Películas así hicieron grande el cine europeo
Luzzu | Crítica
La ficha
***** 'Luzzu'. Drama, Malta, 2021, 94 min. 94 min. Dirección y guión: Alex Camilleri. Música: Jon Natchez. Fotografía: Léo Lefèvre. Intérpretes: Jesmark Scicluna, Michela Farrugia, David Scicluna Giusti, Frida Cauchi, Uday McLean, Stephen Buhagiar.
Una pequeña –en cuanto a presupuesto– película de un pequeño país con una pequeña cinematografía solo puede abrirse paso a través de los festivales y el apoyo de la crítica. Es así desde que los festivales comenzaron a tener influencia en la posguerra de la última guerra mundial y la crítica cierta influencia. El debutante realizador maltés Alex Camilleri ha logrado, gracias al premio obtenido en el festival de cine independiente de Sundance, el apoyo de la crítica y su presencia en otros certámenes que su ópera prima tenga distribución. Otra cosa es que tenga público (y el apoyo de este es tan esencial para la supervivencia del cine marginal como los premios de los festivales y los elogios de la crítica).
Recurriendo a actores no profesionales Camilleri narra con una luminosa fotografía que contrasta con el drama que se desarrolla bajo el azul intenso del cielo y del mar maltés las desventuras de un joven pescador cuya preciosa y pequeña barca –un tipo de embarcación con muchos siglos de existencia– necesita ser urgentemente reparada, cuyo matrimonio se ve agobiado por una pobreza agravada por el nacimiento de un hijo que requiere tratamientos especiales, por los recortes de la UE sobre la pesca, por las imposiciones de las lonjas de pescado y por las tentaciones delictivas que se ofrecen a estos desesperados.
Tras leer lo anterior no crean que es una película triste, es recia y muy humana; no crean que es una película amarga, es luchadora en su denuncia y muy emocionante. Con sus actores no profesionales Camilleri lucha por mostrar una parte de la Malta real, no de la postal turística, y por abordar un drama igualmente real. Esta necesidad de mostrar la verdad de un país y la realidad de un drama humano lo entronca con el Rossellini de Stromboli (1950) y muy especialmente con el Visconti de La terra trema (1948). Es decir, con el neorrealismo de las primeras etapas de aquel movimiento de renovación que nacía también de la necesidad de mostrar la realidad de Italia tras la asfixia del fascismo y las duras condiciones de vida de la posguerra. También se entronca con la elegíaca La bella Maggie (1954) en la que Alexander MacKendrick narra en clave de vigorosa y realista comedia la lucha de un pescador escocés por salvar su destartalada barcaza. No es casual que las tres películas se rodaran entre 1948 y 1954: eran los vientos realistas, críticos y radicados en realidades geográficas, culturales y humanas concretas que recorrían lo mejor del cine europeo. Las circunstancias son, afortunadamente, otras. Pero la tematización turística de tantas zonas y ciudades europeas es otra forma de enmascaramiento y/o deformación de la realidad, y los dramas que muchas formas de vida tradicionales sufren en la realidad económica global y como efecto de las políticas de reconversión de la UE generan nuevos dramas que resucitan los antiguos.
Dirigida con extrema sobriedad no solo a causa de lo ajustado de la producción, también por voluntad de estilo, Luzzu nos devuelve parte de lo que hizo la grandeza del cine europeo: su anclaje en una realidad, un territorio y un drama concretos, reales, humanos. Es decir: va absolutamente a contracorriente. Por sus calidades cinematográficas y sus cualidades auténticamente europeas merece el apoyo de ese juez definitivo que son los espectadores.
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