benito Mussolini (Filippo Timi) e Ida Dalser (Giovanna Mezzogiorno), la que fuera su entregada amante, esposa y madre de un hijo no reconocido, una mujer cautivada (hasta el orgasmo) por el torrencial y virulento discurso de un incendiario socialista que creyó en la Gran Guerra como la guerra que acabaría con todas las guerras, un idealista que vio en el hierro y la sangre el pan para el proletariado italiano, un futurista de salón aferrado al honor y a la hombría de otros tiempos.

Una vez más, Bellocchio sitúa su mirada en los márgenes de la Historia oficial, en sus rincones íntimos y oscuros, para filmar el ascenso al poder de un iluminado furioso, un amante animal y dominador capaz de someter (y traicionar) a un pueblo con la misma violencia con la que se somete (y se traiciona) a una mujer enamorada y sumisa.

Película de fantasmas y máscaras, Vincere se nutre del imaginario cinematográfico (material de archivo, noticiarios de la época, películas de ficción, pero también del cine como proyección de sombras sobre una pantalla), de los rótulos y el grafismo propagandístico, para tramar las texturas y pulsar los acordes disonantes de una gran ópera macabra conducida por la soberbia partitura de Carlo Crivelli.

Escindida en dos grandes actos, el primero nos acerca al nacimiento de la sed de poder de Mussolini visto desde los ojos fascinados de Ida Dalser (donde no es difícil ver la fascinación de todo un país que se deja someter por su líder). Un segundo movimiento abandona al Duce, a la figura pública, a la historia oficial, para quedarse junto a la esposa repudiada, internada en un centro psiquiátrico, y al hijo bastardo (de nuevo interpretado por Timi, espejo que devuelve una terrorífica imagen de la muerte), convertido ya en peligroso bufón imitador, en mueca, en grito sordo de rabia y de locura.

Entre rimas y asonancias, en un tiempo musical, febril y psicótico, Vincere mantiene intacta hasta el final su capacidad para crear poderosas imágenes de la monstruosidad y el subconsciente fascista que condensan, simbolizan y proyectan el devenir trágico de la Historia italiana del siglo XX.

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