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Festival de la Guitarra | Crítica Concierto inaugural Inauguración a medio cocer

Juan Manuel Cañizares (Sabadell, 1966) en la Plaza de España de Sevilla. Juan Manuel Cañizares (Sabadell, 1966) en la Plaza de España de Sevilla.

Juan Manuel Cañizares (Sabadell, 1966) en la Plaza de España de Sevilla. / D. S.

Entre los atractivos del concierto inaugural del Festival de la Guitarra se contaba sin duda la presencia de Cañizares, un guitarrista flamenco, pero que tiene una larga trayectoria en la interpretación de los grandes clásicos del nacionalismo español. Se enfrentaba a una de las obras que han hecho internacional su nombre, el Concierto de Aranjuez. Tocó amplificado, como suelen los guitarristas, y la amplificación acaso hizo su sonido más metálico de lo necesario, pero el barcelonés conoce la obra al detalle y su interpretación estuvo repleta de matices (infinidad de dinámicas en un Adagio muy expresivo), variedad en el color y energía, aprovechando para meter giros flamencos no sólo en el movimiento en el que más se puede esperar algo así, el Finale, sino también en el tiempo lento.

La Orquesta Sinfónica de Triana es un conjunto modesto, que mostró algunas debilidades, especialmente en el empaste entre secciones (vientos problemáticos), pero acompañó con decoro, tanto el Aranjuez como el Concierto Andaluz que abrió el concierto, en el que se lucieron cuatro formidables guitarristas andaluces (Bernier, sevillano; Duro, jiennense; Martínez, granadino; y Riba, cordobés) y en el que sólo faltó un punto más de plasticidad en el acompañamiento, especialmente en un Adagio cuadriculado.

Joana Jiménez no sólo cantó las canciones de El amor brujo, sino que dijo los recitados, interpretó las pantomimas y hasta bailó la Danza ritual del fuego. Su estilo dramático y visceral roza en ocasiones lo histriónico. La sevillana lo pone absolutamente todo, canta y se mueve con pasión desbordante, pero no logra evitar siempre la sobreactuación. Sus medios vocales son más que notables y, aunque también cantó amplificada y desdeñó casi siempre los contrastes dinámicos, la obra admite una interpretación como la suya, aunque un punto de sobriedad en algunos pasajes no le habría venido mal.

La obra maestra de Falla supuso un fuerte desafío para una orquesta con una cuerda raquítica y ciertos desequilibrios. González arrancó con brío y, aun sin demasiadas sutilezas, logró una versión templada y meritoria.

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