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Cruz y Ortiz: sobriedad sevillana

Los dos arquitectos, que siguen trabajando desde su céntrico estudio de la calle Santas Patronas, recibirán mañana el Premio Andalucía de Arquitectura por su proyecto de remodelación de la estación de Basilea

Cruz y Ortiz: sobriedad sevillana
Carlos Mármol / Sevilla

04 de octubre 2009 - 05:00

Finos y fríos, como dijera Unamuno de los sevillanos. Extraños. Inusuales. Racionalistas en un océano de aderezos. Esenciales en un universo de excesos. La pareja de arquitectos que forman desde hace casi cuarenta años Antonio Cruz y Antonio Ortiz (Sevilla, 1948-1947) recibirán mañana el segundo Premio Andalucía de Arquitectura. En esta ocasión no se reconoce tanto su trayectoria profesional -amplia y extensa-, como una obra singular y muy concreta que les ha permitido consolidar su sólida vocación de arquitectos internacionales. Sevillanos trabajando desde Sevilla para el resto del mundo. Una suerte de felicidad, no exenta también de problemas, viajes y, probablemente, ritos inesperados.

El proyecto elegido es la remodelación y ampliación de la estación de ferrocarril de Basilea (Suiza). Una obra que es como la cola de un dragón, pero sin rastro alguno de la menor estridencia. Puerta de entrada y de salida de la ciudad suiza, que ha confiado a estos dos sevillanos raros uno de sus símbolos domésticos. Y ya se sabe que Suiza es un lugar donde se aman las pequeñas cosas. Jugaban sobre seguro: los arquitectos ya tenían experiencia. La obra que disparó su grado de conocimiento popular -dentro de lo popular que puede ser un arquitecto moderno que de verdad ejerza tan sólo su disciplina, no la de las relaciones públicas- fue la estación de ferrocarril de Santa Justa, en Sevilla, espejo en ladrillo rojizo de la remodelación de Atocha, firmada en 1992 por su maestro, el navarro Rafael Moneo.

Santa Justa, la catedral del AVE, fue su consagración. Antes hubo ensayos, alguno de ellos perfecto en su simpleza. Esencialmente, la famosa casa de María Coronel, donde todavía vive Antonio Cruz, al que se le puede ver cada mañana en bicicleta -cuando nadie usaba este vehículo en Sevilla él ya lo hacía con ahínco- en dirección a la calle Santas Patronas, donde ambos conservan uno de sus dos estudios. El otro lo tienen en Amsterdam. Lo abrieron con motivo del proyecto para la remodelación del Riksmuseumm.

El edificio de viviendas de María Coronel -conocido como el riñón, por la forma de su patio central- se construyó en la Sevilla de los años setenta. Conserva la fisonomía de un inmueble de la Italia de los 50. Es pura esencia: ladrillo, formas puras, sobriedad. Casi matemática. Un hermoso espacio lleno de en silencio. Algo difícil de esperar si se hace caso del tópico sobre los sevillanos. Cruz y Ortiz desmienten con su actitud y su trabajo esta imagen, entre costumbrista e interesada, de la idiosincracia local. Han demostrado que se puede hacer rigor desde la capital de Andalucía. Y que el regionalismo no es una condena, sino un regalo que nos dejó la historial, al igual que los tiempos contemporáneos nos legarán inmuebles como la remodelación del cuartel de la Puerta de la Carne o la biblioteca Infanta Elena, su otra gran proyecto en su ciudad. También concebido en función de un hermoso patio de luz. Matemática hecha forma. Exactitud y precisión. Los Monchis, como se les conoce en el gremio, han demostrado que Sevilla no tiene que estar siempre atrapada en la estética del barroco, como si el tiempo se hubiese detenido y el paisaje de la ciudad no pudiera concebir horizontes distintos. Acaso mejores. Con una puntualidad que parece más suiza que andaluza -se entiende ya la confianza de Basilea- y su amor por el ascetismo puro, casi a la manera de Zurbarán, han mostrado a Sevilla el camino mediante el cual puede convertirse en una urbe contemporánea sin perder las raíces de su esencia. A fin de cuentas, la cal y su metafísica y la poesía de la contención se inventaron en el Sur. En un Sur de perfiles etéreos. El suyo. Otro Sur.

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