Francisco Javier Navarro Prieto. Poeta "Un poema se enriquece y se tensiona cuando dejamos entrar la política en él"

  • El autor retrata en 'El bello mundo' (Hiperión), el libro con el que ganó el Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, un entorno marcado por la precariedad y la violencia

Francisco Javier Navarro Prieto, con la manzana de Magritte. Francisco Javier Navarro Prieto, con la manzana de Magritte.

Francisco Javier Navarro Prieto, con la manzana de Magritte. / Marina Martínez

"Vivir en casas del tamaño de cajas de cerillas / tiene el peligro del fuego, / y un día puedes salir ardiendo, / y que la gente te confunda con el sol / mientras las manos se te derriten, / el pecho, los ojos se te derriten, / y ya no puedes ir a trabajar: / perdone, se me ocurrió vestirme de sol / y ha salido ardiendo el mundo", escribe Francisco Javier Navarro Prieto (Tomelloso, 1994) en su primer libro, con el que este estudiante de Literatura Comparada en la Universidad de Granada y graduado anteriormente en Filosofía ganó el Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal. En El bello mundo (Hiperión), Navarro Prieto despliega un imaginario poderoso para retratar un entorno confuso y violento donde todos somos personajes de Francis Bacon, hijos de la carnalidad y el dolor. Una obra en la que su autor, también, se pregunta por las formas en que percibimos y representamos lo que nos rodea. ¿Cómo describir esa herida interna "con palabras hechas para decir: alegría, pájaro, vida"? ¿Y si al afinar la mirada ésta nos revela, como le ocurre a Schiele en estas páginas, que unos árboles en hilera son en realidad el mismo árbol que ha salido a pasear con nosotros?

–En la dedicatoria inicial asegura que "aun al borde de la destrucción, bello es el mundo que habitamos". Y esa frase resume tal vez la filosofía del libro, un poemario que no oculta la crudeza y el desgarro de la vida pero que parece viajar hacia la aceptación.

–Sí. Cuando escribes no eres ajeno al mundo en el que vives, a cuál es el estado de las cosas. Y depende de cómo lo veas, pero podemos hablar de un mundo al borde de la destrucción de manera casi literal, por el cambio climático, porque hay una crisis general en muchos niveles... La dedicatoria puede parecer algo ornamental, pero en este caso anticipa la conciencia con la que se ha escrito el libro.

–Conviven en esta obra una ambición formal indudable y una mirada a la realidad por la que asoman asuntos como la precariedad laboral o la violencia machista. En algún pasaje dice: "...no callar, no callar. El poema ha de gritar". ¿Fue muy difícil combinar la estética y la ética?

–Nuestro mundo estético se elabora a partir de lecturas, principalmente, y de otros productos culturales que consumimos, también de otros ámbitos. Y creo que se enriquece mucho y se tensiona cuando dejamos entrar la política en él. Yo no concibo realmente una estética sin política. A mí me interesa qué puede aportar un texto al mundo, desde dónde puede abordar la realidad que vemos todos los días. Claro, la parte estética no puede ser accesoria, tu escritura no puede ser tan básica como cuando haces política y lanzas un mensaje, pero mis autores favoritos son esos que han integrado la estética y la política en su obra. Y que lo han hecho de una forma compleja: en ellos, el mensaje no es un condimento, y la estética no es una cáscara vacía.

"En los autores que me gustan la política no es sólo un condimento, ni la estética es una cáscara vacía"

–En El bello mundo tienen mucho peso Francis Bacon y Egon Schiele. Es casi conmovedora esa cita de Bacon en la que reconoce que cuando va a la carnicería se asombra de que no esté su cuerpo colgado y troceado entre el de los animales...

–Bacon es el paradigma del artista que une lo político y lo estético, esa tensión de la que hablábamos. Se pone a pintar después de la II Guerra Mundial esos cuerpos, esos rostros distorsionados... El que ve su trabajo piensa que es un cuerpo potencialmente deformable, sobre el que puede ejercerse una violencia, un cuerpo que puede morir, que puede ser torturado... Eso entronca con un montón de imágenes de El bello mundo, que retrata la precariedad laboral, se pregunta qué pasa con los cuerpos en esta sociedad o qué trato damos a los animales.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

–Una estrategia que utiliza en varios poemas es la de alternar distintas voces en el mismo texto, quizás para reflejar la complejidad del entorno en el que vivimos. En unas líneas alguien pide una baja por ansiedad y en otras alguien se pregunta cómo escribir un poema político...

–Sí, lo hice con esa intención, es un mecanismo de generar ambigüedad, para poder hablar desde más de un punto de vista. En el poema se ve a alguien que va al médico, y eso se entrelaza con otras voces, entre ellas la del doctor... Para mí eso representa cómo funciona el mundo en el que vivimos: cuando estamos viendo el telediario, por ejemplo, siempre hay más de una voz realmente. Quería imitar con eso la complejidad, la confusión, con que percibimos lo que nos rodea.

–Recupera otra cita de Paul Nizan que encontró en un artículo de Joaquín Estefanía: "Yo tenía 20 años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida". ¿Suscribe esa frase?

–Sí, totalmente. Hay una especie de mito que te dice que la juventud es esa etapa en la que hay que disfrutar, hay que viajar, y realmente los que pueden hacer eso de nuestra generación son muy afortunados. La juventud está siendo una etapa dificilísima para muchos de nosotros. Es decir, hay que lidiar con la incertidumbre, con la precariedad laboral... Esa frase me fascinó porque subrayaba la idea política del poemario: que un autor joven ha vivido ya violencia, la va a seguir viviendo y la ve a su alrededor, y puede dar cuenta de eso... Parece que la gente joven no tiene derecho a escribir de determinadas cosas porque no las ha vivido, y no es verdad.

"La juventud, según el mito, es para viajar y disfrutar. Pero está siendo difícil para muchos de nosotros"

–En un libro que investiga las distintas formas de percibir y representar el mundo, y tan vinculado además al arte, no podían faltar Magritte y su Ceci n’est pas une pomme (Esto no es una manzana).

–No es casual que en el libro aparezcan Bacon, Schiele, Magritte, que acuda a la pintura para preguntarme eso de cómo representamos el mundo. A mí de Magritte me interesa ese juego con la idea del trampantojo, que muestre de manera explícita y comparta con los espectadores sus mecanismos de representar el mundo. En un poema lo contrapongo con Hegel, y no por casualidad: él, y otros artistas visuales, unieron en sus obras las ideas y la estética, lo que conecta con toda esa tensión que mueve el poemario. Yo he estudiado Filosofía, y me preocupaba cómo ligar esa formación a la poesía. Estos creadores han sido una inspiración.

–Su libro se suma a otras primeras obras muy notables que han aparecido en los últimos años, de una generación que aún anda por la veintena pero que ya tiene voces muy sólidas. ¿Qué está ocurriendo con la poesía joven?

–Es problemático hablar de una generación, porque no creo que haya ninguna unidad estética, y eso es una virtud más que un problema, pero es cierto que desde que salió el de Rosa Berbel [Las niñas siempre dicen la verdad], han aparecido otros como el de Carlos Catena Cózar [Los días hábiles], el de Juan Gallego Benot [Oración en el huerto] o el de María Elena Higueruelo [Los días eternos], el último Premio Adonáis... Estamos asistiendo a un boom de buenos libros y buenos poetas que están empezando. En Facebook me quejé por esa afirmación que suena en algunos ambientes y que dice que la poesía joven no termina de arrancar, que no hay autores tan sólidos como los de antes, pero sólo hay que estar un poco atentos para ver que algo muy interesante se está moviendo. Yo estoy muy contento, un poco alucinado incluso, con lo que está pasando.

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