La copla se llena de riesgo
LAURA GALLEGO | Crítica
Laura Gallego, entre el respeto y la desobediencia, convirtió la copla en modernidad antes que reliquia en su concierto de ayer en el Cartuja Center
Laura Gallego pone banda sonora a la espera de la Cabalgata de Sevilla
Laura Gallego abrió la copla en canal en el Cartuja Center CITE. No se presentó en el escenario para confirmar lo que ya se sabe de ella, sino para ponerlo en cuestión. El recinto, lleno a rebosar, acogió La Última Folclórica, dentro del festival Insólito, un espectáculo que no se conforma con actualizar la copla, sino que la somete a una tensión constante, entre la memoria y el riesgo, entre el respeto y la desobediencia.
Desde la intro, la escena se plantea como un espacio simbólico más que como un decorado. Laura apareció con bata de cola a lomos de una Harley, con una imagen que mezclaba iconografía clásica y el gesto contemporáneo, y a partir de ahí construyó un relato que avanzaba por capas. Paloma brava funcionó como una carta de presentación vocal, con la voz saliéndole limpia, poderosa, plena y resonante, sin ornamentos innecesarios, marcando territorio. En ese arranque planeaba inevitablemente la sombra de Rocío Jurado —no como copia ni como molde, sino como estirpe—, esa forma de cantar desde el pecho y de sostener la escena con autoridad natural que muchos han querido leer como herencia directa, aunque la propia Laura se empeñe en restarle peso a una comparación que, por respeto y por vértigo, siempre dice que le viene grande. En Castillos de sal y Torre de arena, el discurso se volvió más quebradizo; había fragilidad en el fraseo, una forma de cantar que era consciente de que la emoción también se sostiene desde el borde. La primera, pieza fundacional de su propio repertorio —compuesta por David Santisteban y Joaquín Paz y convertida en emblema al dar título a su primer disco en 2013—, sonó aquí como una relectura madura, atravesada por el tiempo. Torre de arena, aquellos tientos que Marifé de Triana llevó al territorio de la copla con una hondura irrepetible, emergió como uno de los grandes momentos del género, una cima emocional que, para mí, comparte podio con Tatuaje —que eché muchísimo de menos en el repertorio presentado— en la memoria sentimental de la canción española.
El concierto se movió entonces hacia terrenos más reconocibles para el gran público, pero sin caer en lo previsible. Interpretó La gata bajo la lluvia desde una contención casi confesional, más cerca del susurro emocional que del desgarro explícito, dialogando en voz baja con el recuerdo de Rocío Dúrcal, respetando esa melancolía limpia y sin aspavientos que convirtió la canción en un refugio sentimental para varias generaciones. Laura no busca apropiarse de la canción, sino permitir que la emoción brote con naturalidad, fiel a su forma de cantar, que entiende la tristeza como un lugar íntimo y compartido. La bien pagá apareció transformada, envuelta en una atmósfera de jazz que desplazaba el dramatismo hacia la ironía amarga y elegante; la trompeta de Nacho Botonero sonaba de forma excelsa y Miguel de Molina se coló por una rendija del siglo XXI para recordar que la copla también supo ser modernidad antes que reliquia. Con Señora, Laura recuperó el pulso narrativo de la gran copla teatral, esa que Manuel Alejandro escribió como si fuera una escena definitiva y que Rocío Jurado convirtió en monumento; aquí la voz avanzó con paso firme a través de una versión que suspendía el pulso, que rozaba el éxtasis; cada palabra pesaba, cada silencio contaba.
En A que no te vas, Laura introdujo un tempo más ligero, casi pop, aunque la emoción siguió espesa y tangible porque el espíritu creativo de Manuel Alejandro y la presencia inconfundible de Rocío Jurado recorrían la canción desde dentro, resonando en cada giro de la voz y en cada pausa que dejaba el silencio entre notas. Esta canción sirvió de contraste antes de sumergirse en uno de los momentos más intensos del espectáculo. Y sin embargo te quiero no lo cantó como un himno, sino como una herida que se abría despacio, con una interpretación que huyó del exceso y se apoyó en la verdad del texto; Laura volvió a administrar los silencios como parte del discurso, consciente de que la copla también se canta con lo que no se dice. En ese aire de zambra resonaron los ecos de los grandes creadores de coplas, Quintero, León y Quiroga, cuya huella late en cada nota, y en la que Juanita Reina cantaba al amor incondicional, incluso cuando es tóxico. Del universo de los autores más clásicos de la copla pasamos al menos clásico de todos, Juan Pardo, autor de otra canción de Rocío Jurado que aportó un aire fresco y distintivo sin perder la fuerza emotiva de la interpretación de Laura. Punto de partida actuó como transición; el concierto respiró hondo antes de mirar hacia atrás y hacia delante al mismo tiempo.
Primero entrelazando a la Jurado —Vibro, Como una ola, Se nos rompió el amor— con la Pantoja —Perdona si te hago llorar, Hoy quiero confesarme— junto a toda la banda, y luego a capela con el único acompañamiento del chasquido de dedos de los músicos, en el enlace de las elegidas por encuesta popular en la platea —variable, mutante—, sin títulos cerrados y sin red, los medleys funcionaron como un ejercicio de memoria colectiva, ahora con fragmentos reconocibles que se enlazaron sin necesidad de nombrarlos —Mi niña Lola, Ojos verdes, Ese hombre, Sevilla, Un clavel—, apelando directamente a la emoción compartida del público, dejando al descubierto sus instrumentos esenciales: la voz y la intención. Había cercanía en vez de exhibición. Fue un momento suspendido, de sentimiento compartido, donde la copla se convirtió en confidencia.
En Qué no daría yo, la canción de Rocío Jurado donde José Luis Perales se dejaba llevar por bulerías, Laura mezcló respeto y picardía, consciente de que ahí la copla se vuelve juguetona sin perder profundidad. La interpretó con soltura, casi sonriendo entre líneas, dejando que el ritmo la empujara y demostrando que también sabe moverse en ese territorio donde la emoción se balancea y el drama se aligera sin diluirse. A continuación, para demostrar que también le gusta el flamenco —cuando mis amigas escuchaban a Alex Ubago yo escuchaba a la Paquera de Jerez y me daba corte que lo supieran, afirmó— eligió para cantar una de las coplas más antiguas de las que usan el flamenco, Las campanas de Linares, que, evocando la memoria de Rafael Farina, emergió con fuerza propia, rotunda, conectando con la raíz más telúrica del género y recordando que la copla también es relato social y paisaje sonoro.
Fue el momento para recordar a los instrumentistas que la respaldaban, comenzando por el ya citado Botonero, una de nuestras mayores glorias locales del viento madera y metal, especialista en el saxofón y la trompeta de jazz que manejó anoche aquí con gran versatilidad. En la batería estaba Manuel de la Torre, al que vimos no hace mucho en Assejazz introduciendo un latido jazzy como el de anoche en el montaje de Canito y las Donelles, que no era simple acompañamiento, sino diálogo constante con el alma de cada copla que surgía en el camino. Un lujo fue tener al guitarrista alemán, afincado en nuestra ciudad, Bernd Voss, que ha acompañado a gente tan diversa como Umberto Tozzi y Bonnie Tyler. Los dos mejores músicos de Moguer seguramente son Juanma Ruíz, que pasó de bajista de rock and roll, hechizado por el flamenco, a acompañar a Vicente Amigo, Arcángel, José Mercé y decenas de grandes nombres más, a los que se une ahora el de Laura Gallego, y José Antonio Márquez, gran maestro del piano y director musical de este espectáculo. Los dos estaban aquí con ella anoche.
Tras la presentación de los músicos, Déjala correr, reinterpretada como un canto de adiós sereno y vehemente, provenía también de la pluma de Juan Pardo, y fue convertida en clásico por la voz inmensa de Rocío Jurado. En la lectura de Laura la canción pareció latir con la calma tensa de quien sabe que dejar ir también puede ser un acto de amor. Fue una mezcla de potencia y delicadeza, hilando cada verso con intención, antes de preparar el terreno para el giro final. El cierre rompió definitivamente cualquier expectativa conservadora; Laura asumió el control de la consola que ocupó el centro y transformó el escenario en pista. El DJ set, lejos de ser una anécdota, se integró como una conclusión lógica del viaje; allí estaba la copla de Lola Flores, de Marifé, de Imperio Argentina, de Estrellita Castro, dialogando con la electrónica, el compás tradicional encontrándose con el pulso de club, libre, audaz y celebratorio, sin parodia y sin complejos.
La Última Folclórica no busca nostalgia ni épica impostada. Es una propuesta que entiende la copla como un lenguaje vivo, capaz de mutar sin perder su identidad. Y Laura Gallego se coloca en medio de una tradición, empujándola hacia adelante con una mezcla de respeto, audacia y plena conciencia escénica.
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