Hermanas (Bárbara e Irene) | Crítica de teatro

Pascal Rambert, un sastre a la medida

Irene Escolar y Bárbara Lennie en el estreno que tuvo lugar en el Central. Irene Escolar y Bárbara Lennie en el estreno que tuvo lugar en el Central.

Irene Escolar y Bárbara Lennie en el estreno que tuvo lugar en el Central. / Vanessa Rabade

Pascal Rambert (Niza 1962) es uno de los artistas más relevantes de la escena europea del momento y un claro ejemplo de lo que es un autor (amén de director, coreógrafo y realizador de cine) del siglo XXI. Un escritor que es capaz de cambiar su torre de marfil por el escenario, sea cual sea la ciudad o el país en que se encuentre, y a los personajes por personas de carne y hueso.

Con numerosos premios en su haber y tras diez años como director del T2G-Théâtre de Gennevilliers, el pasado año se convirtió en artista asociado del Théâtre des Bouffes du Nord en París y del Pavón Kamikaze de Madrid, con el que lleva tiempo colaborando.

En noviembre de 2015, en este mismo teatro, Bárbara Lennie e Israel Elejalde se vaciaron literalmente en escena con La clausura del amor, una pieza de Rambert representada en una decena de países, que nos dejó literalmente sin respiración, echando por tierra cualquier concepto de distanciamiento teatral.

Tres años después, Rambert vuelve a elegir a Lennie, con méritos sobrados al igual que Escolar, y escribe una pieza para ellas y para dos actrices francesas encargadas de llevarla a los escenarios de su país. Tras el estreno francés, anoche la sala B del Central acogió su estreno español. Un verdadero duelo entre dos hermanas y dos actrices llamadas Bárbara (Lennie) e Irene (Escolar).

Un duelo impresionante porque el tema, el eterno y universal tema de la familia, da para todo lo que se quiera dentro y fuera del escenario: los celos de la princesa destronada, la rabia de la segundona –tal vez no deseada– que intenta emular a su modelo sin lograrlo jamás, el sentimiento de no ser amada… Y, sobre todo, porque las dos actrices, sencillamente extraordinarias, se suben sin red al trapecio en el que el Rambert director las coloca arriba del todo desde el minuto uno y las reta –cada una con su traje, hecho de palabras, a su medida– a mantener la energía en la escena durante más de una hora.

También el lenguaje de Rambert, crudo y pulido a la vez, brilla con un dominio de la oralidad que nos recuerda a veces a Koltés, no con dos largos monólogos como en su obra anterior, sino en una sucesión de ellos en los que las palabras salen de las bocas femeninas en violentas cascadas que no llegan jamás al remanso.

Sin embargo, hay también en Hermanas un cierto artificio, una retórica que tiene que ver con el deseo de compromiso del autor con la sociedad actual (los horrores del tercer mundo, la cosificación de los ancianos en los hospitales, el lesbianismo, lo terrible de las enfermedades mentales…).

También en la dirección se alternan momentos necesarios para modular las intensidades, como el baile central, que nos sirve para tomar aire antes de que la montaña rusa nos vuelva a poner boca abajo, con recursos más de oficio, como la colocación de las sillas para romper físicamente el duro enfrentamiento emocional. Un agotador e impresionante trabajo actoral.

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