El dibujo como huella
En las casas de la vieja burguesía todo estaba tocado por la varita mágica del aura. Las joyas que llevó la abuela en su boda o el reloj de bolsillo regalado al abuelo al terminar los estudios eran objetos cercanos pero cargados de una lejanía que encuadraba a la familia en una larga historia. Algo parecido ocurría con los libros: fuera la familia católica o librepensadora, sus libros la incorporaban a una historia concebida en línea recta. Aunque los primeros se apoyaran en Balmes y Ricardo León, y los segundos en Rousseau y Clarín, unos y otros buscaban recalar en un pensamiento y un sensibilidad que vinieran de lejos. Hoy estos afanes son casi imposibles. No es que el pasado haya perdido su aura, sino que los presentes se suceden vertiginosamente y cada uno, con su novedad, trae referencias inesperadas de otras culturas, alusiones a valores diversos o a sensibilidades contrapuestas. Frente al aura del pasado, ilusión de la vieja cultura burguesa, hoy vivimos mediatizados por las huellas que dejan en nosotros incesantes presentes.
Este baile de huellas, las que dejan en nosotros los circuitos de comunicación de un mundo global, es el tema central de la reflexión de Ricardo Cadenas. No es casual que en uno de sus cerebros, un tema recurrente en sus trabajos de los noventa, se adivine un mapamundi y otro aparezca cruzado por una máquina. Tampoco lo es que la muestra de la Sala Chicarreros la presidan dos grandes dibujos: uno dedicado a Duchamp, Rauschenberg, Jasper Johns, artistas convencidos del peso que tienen en nuestras vidas los lenguajes públicos, y el otro lo protagonice Fernando Pessoa que escribió "lo que yo siento se siente sin que yo lo quiera así".
En esta tarea de mostrar cómo nuestra intimidad está cruzada por lenguajes ajenos, Cadenas hace del dibujo un medio de excepcional eficacia. En sus obras iniciales superponía transparencias que recogían, fotocopiados, mapas, impresos o dibujos. Más tarde unió el dibujo y el collage. Finalmente esta heterogeneidad de la experiencia nuestra de cada día la sugiere a través de dibujos superpuestos que traza sobre el papel un gran tapiz donde se traman en diversos niveles historias, figuras, palabras, signos. La firmeza del trazo y la limpieza de la mancha (que se aprecia en Diablo, retrato de Duchamp (1996) y brilla en el reciente Lacerías) se aplican a esas apretadas redes que, conectadas entre sí, se antojan figuras, no del contenido de nuestra subjetividad, sino de los variados flujos que la atraviesan.
A la vista de esas obras (Caza sutil, Homenaje a Miguel Hernández) el mural dedicado a Cádiz parece sencillo. La recoleta muestra de la Sala Imagen permite calibrar la construcción del gran dibujo (13 metros de longitud y casi tres de altura) y el proceso de su elaboración: una vitrina recoge las referencias elegidas, mientras que en las paredes aparecen diversos aspectos de la ciudad, relacionados con humor, con el trabajo y las preocupaciones de otros pintores, compañeros de fatigas, Javier Buzón y Curro González.
También te puede interesar