Desde mi córner
Luis Carlos Peris
Un derbi repetido hasta la saciedad
“A veces, me da la sensación de que estoy perdiendo los ingredientes de la sangre –glóbulos rojos, glóbulos blancos, plasma y plaquetas– y esta estancia en Villasueño es una especie de transfusión para mi anemia incipiente”. Elaia, la protagonista de Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire), la nueva novela de Azahara Palomeque, ha regresado a sus orígenes tras años de vida (y desarraigo) en EE UU. Vuelve con un propósito, consciente de que sólo la literatura permite abrazar de nuevo a nuestros muertos: escribirá un libro para “honrar unas vidas que siempre sentí cercanas, las de Luciana y Antonio, a pesar de que, voluntariamente, interpuse entre ellas y mi cuerpo un océano cargado de ausencias”. Con una prosa cuidada que oscila entre la poesía y la sabiduría popular, Palomeque reivindica que es en las existencias humildes y en el afecto de lo cercano donde radica la verdad que nos define. La autora presenta su obra este miércoles a las 19:00 en Sevilla, acompañada de Isaac Rosa, en un acto programado por el Centro Andaluz de las Letras (CAL) en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus). Después, Palomeque tiene otras fechas marcadas en el calendario: Úbeda (10 de marzo), Castro del Río, el escenario que inspira esta novela (18 de marzo), Huelva (21 de abril) y Cádiz (23 de mayo).
Pregunta.–Abre con una cita de Simone Weil en la que la pensadora sostiene que “echar raíces quizás sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”.
Respuesta.–Esa cita proviene de Echar raíces, una recopilación que hizo Albert Camus después de la muerte de Weil. Es una filósofa que me ha influido mucho, en el pensamiento que tiene por ejemplo vinculado al movimiento obrero, pero creo que ese libro da en la clave de nuestro tiempo, dialoga con cosas de hoy como el individualismo, la soledad que sentimos, la pérdida de vínculos entre las personas, la desconexión con los vecinos porque te han puesto al lado un apartamento turístico... Cuestiones que a mí me preocupan especialmente por mis propias circunstancias personales, después de haber vivido en EE UU tanto tiempo, y haber sentido una nostalgia terrible de mi tierra que se volvió prácticamente enfermiza. Al leer a Weil sentía que esas palabras las podría haber escrito yo.
P.–En cierta manera, las ha escrito en este libro.
R.–Sí. Es una novela sobre el retorno a un territorio físico que también es un territorio afectivo. Weil afirma que las raíces son también una cultura compartida y una espiritualidad compartida, no es sólo un posicionamiento sobre el suelo. Hay mucho más. He intentado volcar todo esto en las páginas que he escrito.
P.–En los agradecimientos finales define Pueblo blanco azul como la novela que quería escribir desde la infancia.
R.–Yo creo que es el libro de mi vida, sí. A lo mejor todo escritor piensa eso de su última obra [ríe], pero mis anteriores proyectos, de los que estoy orgullosa, no es que me arrepienta de ellos, nacían de otro sitio: de la nostalgia, del dolor, de la contemplación de la tierra a 6.000 kilómetros de distancia, de la rabia política. Y aquí se ha producido algo especial, ha habido una reconciliación conmigo misma, con la literatura, con la familia. Empecé a escribir este libro, aunque hoy es muy distinto, siendo adolescente, desde la distancia: yo no crecí en este pueblo, sino en Extremadura por circunstancias laborales de mis padres, pero siempre me he sentido de Castro del Río, que en la ficción es Villasueño de las Flores Secas. Retomé algunos elementos de esa narración primera, entre ellos el nombre que le había puesto al pueblo en la ficción, que quizás sea un poco infantil. Hay mucho de mí aquí, también por los guiños a otros libros míos, entre otras cosas incluyo unos versos del poemario En la ceniza blanca de las encías.
P.–La narradora dialoga con los familiares que se murieron y les pregunta qué sentían cuando dejaban este mundo, también cuando vivieron...
R.–Se da una conversación directa con la muerte, de hecho la novela parte de un duelo que no sanaba, el dolor de no haber ido a los entierros de mi abuelo, que murió antes, y después del de mi abuela. Sin embargo creo que la muerte está tratada de manera celebratoria, festiva, aunque tampoco se oculta el hecho de que todos somos mortales. La muerte nos da miedo, pero más allá de que sea parte de la condición humana es capaz de crear comunidad. Macondo se convierte en ciudad de verdad en el momento en el que hay un primer muerto y se le entierra. Ahí es donde empiezan las raíces, cuando tú tienes ancestros a los que venerar.
“Andalucía ha sido muy ninguneada. Ante el sur se tiene una mirada prácticamente colonial”
P.–Pese a la hondura de las cuestiones que se tratan no falta el humor. En un funeral, la hija de la fallecida observa, por ejemplo: “Sigue teniendo cara de mollete, mírala”.
R.–Es un libro muy andaluz, en el buen sentido de la palabra. Toma prestados la oralidad de la gente, los chascarrillos de mi pueblo, el humor con que nos desenvolvemos incluso en las circunstancias más trágicas. Pero yo quiero considerar lo andaluz como algo muy universal. A Lorca lo llamó Borges andaluz profesional, y él también estaba a caballo entre la cultura popular, las tradiciones, los rituales, eso mezclado con un vocabulario superior y una imaginación desbordante. No es que me esté comparando con Lorca, claro [ríe], pero es bonito contar con un precedente así.
P.–Elaia, su personaje, vivió en EE UU como usted, y en un pasaje del libro asegura que allí no supo “germinar una sola semilla”.
R.–Hay partes de Elaia que tienen que ver conmigo, hay otras que no. Eso lo quiero dejar claro, que la novela no es una autobiografía. Pero en ese detalle ella y yo sí coincidimos. Yo no pude nunca integrarme en aquel país, me parecía desgarrador en muchos sentidos. La falta de atención pública, la soledad más absoluta, el lucro que predomina sobre todo lo demás, la deshumanización constante... Estoy hablando de ver a adictos a los opiáceos tambalearse por la calle, una escena escalofriante que reflejaba bien cómo no hay una red de apoyo, los más desfavorecidos no reciben nigún tipo de prestación ni ayuda. Me sentía muy desconectada de esa sociedad, y además había otro factor: mi lenguaje literario siempre ha sido el español, eso lo he tenido clarísimo, aunque tenía un buen nivel de inglés nunca quise cambiar de lengua. Habría sido como una mutilación del alma pasarme al otro idioma con mi obra. Eso me desvinculaba del país, como el racismo que sufrí. Cuando te miran mal porque tienes el pelo negro y un nombre árabe... ahí no puedes echar raíces.
P.–La situación allí no parece haber mejorado desde su marcha... Las imágenes del ICE persiguiendo inmigrantes son estremecedoras.
R.–Si yo viviese hoy en los EE UU estaría encerrada en casa, aterrada al salir a la calle con la idea de que me fuesen a arrestar. Sentiría una vulnerabilidad tremenda. De todos modos, antes de esto yo ya había decidido que me volvía...
P.–Antonio, el abuelo, creía que “a las niñas tanto a los niños los amparaba el derecho a la educación”, intuía que “el único camino hacia la emancipación se asfaltaba adquiriendo más conocimientos que el amo”.
R.–Mi abuelo venía de una tradición republicana, republicana además de Manuel Azaña, y como sus referentes creía en la educación como el estandarte de toda vida digna. Él había nacido en 1924, y custodió con fervor esa memoria republicana. Mi abuela sin embargo venía de una familia franquista, y era más joven y no tenía recuerdos de la IIRepública. Ahí había una diferencia fundamental entre los dos: por esos valores republicanos que tenía Antonio podía ser más feminista que Luciana. Él se empeñó en que sus dos hijas, y su hijo también, fueran a la Universidad. Aunque yo me esté matando poniendo ladrillos, se decía, estas hijas mías van a estudiar. Mi abuela las había apuntado a clases de corte y confección.
P.–La narradora duda si “un pueblucho, dejado de la mano de Dios” puede interesar a alguien... Pero lo local siempre acaba siendo universal.
R.–Yo creo que Andalucía ha sido muy ninguneada a lo largo de la Historia. Ocurre con otros territorios, pero particularmente con el sur, que siempre hay una concepción prácticamente colonial de lo que somos. Por un lado se inventan atrocidades como la de Madrilucía, que consiste en una especie de feria andaluza en Madrid, pero por otro lado se nos trata como si no tuviésemos cultura ni dignidad. Elaia se está preguntando si vale la pena hablar de sus raíces, que era una pregunta que yo me hacía mientras escribía la novela. Hemos hablado antes de Lorca, pero María Zambrano, por ejemplo, ¿no es universal? Yo puedo contar que alguna editorial rechazó el manuscrito con el argumento de que no tenían claro si interesaría la vida en un pueblo del sur, cuando una novela no es una ubicación: es lenguaje, un texto es un estilo, es una artesanía. Mi posicionamiento político es reivindicar esta cultura que creo nos pertenece a todos, y hablar desde este lugar donde además vivo. No comparto recuerdos de la periferia desde la M-30.
“Si hoy viviese en EE UU estaría aterrada con la idea de que me fuera a arrestar el ICE”
P.–Hablando del estilo, Elaia señala que la novela se le “descuajaringa” en un poema en prosa.
R.–Yo siempre tuve una preocupación por el lenguaje, y a ratos esa preocupación se ha convertido en obsesión. Los últimos años que viví en EE UU los pasé trabajando en inglés, y en mi casa hablaba también en ese idioma porque estoy casada con un americano. Y yo sentía que se me iba olvidando una parte de mi vocabulario en castellano, y me obligaba a leer dos o tres horas como disciplina, aunque también hubiese placer en la lectura. Apuntaba palabras en una lista, para recordarlas, para mantenerlas vivas dentro de mí. En este libro quería aunar esa poesía, el interés por el estilo que me ha acompañado, con el habla popular. Hay momentos que son muy líricos, y otros en los que habla la lengua del pueblo y que incluso pueden ser barriobajeros, como cuando Antonio y Gabriel se emborrachan [ríe]. Cuando tú trabajas con personajes que están cerca de ser analfabetos no se van a expresar como Proust, eso lo tienes que respetar. He procurado un equilibrio entre el lirismo y la oralidad. Que hubiese literatura, pero que también respirara la vida.
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