Arte

Un Picasso español

  • El Museo Picasso acoge hasta el 3 de febrero 'El sur de Picasso. Referencias andaluzas', con la que celebra su 15 aniversario 

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Fue en una entrevista radiofónica concedida en 1961 cuando Pablo Picasso afirmó que "cada vez se sentía más español", en gran medida por la distancia que el exilio había puesto entre el artista y su país de origen: aquella convicción era una respuesta, firme y sin paliativos, contra quienes lo habían considerado indigno de vivir entre los españoles y habían decretado su expulsión. Frente al discurso historiográfico que desde entonces ha presentado a Picasso como un artista francés que reniega de sus raíces españolas, andaluzas y malagueñas, el Museo Picasso Málaga responde con su nueva exposición temporal, El sur de Picasso. Referencias andaluzas, que ayer abrió sus puertas al público y podrá visitarse hasta el 3 de febrero de 2019. A través de diversas secciones temáticas, la propuesta sirve en bandeja una selección de obras de Picasso en pleno y fecundo diálogo con piezas arqueológicas y otras obras de maestro como Zurbarán, Velázquez, Goya, Murillo, Ismael Gómez de la Serna, Alonso Cano, Antonio de Pereda, Juan van der Hamen, Pedro de Mena, Juan Gris o Marie Blanchard, entre muchos otros, en un paisaje que transita desde el arte íbero y el mundo clásico hasta las vanguardias del siglo pasado. Toda una síntesis, por tanto, de la historia del arte que a pesar de la concreción regional del título bien puede entenderse como una actualización de Picasso como referente español. Seguramente, el más completo, ambicioso, clásico, moderno, rompedor, creador y destructor que la cultura española haya conocido a lo largo del siglo XX.

La exposición fue presentada por el director artístico del Museo Picasso, José Lebrero; el presidente del Consejo Ejecutivo del mismo, Bernard Ruiz-Picasso; el consejero andaluz de Cultura, Miguel Ángel Vázquez; y el presidente de la Fundación Unicaja, Braulio Medel, en el regreso de la institución a la nómina de los principales patrocinadores de las actividades del Museo. La muestra, auspiciada por la Consejería de Cultura y la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso para el Arte, forma parte del proyecto internacional Picasso Mediterráneo, que impulsa el Museo Picasso de París (cuyo presidente, Laurent Lebon, también estuvo  presente en la puesta de largo); y de hecho, la entidad gala es uno de los principales sostenes de la muestra. El sur de Picasso reúne más de doscientas obras procedentes de numerosos museos, con especial protagonismo de los distintos museos provinciales andaluces (los Museos de Bellas Artes de Sevilla y Granada, el Museo Arqueológico de Córdoba, el Museo Arqueológico de Sevilla y los Museos de Cádiz, Huelva, Jaén, Almería y Málaga, incluido el Museo de Málaga, además del Museo de la Ciudad de Antequera y otros como el Centre Pompidou, la Fundación Beyeler, el Museu Picasso Barcelona, el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la Fundación Focus de Sevilla, además del citado Museo Picasso París), lo que obedece a un empeño que el Museo Picasso ha sostenido "desde hace varios años", según explicó Lebrero. Además, la exposición es, junto al Congreso Internacional Picasso e Historia, que se celebra hasta el jueves, la principal actividad para la celebración del 15 aniversario del Museo Picasso Málaga.

En la muestra, Picasso dialoga con maestros como Velázquez, Zurbarán y Murillo

"Con este proyecto, proponemos una aproximación al sur creativo de un artista que resistió siempre, a lo largo de su vida, por su profunda convicción respecto a su identidad española, andaluza y malagueña", apuntó Lebrero, quien añadió: "Picasso canibalizó todos y cada uno de los elementos de la tradición española de la que procedía sin dejar de ser fiel a su posición de artista de vanguardia". Precisamente, El sur de Picasso demuestra hasta qué extremo hizo Picasso suyos todos los lenguajes estéticos, artísticos y hasta filosóficos que prendieron en la Península Ibérica (y, por extensión, en el Mediterráneo) desde la Antigüedad, en un intento de apropiación desmedida y con la mayor de las ambiciones. La exposición se articula a lo largo de las dos salas de muestras temporales del museo y de catorce secciones, en las que se analizan cuestiones como el Mediterráneo (donde conviven mosaicos romanos procedentes de Tarragona y, por ejemplo, Dos mujeres corriendo en la playa de 1922); la influencia de la magia y el animismo, en plena confluencia de una selección de viejos exvotos y algunos retratos cubistas; lo clásico como antítesis del clasicismo merced a la Suite Vollard y diversas piezas arqueológica; la prefiguración de lo religioso con un diálogo entre Venus y el amor (1967) e Inmaculadas y Maternidades de Zurbarán, Murillo y Velázquez; la representación del dolor entre las dolorosas que precedieron en 1937 la realización del Guernica y el impactante Cristo de Zurbarán; la admiración por la tauromaquia a través de cornamentas y otras piezas realizadas en bronce con 2.500 años de antigüedad, litografías picassianas y goyescas y esculturas íberas (el diálogo entablado entre el Novillo íbero de Porcuna conservado en el Museo de Jaén y la Cabeza de toro de 1931 constituye uno de los momentos álgidos de la muestra); y la evocación continua del sur a través de la poesía en plena crisis artística, entre otros muchos elementos que hacen de El sur de Picasso. Referencias andaluzas una de las exposiciones más importantes de los quince años de historia del Museo Picasso.

No faltan, en cualquier caso, referencias a Falla y las coreografías de Diaghilev para los Ballets Rusos en El sombrero de tres picos a través de proyecciones de vídeo; ni la revisión de la guitarra española como referente clave para el desarrollo del cubismo en todo su esplendor (la Guitarra de 1925 prestada por el Museo Picasso de París constituye otro de los imperdibles de la exposición). Con Velázquez, el diálogo se intensifica especialmente a través de Las Meninas, debidamente contextualizadas en su ejercicio picassiano por el misterioso El desayuno en la hierba, según Manet (1960) y, claro, por la Infanta María Margarita (1957) Precisamente, dos hojas extraídas del libro de registros de copistas del Museo del Prado correspondiente al curso 1896 - 1897 da cuenta del paso de un joven Pablo Ruiz Picasso por la pinacoteca con la intención de copiar las maravillas de Velázquez, un diálogo que el mismo Picasso fomentó durante toda su vida y que le permitió adoptar la precisa posición del aprendiz para alumbrar nuevos senderos artísticos. Mito e historia, arte y sueño, creación y (de)creación se presentan en el vasto universo de un artista para el que absolutamente nada fue ajeno. 

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