Crítica de Teatro-Danza Alicia en el país de los horrores

Una imagen del inquietante universo creado por Peeping Tom Una imagen del inquietante universo creado por Peeping Tom

Una imagen del inquietante universo creado por Peeping Tom / Olympe Tits

El Teatro Central cerró anoche su temporada de teatro y danza con una de las compañías europeas más prestigiosas y apreciadas por los aficionados de esta ciudad, en la que no han dejado de presentar sus trabajos desde que, en 2006, instalara su Salón en el escenario de este mismo teatro. Aquella pieza formaba parte de una extraordinaria trilogía que dio paso a otra, centrada en los vínculos familiares, cuyas dos primeras entregas (Padre y Madre), hemos tenido ya ocasión de admirar en anteriores temporadas.

Además de la última, Kind (Hijo) ha supuesto sin duda el mayor de los retos para la compañía, encargada de expresar la gestualidad, los sentimientos y los fantasmas de una infancia ya lejana para la mayoría de sus integrantes.

Frente a los asfixiantes interiores de otras obras, el escenario es ahora ocupado por un bosque frente a la pared rocosa de una montaña. Un espacio inquietante en el que una niña grande, que parece haberse negado a crecer por dentro, pasa una y otra vez de la acción a la observación. Con un padre cazador y psicópata, no sabemos si la maldad que llega a desarrollar es congénita o el fruto de sus carencias y de la ferocidad de su entorno. Lo cierto es que pronto se convierte en una malvada 'Alicia en el país de los horrores' cuyo hábitat, lleno de fantasía pero violento hasta el extremo, es difícil de interpretar ya que el hiperrealismo que caracteriza a Peeping Tom se desliza continuamente por diversas vías (el surrealismo, el absurdo, el cine de terror o de ciencia-ficción…) hasta crear un universo primitivo, desmesurado y amoral que, como en las pesadillas, es aceptado con naturalidad por nuestro inconsciente.

Ni que decir tiene, dada la trayectoria de la compañía, que la factura es impresionante: seres reales que conviven con bebés-rama, cervatillas con tacones o gusanos gigantes; un espacio sonoro increíblemente logrado en cada detalle y seis actores-bailarines capaces de desafiar a la gravedad –es lo que hace literalmente Yi-chun Liu- o de interpretar escenas tan delirantes como la del beso con el muerto a rastras. Una sucesión de efectos que no bastan para dotar de sentido a la obra.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios