Los gozos de una triple condena
De Ory poseía un talento "innato para jugar y conciliar contrarios", según Jaume Pont
En uno de esos reveladores fogonazos que eran sus Aerolitos, Carlos Edmundo de Ory confesaba: "Mis muletas: el espanto y el humor". Y no se pudo definir mejor con menos palabras porque, realmente, bajo el brillo y los imposibles, tras el juego de sonrisas, De Ory mostraba a menudo un temblor atávico a la angustia y lo oscuro. Unos pozos de los que intentaba escapar de la mejor forma posible: jugando, haciendo burla.
"Carlos Edmundo -comenta, desde Lérida, su amigo y antólogo, el profesor Jaume Pont- tenía una capacidad innata para jugar, para conciliar los contrarios: algo que sabía hacer como nadie. Sabía casar el dolor con la risa, lo sublime con lo grotesco".
Una suerte de "electricidad" creativa que es imposible adquirir a través de la práctica: "Esta capacidad suya para jugar con palabras y conceptos tenía poco que ver lo aprendido -indica-. Era un don especial que quizá le viniera por influencia paterna o esté relacionado con su gusto por la música. Al fin y al cabo, sus versos fluían musicalmente, nunca falta el ritmo en ellos. La música sobre todo, que decía Verlaine".
"Podemos decir que Ory fue un poeta muy sensible a sus principios -explica Pont-. El siempre decía que su ventura era haber sido víctima de un triple condenación: los paisajes, los libros y las mujeres. Y esto define bastante bien lo que era su visión del mundo. Al conocerlo, en seguida quedaba de manifiesto que Carlos Edmundo era un hombre que no podía perder el contacto con la naturaleza: cuando yo iba a visitarlo, no pasaba ningún día sin que fuésemos a pasear por el bosque. Tenía una sensibilidad especial por todo el entorno natural". "Respecto a los libros -prosigue-, siempre fueron una fuente de inspiración para él, desde los orígenes en Cádiz y la biblioteca paterna. Probablemente, sin los libros de su padre, el modernista Eduardo de Ory, él nunca hubiese sido un poeta. El que tuviera conexión con Juan Ramón Jiménez y Rubén Darío... todo ello también debió influirle. Era un niño que, con 14 años, leía a Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, así que es normal, en cierto sentido, que saliera así..."
Y la mujer y el amor, fundamentales en su obra: "El amor es principio absoluto de creación y transformación en toda su poesía, muy ligada también al dolor, a la melancolía, al delirio", explica Jaume Pont.
Con su deceso, la literatura pierde a un poeta que "brilla -apunta Pont- por su ausencia. De Ory era uno de esos casos de autores excepcionales, contestatarios, rebeldes, anticonvencionales".
" Un tipo de autor que se resiste a ser devorado por toda la medianía, por el lenguaje prosaico, vulgar... -continúa-. Siempre hizo una profesión de fe de hacer vivir al lenguaje a través de la creación o, como él decía, 'a la palabra inventada frente a palabra inventariada'. Siempre intentaba que su poesía fuera hija de la neología, de la creación. Posiblemente, era un poeta que divinizaba como nadie lo ha hecho las palabras comunes: todo aquello que es aparentemente intrascendente, las palabras usadas, las palabras de todos los días".
Para el autor de La poesía de Carlos Edmundo de Ory, el tipo de poeta que encarnaba el gaditano es "casi un poeta en extinción, de los que hacen de su lenguaje un lugar de resistencia". Por eso mismo, para Jaume Pont, De Ory no cuenta con "seguidores directos": "Por la propia condición de su poesía, tan singular que desborda toda capacidad de imitarla, esto es muy difícil -indica el experto-. Hay poetas que derivan de él, claro, pero no que estén directamente implicados con su poesía, es imposible imitarlo. Lo que sí creo que Carlos Edmundo ha forjado es un modo de entender la poesía, de ver el mundo, de hacer una lectura del mundo..."
Residente en Francia por propia voluntad desde hace 50 años, Jaume Pont cree que, en este caso, la distancia no fue el olvido, pero sí se cobró su tanto: "La distancia -comenta- ayudó a que en ciertos momentos no se le reconociera todo lo que hubiera sido deseable. Hoy en día especialmente, si uno no tiene presencia cultural, no existe. Y con Carlos Edmundo la lejanía de la palestra literaria obró en su contra. Pero pienso a veces que algunos silencios (como afirmaba Félix Grande en la primera antología que publicó de Carlos Edmundo de Ory, allá por el año 70), dan la medida de la grandeza de un escritor."
Una grandeza que, según Pont, puede percibirse de manera especial en tres títulos del autor gaditano: "De tener que elegir -reflexiona-, yo escogería Técnica y llanto, Melos melancolía y Los sonetos. Para mí esos han sido los títulos más redondos que De Ory publicó en vida, al margen de antologías y demás".
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