La niña Dios en el imperio de los signos
Little Amélie | Crítica
La ficha
**** 'Little Amélie'. Animación, Francia, 2025, 77 min. Dirección: Mailys Vallade, Liane-Cho Han Jin Kuang. Guion: Liane-Cho Han Jin Kuang, Eddine Noël, Aude Py, Mailys Vallade. Música: Mari Fukuhara.
La novela autobiográfica de la popular escritora belga Amélie NothomMetafísica de los tubos (Anagrama, 2001) sirve de base y pone los cimientos para esta deliciosa fábula animada en tonos pastel y personajes de ojos grandes que nos lleva al Japón de finales de los 60 del pasado siglo a través de los ojos de una niña, trasunto de la propia escritora, que descubre el mundo que le rodea, los afectos y las primeras revelaciones importantes de la vida desde su singularidad (autista).
Amélie se narra a sí misma desde un futuro aún infantil, convencida de ser un pequeño Dios caído al mundo en una burbuja protectora de la que saldrá al cumplir los tres años. Es entonces cuando estallan la palabra, la mirada atenta y el despertar de los sentidos, el reconocimiento del amor de sus padres, su abuela y, muy especialmente, el de esa niñera japonesa con la que descubre las claves, secretos y signos culturales de un país, también su historia traumática, mientras crece en armonía con el entorno arcádico o vive sus primeras aventuras y peligros.
Mailys Vallade y Liane-Cho Han recogen cierta herencia del animemás estilizado de Isao Takahata para sus trazos, diseños y colores, aunque asumen una escritura con suficiente identidad propia y alto vuelo lírico donde las transiciones, las fusiones o las escenas oníricas cobran vida y sentido ante nuestros ojos, tan asombrados y deslumbrados como los de esa niña para la que todo es una pequeña sinfonía de estímulos, metonimias y sensaciones.
Little Amélie nos abre así con su pequeña protagonista a un riquísimo mundo dibujado donde cabe toda la proyección de una vida construida desde el recuerdo de aquella experiencia primordial, pero sobre todo del roce y la vibración de una materia hecha de formas y color que traducen como sólo la animación sabe hacerlo ese territorio entre lo vivido y lo soñado, entre la realidad y su constante potencial fabulador. Nuestro Oscar de animación de este año es para ella.
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