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Irene Cantero y Natalia Jiménez cuestionan la norma en el Central

‘Coreos Coros Corros’ invita al público a replantear su idea de experiencia teatral y la relación con su cuerpo.

Irene Cantero y Natalia Jiménez, fotografiadas este miércoles en el Teatro Central. / Ismael Rubio

A Natalia Jiménez e Irene Cantero les interesa la definición que ofrece la Real Academia Española de la Lengua de legajo, “atado de papeles, o conjunto de los que están reunidos por tratar de una misma materia”. Por eso facilitan un dossier de su última propuesta que prefieren llamar así, legajo, y recomiendan leerlo como ese puñado de “pensamientos, preguntas y líneas de investigación” en el que se han embarcado.

Cantero, Jiménez y el equipo que han reunido llegan ahora al Central Coreos Coros Corros, una “instalación sonorea moviente” donde comparten con el público los hallazgos e intuiciones encontrados en ese proceso. La convocatoria también es singular: hoy y mañana, la sala Manuel Llanes del teatro abre sus puertas a las 17:00, pero durante unas dos horas y media “el público podrá entrar, salir y permanecer las veces y el tiempo que desee”.

El título de este trabajo, Coreos Coros Corros, “es un trabalenguas que nunca se puede decir a la primera”, reconoce Jiménez con una sonrisa, “pero ese prefijo de co se refiere a organizaciones que nos agrupan, que nos convocan”. Estas creadoras desdibujan las jerarquías, se rebelan contra la visión “elevada” de las coreografías mientras hallan en el coro “una manifestación de la complicidad”, un “componente místico que favorece la escucha compartida y permite la revelación”; y en los corros advierten “la unidad de reunión absolutamente necesaria para ser en comunidad”, una “solución para el cambio”.

A partir de estas reflexiones sobre lo colectivo, la pieza trata de “expandir los límites de la escena, superponer formatos”, dispone “un espacio inmersivo” y acerca a las personas el “potencial transformador” de las artes vivas. Jiménez y Cantero hablan de cuestionar la norma, alimentar el pensamiento crítico y promover “estrategias para la imaginación radical”. Para ello, el patio de butacas pierde su alineación habitual e invita a los asistentes a un laberinto inesperado.

Inquietudes que Coreos Coros Corros traslada a su espacio sonoro, del que se encargan Eloísa Cantón y Ernesto Rosa. “Hemos trabajado, por ejemplo, grabaciones de campo, cómo suenan los alrededores del Teatro Central, el río, la Isla de la Cartuja, porque no se escucha lo mismo aquí que en la orilla de enfrente”, observa Jiménez. Mientras Ernesto Rosa “convierte lo cotidiano en electrónica”, Eloísa Cantón ha dejado atrás las convenciones del violín en que se formó para “preguntarse qué es el sonido hasta ir a la voz, a la esencia de lo analógico y lo palpable”. En este diálogo el equipo de esta instalación quiere “bajar el ruido para conseguir un silencio que nunca es silencio, oír el crujido del foco, detectar los detalles”, anticipan.

También en el movimiento y la coreografía se persigue la misma sutileza. El estudio del cuerpo parte del “no tan simple hecho de ponerse en pie”, y a continuación “hay todo un trabajo de destilación”, una toma de conciencia. “Queremos que el público sienta su columna, cómo respira... A veces, después de un espectáculo, te vas con un musicón en la cabeza y se te queda hasta el día siguiente”, analizan Jiménez y Cantero. “Y nosotras queremos que la gente se vaya con la sensación de que tiene un cuerpo, que se comunique con él a otro nivel”.

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