“Si la gente no compra discos, no va a conciertos, no lee libros, la cultura se convierte en un monólogo”
MARÍA GUADAÑA | Cantante
El próximo domingo, María Guadaña presenta en la sala Malandar su nuevo disco, ‘Hermana Bruja’, un trabajo que explora las luces y sombras de lo íntimo y lo colectivo. Una cita imprescindible para quienes creen en la música como encuentro vivo y necesario
Vanesa Martín: "Si te limitas o permites que te limiten, no avanzas"
Este domingo, la sala Malandar se convierte en el epicentro de un aquelarre sonoro comandado por María Guadaña (Herminia Martínez, Jaén, 1976). No es solo una voz que vibra con fuerza en la escena andaluza; es un huracán emocional que atraviesa géneros y fronteras con una honestidad descarnada. Su música, a medio camino entre la melancolía y la rabia contenida, invita a detenerse, a escuchar con el alma abierta. Regresa a los escenarios hispalenses para presentar Hermana Bruja, su nuevo disco, un verdadero conjuro donde la luz y la sombra se entrelazan, una celebración de poder femenino y emoción desbordada. Desde que debutara con Remedios Paganos, publicado en 2019 en Happy Place Records, como sus dos discos posteriores, su voz rota y su presencia magnética no han dejado de invocar emociones profundas, con letras que sangran belleza y fuerza. En Latidos y Culebras (2022) afiló aún más el veneno y el verbo, y ahora, con este tercer trabajo, su brujería sonora alcanza un nuevo poder, el de mirar a los fantasmas de frente, brindar con ellos y transformarlos en canción. Con una banda renovada pero igual de afilada, Guadaña se planta en Sevilla con un directo que promete ser una ceremonia cargada de verdad, ritmo y resistencia. En esta entrevista nos abre las puertas de su mundo creativo para hablar de sus raíces, sus influencias y el arte de transformar el dolor en poesía sonora.
Pregunta.-No sé si me recuerda. Soy aquel que, en su último concierto en Sevilla, la escuchó decir que iba a cantar la canción más triste y no pudo evitar soltar en voz, me temo que demasiado alta, justo pasando por delante del escenario rumbo a la barra: pues habrá que ir a por más cerveza, entonces.
Respuesta.-Sí, me acuerdo, claro que me acuerdo -surgen las primeras risas, presentes en casi toda la charla-. Me gusta que la gente encare las cosas de frente. Y usted es como yo, somos un par de Peter Pan que parecemos diez años más jóvenes de lo que somos. Nadie notaría la diferencia.
P.-¿Cómo de devastadoramente tristes van a ser las canciones del concierto esta vez? ¿Deberíamos decirle al de la barra de Malandar que vaya preparando un barril de IPA o basta con una Cruzcampo para consolarnos?
R.-No, hombre. Si ha escuchado el disco sabrá que es muy variado. Sí, está Réquiem Guadaña, la más triste y la que cierra el álbum, pero hay muchas canciones luminosas. ¡Hasta una canción de amor! Ya no todo es despecho o venganza, esta es mi primera canción de amor. Vamos bien. Hoy estaba repasando el orden del repertorio y hay momentos en el concierto súper energéticos, de esos para bailar, y luego otros ratos más íntimos. Pero es que yo no puedo renunciar a una cosa por la otra. ¡Hay que presentarlas todas!
P.-¿Viene con los mismos Afiladores o tiene otra banda de directo?
R.-Pues mire, vengo con casi los mismos músicos de siempre, pero no todos exactamente. Hay algunos cambios. Para empezar, Nacho Pérez, el guitarrista, ya no está en el grupo. Él tiene sus propios proyectos musicales y compaginar eso con la banda le descentraba demasiado. Así que se fue, pero con buena onda. En su lugar viene Pablo Sanpa, que es el guitarrista estable ahora. Luego está Robert García, el batería, que de hecho ha grabado el disco con nosotros y sigue en el grupo, pero justo para estas fechas no puede venir. Así que tenemos un sustituto, Juli el Lento, un crack que ha tocado con Aurora & The Betrayers, súper potente. Pablo Rodas viene cubriendo al bajista habitual. Y de la formación original, Chavi Ontoria a los teclados. La cosa parece un lío, pero lo bueno es que mis músicos originales eligen a sus propios sustitutos y vienen con todo aprendido. Yo les digo: Haced lo que queráis, pero que a mí no me dé dolor de cabeza. Al final, ellos siguen siendo maravillosos.
P.-El disco que presenta, Hermana Bruja, suena a conjuro. ¿Es un disco para invocar fantasmas o para ahuyentarlos?
R.-Yo creo que hay que sentarse a la mesa con el fantasma. Ni negarlo, ni invocarlo, ¡qué mal rollo!, sino simplemente reconocerlo. Cuando aceptas tu lado oscuro, se hace más fácil llevarlo. Esta pregunta me ha dejado flipando, la verdad. No huyo de mis fantasmas; lo que me gusta es integrarlos, darles espacio. Por eso escribo canciones, para sacarlos afuera, no para que se pudran dentro. Y claro, cada vez que las toco, vuelvo a sentarme con ellos, como echándome un chupito con viejos conocidos. Pero está bien llamar a las cosas por su nombre. Vivimos en un mundo demasiado profident, todo son buenas vibras y superación personal. Pero a veces, para superar algo de verdad hay que atravesarlo, no saltarlo. Acogerlo, aunque pese. ¡Uf! Me ha puesto usted a filosofar demasiado temprano -más risas- Sí, sí, sí.
P.-¿El concierto va a ser, entonces, un aquelarre emocional? ¿O más bien una ceremonia con regusto andaluz y unas gotas de oscuridad luminosa?
R.-Los directos son el disco multiplicado por diez. Nuestros conciertos son como los discos, pero elevados al máximo. Lo luminoso se vuelve cegador, y lo triste... bueno, no es lo mismo escuchar una canción triste en casa que verla desgarrar en vivo. Las cadencias, el sonido, la energía, todo se amplifica. Tiene que haber de todo, como en botica. Yo no digo cómo debe ser un concierto, pero a mí me gusta que sea el disco reinterpretado. Que no suene exactamente igual, aunque las canciones sean las mismas. Que haya vida, que haya sorpresa. Así que en el directo las luminosas las bailaremos hasta sudar y en las tristes... si necesita ir a la barra a por una cerveza, no hay problema. Cada uno lo vive a su manera. La variedad del público es un regalo y también da un poco de miedo. Lo más curioso de este disco es ver cómo la gente reacciona de formas tan distintas. Hay quienes aman las canciones más alegres, y otros que se quedan con las más oscuras. Por un lado, es genial, hay para todos. Pero por otro, da un poco de vértigo pensar: Ahora viene esta parte, ¿y si los que vinieron por el rock se aburren? Pero al final, me encanta esa diversidad. Cada canción me lleva a un sitio distinto, y así debe ser. Mi disco no es lineal y eso me enorgullece. ¿Sabe esos discos que, a la tercera canción, ya te los has escuchado enteros porque todo suena igual? Pues este no es así. Estoy súper orgullosa de que sea un disco variadito, lleno de matices. Como un menú en el que cada uno puede elegir lo que más le apetezca. Y eso, para mí, es un éxito.
Cuando trabajo con los músicos les doy referencias emocionales, no técnicas. No hablo de acordes, hablo de lo que debe transmitir"
P.-Yo la he visto ya en directo tres veces y todavía no sé cómo consigue equilibrar la tensión entre el trueno y el murmullo, entre el lamento íntimo y la explosión colectiva.
R.-No lo sé, es que cada canción tiene su alma. Cada canción lleva dentro su propia esencia y cuando la canto en vivo me dejo llevar por la emoción que la parió. Si es triste, vuelvo a esa tristeza. Si es furia, la siento otra vez. No hay truco, es rendirse a lo que pide la música. Y luego está la magia de los directos. Es como cuando escuchas un disco en vivo de tu banda favorita, que nunca suena igual que en el estudio. No es mejor ni peor, es distinto. La canción crece, respira, se adapta. Pero, joder, hay algo clave: el público. Se lo juro; sin esa energía compartida, sin gente vibrando, aunque solo sea escuchando en silencio, no existirían esos contrastes que tanto me gustan. Eso tan bonito que ha dicho usted del trueno y el murmullo lo creamos entre todos. ¡Y me está haciendo unas preguntas que me pillan en modo descubrimiento personal! La próxima vez mándemelas con tiempo, que me está desarmando por todos lados -vuelven a estallar las risas-.
P.-Y la tensión entre Herminia y María Guadaña, ¿guarda un buen equilibrio?
R.-La verdad es que no sé quién sería yo, Herminia, sin este proyecto. María Guadaña me permite sacar cosas que como Herminia nunca habría soltado. Me da voz para decir lo que callaría y, sobre todo, me regala el directo; esa emoción pura, esa adrenalina que no se compara con nada. ¡Hasta me da rabia haberlo descubierto tan mayor! Ahora entiendo por qué la gente se engancha a esto, es que son subidones brutales. Y luego está lo que viene después, los abrazos del público, sus palabras, esos chutes de energía que te llenan por dentro. Aunque ahora mismo, Herminia está un poco enfadada con el proyecto. Llevo 15 meses sin parar; no solo componiendo, sino gestionando todo: músicos, estudios, fotógrafos, diseñadores, salas, medios. Anoche lo decía: Necesito que pasen estos conciertos. Para vivirlos, que ya sabe lo mucho que los amo; para que Herminia respire. La gestora está agotadita, sí; pero bueno, el que algo quiere, algo le cuesta. Y yo elegí esto.
Al ponerle música a algo no lo suavizas, sino que lo llevas al extremo. La tristeza se vuelve aún más desgarradora. La alegría estalla en ritmos que te obligan a bailar"
P.-Bruja es una palabra con connotaciones muy peyorativas, pero en realidad es el femenino de mago, hechicero, palabras que se usan para señalar a algún hombre que es experto o que es un genio en algo, y siempre es una palabra buena para aplicársela a ellos. En Hermana Bruja reivindica la figura de la bruja como símbolo de sabiduría y libertad femenina. Hábleme del disco y de cómo ha influido esta visión en su composición y producción.
R.-La palabra reivindicar lleva dentro la sabiduría de las mujeres de ayer, de hoy y de mañana. Porque seguimos en un presente donde el poder femenino no se valora igual que el masculino. Pero en mi música, eso no ha limitado la producción. Al final, todo nace del oído, de la sonoridad, del instinto. Cuando trabajo con los músicos les doy referencias emocionales, no técnicas. Por ejemplo, para Se-pulcra, les pasé canciones y les dije: Quiero esta tensión, esta crudeza. No hablo de acordes, hablo de lo que debe transmitir. La libertad sexual ha estado también ahí desde mi primer disco, pero esta vez la he llevado más lejos. Como en Perra, que es darle más valor todavía al hecho de que una mujer esté liberada sexualmente. No se trata solo de igualdad, sino de reclamar espacio sin miedo: déjame que ya me encargo yo. No le diría dominatrix, pero sin miedo y además diciéndolo a la cara, sin el pudor y la inocencia de me gusta cuando callas porque estás como ausente… ¡Una mierda pa ti! El que va a callar eres tú, y me vas a dejar a mí hablar. Y hay historias de mujeres que rompieron moldes; Se-pulcra está basada en unos personajes reales de la isla de Cerdeña, las S'Agabbadoras, mujeres que ayudaban a morir a enfermos terminales. En una época sin morfina ni hospitales, ellas aliviaban el sufrimiento. No eran asesinas, eran dadoras de paz. Imagine el coraje de ese oficio, entre el horror y la liberación. Y por supuesto Bruja, la canción que cuando la compuse sabía que era el corazón del disco. Por eso está en el centro, no es casualidad que sea la quinta, todo lo demás gira alrededor de ella.
P.-En Hermana Bruja hay una dualidad constante entre lo sagrado y lo profano, lo terrenal y lo místico; como me acaba de decir también, entre el horror y la liberación. ¿Cree que la música puede ser un puente entre esos mundos, o más bien un martillo para derribar las paredes que los separan?
R.-La música es el puente, pero no acerca los mundos, los intensifica. Todo lo que existe: lo terrenal, lo profano, lo sagrado, tiene su propia música. Desde una marcha militar hasta una nana; todo puede ser sonorizado. Ese es el don de la música, darle banda sonora a cualquier emoción, por contradictoria que sea. Pero ojo, no creo que la música acerque esos mundos opuestos. Ellos siguen ahí, separados. Lo que hace la música es ser un puente, un camino que te permite viajar de uno a otro. Aunque quizá no sea un puente de reconciliación, sino de intensificación. Al ponerle música a algo no lo suavizas, sino que lo llevas al extremo. La tristeza se vuelve aún más desgarradora. La alegría estalla en ritmos que te obligan a bailar. La música no une los polos, los carga de electricidad.
En los últimos años descubrí a poetas y compositoras que me han dado el permiso, que no sabía que necesitaba, para escribir y crear sin miedo"
P.-Su disco suena, como le dije antes, a conjuro, a rito compartido. Hay canciones que hablan de la vida, la muerte, el deseo, el amor. ¿Cree que hay una relación profunda entre todo eso y la brujería?
R.-El amor no domestica la brujería, pero le da más luz. Yo ya era bruja mucho antes de estar enamorada. El amor quizás te da felicidad, y por eso la luz se vuelve más brillante. Pero la brujería es otra cosa. Es universal. Puedes ser bruja por entender las plantas, por hablar con los animales, por sentir la tierra, sin necesidad de un amor romántico. Sí, el amor me ha dado más luz, eso seguro, pero no me ha restado oscuridad, sigo teniendo la misma mala hostia -de nuevo surgen las risas-. El amor te da alegría, incluso te relaja el carácter. En la canción Amor hay una frase: los huracanes se han vuelto brisa, quieren mecerse en tu eterna sonrisa; para mí es verdad que estar enamorada ahora y ser muy bien correspondida me ha suavizado esa mala leche de a diario, pero cuando tengo que sacarla sigue ahí, igual de intensa. Lo bonito es que el amor no tiene una sola forma, puede ser por un hijo, por un padre, hasta por un perro. Menos mal que no se limita a las parejas, porque ¡hay tantas parejas que ni siquiera se aman! El amor te hace brillar más, pero la sombra sigue siendo de color negro como el tizón.
P.-¿Es la sororidad también una forma de magia?
R.-Ah, la sororidad. O hermandad, o como quieras llamarla. Esa magia que surge cuando las mujeres nos apoyamos en vez de competir. Durante siglos; no años, ¡siglos!, nos educaron para vernos como rivales: Sé más guapa que ella para llevarte al chico, sé más perfecta que ella para que te elijan. Nada de valorarnos por nosotras mismas; todo era comparación. Mire los modelos de belleza, a los hombres no les exigen tener 90-60-90 ni les ponen revistas con cómo lograr la proporción hombros-cintura. La sororidad lo cambia todo; por fin somos abejas del mismo panal. Si te metes con una, salimos todas. Antes nos picábamos entre nosotras; ahora nos jaleamos. La portada del disco es un símbolo de lo que digo, en la boca llevo un panal. Ya no estamos solas. Claro que queda camino, pero al menos ahora sabemos volar en enjambre.
P.-Hablando de sororidad. Habrá recibido influencias de otras hermanas brujas. ¿Cómo las ha integrado en su música?
R.-¿Cómo me han influido otras mujeres creadoras? Maravillosamente. Me han dado el permiso, que no sabía que necesitaba, para escribir y crear sin miedo. Le pongo un ejemplo; en los últimos años descubrí a poetas y compositoras que me estremecían con sus palabras, rompiendo todos los códigos establecidos, y entonces pensé: Si ellas me conmueven así, sin seguir las reglas, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo? Esa sororidad artística me ha regalado valentía para no autocensurarme. Bueno, solo me freno cuando siento que algo es demasiado obvio: una melodía predecible, una letra que cualquiera podría haber escrito. Ahí sí me digo: Esto no aporta nada nuevo. Pero fuera de eso, ¡libertad total! Mujeres como María Dolores de Pablo o Begoña M. Rueda, a quienes menciono hasta en las notas de prensa, han sido un faro. Son hermanas de sentir que no conocía, y me pregunto por qué no tienen más visibilidad. Su arte me enseñó que hay mil formas de decir lo mismo, y que la autenticidad no necesita disfrazarse de lo correcto.
P.-Es usted una artista autogestionada y ha mencionado el agotamiento que esto implica. ¿Este disco es para seguir a flote o porque ha decidido hundirse con elegancia, como la orquesta del Titanic?
R.-Hombre, no he escrito este disco pensando en que sea el último —entre risas—; no soy Leonard Cohen haciendo su testamento musical. Pero si la vida, la energía o el dinero deciden que esto es todo, me voy con la cabeza muy alta. Si esta es la última huella que puedo dejar, es una huella honesta, hecha con todo mi fuego. No quiero ser un Sugar Man de Jaén, que dentro de 20 años la crítica diga ¡hostia, esto era un discazo del 2025! y nadie lo haya escuchado en su momento. Sé que mi música es anacrónica, no es trap, no es urbana, no usa autotune. Hay letras hoy que me hacen pensar: ¿En serio esto se graba? Yo, en cambio, he puesto el alma en cada palabra. Si el público, los críticos o los promotores no lo valoran y María Guadaña se queda aquí, que sea con este disco. No es ego, es reconocer el trabajo bien hecho. Ojalá me permita grabar un cuarto, pero si no… al menos sé que cerré dando lo mejor de mí. Un epitafio bien escrito.
P.-Usted tiene buen rollo con Sevilla; se ve en este disco, grabado aquí, con mezclador y guitarrista invitado sevillanos… ¿Qué va a dar y qué espera recibir del público de esta ciudad en el próximo concierto?
R.-En cada concierto me dejo la piel. Llevo tres años yendo a clases de canto para poder entregarme al 100 %: bailar, cantar y no quedarme sin fuelle. Ese esfuerzo se nota en el disco y en el directo. Yo pongo mi energía; solo pido a cambio que el público apueste por nosotros. Y hablando claro: ¿Qué le pasa a Sevilla? Las entradas van lentas y me hierve la sangre. No exijo que mantengáis mi sueño musical, pero joder… llenamos terrazas criticando lo mal que está la industria y luego nadie suelta 20 euros por un concierto. La misma gente que se queja del reggaetón escucha Kiss FM con canciones de hace 30 años. ¿Queréis diversidad? Pagadla. No somos Rosalía, y eso es bueno; no tenemos playback ni mega producciones. Somos músicos de carne y hueso tocando para que salgáis transformados; más felices, más sanados, más vivos. No vendemos humo, vendemos verdad. Así que, Sevilla, comprad la entrada, que cuesta menos que tres cervezas. Prestad el oído solo un rato. Nosotros ponemos el resto.
P.-Al hablar del guitarrista sevillano, que es Andrés Herrera, el Pájaro, está en la canción Consentido, en la que repite usted una frase, nunca me arrepiento, que tiene una fuerza brutal, como un mantra, un escudo, una declaración de intenciones. Y, al mismo tiempo, deja una puerta entreabierta a la duda: ¿de verdad nunca? ¿Ni siquiera en lo más hondo?
R.-No me arrepiento de amar con el corazón abierto, aunque saliera mal. Lo único que me reprocho es no haber aprendido antes esta lección. Bueno, en realidad no; si lo hubiera sabido, no habría aprendido. Esta canción en particular va dedicada a un tipo… llamarlo caballero sería demasiado generoso, pero no me arrepiento de nada de lo que hice en esa relación. Porque actué desde la verdad. En ese momento, yo quería luchar por eso, y así lo sentí. Que luego no funcionara, que él mintiera y fuese ese falso traidor del que hablo en la canción, eso ya no depende de mí. Prefiero ser tonta por bondad que fría por miedo ¿Sabe cuando piensas: Fui demasiado buena, demasiado ingenua? Pues sí, pero mi tontería no venía de ser imbécil, sino de abrir el corazón. Si mis errores son por amor, por dar demasiado, por confiar, que así sea. Prefiero mil veces que las cosas salgan mal por haberlo intentado, que quedarme con el y si… por miedo. Porque al menos sé que fui fiel a lo que sentía. Y eso, en el fondo, es la única victoria que importa.
Este disco suena a mí porque al fin me atreví a imponer mi criterio. He exorcizado esa humildad mal entendida que me hacía creer que mi voz valía menos"
P.-En el arte y en la brujería hay rituales de purificación, de soltar lastre. Está bien que usted no tenga nada de lo que arrepentirse, pero ¿hay algo que sí haya tenido que exorcizar para crear este disco?
R.-Me quité el miedo a mandar y a producir. Este disco suena a mí porque al fin me atreví a imponer mi criterio. Antes solo opinaba con los productores, como: ¿no crees que aquí estaría bien esto o aquello? Ahora digo: Esto es así, y no se mueve. Al fin y al cabo, la que pago todo soy yo. Si siento que algo no es Guadaña, no entra. He exorcizado esa humildad mal entendida que me hacía creer que mi voz valía menos. Ahora confío en mi oído; si un arreglo no me representa, lo veto. Si en la mezcla algo pierde equilibrio, como le pasó a Jordi Gil, al hacer el master del disco, lo señalo sin miedo. Siempre con respeto a todas las personas con las que estoy colaborando, pero sí, he exorcizado mi capacidad para no solo componer, sino también producir. Y, bueno, luego yo nunca he tenido miedo de las letras; a veces sí que soy demasiado exquisita hasta que doy con la frase que no sea la que podía haber escrito cualquier persona, en cualquier momento, que no tiene ninguna belleza ni en las palabras ni en la forma de decirlo. Soy muy crítica con eso. Mi pelea es con la exigencia; borro esas frases que cualquiera podría escribir. Si no tiene belleza o punzón, no vale.
P.-Imagínese que ya está en el concierto. Es usted una bruja. Y en medio del conjuro escénico, puede invocar a una figura histórica o mítica para que la acompañe en el escenario, en Sevilla. ¿A quién llamaría?
R.-Siempre invoco a Violeta Parra. En ¿Qué he sacado con quererte? hacemos nuestra versión de su legado y la cantamos en vivo: Vamos a abrir una puerta con el cielo, línea directa con Violeta. Se lo juro; ahora mismo se me pone la piel de gallina solo de recordarlo. Es su espíritu el que atraviesa el escenario. Ella era maravillosa, pero al final se quitó la vida. Mucho tuvo que ver el desamor, el dolor de haber abierto el corazón sin paracaídas. Y como le decía antes, nunca me arrepentiré de amar así. La tragedia no está en quien se entrega, sino en quien juega con ese amor frágil y expuesto. Habría más nombres, heroínas anónimas, artistas olvidadas, pero algunas quizá sentirían que no encajan. Violeta, en cambio, siempre responde. Cantamos su canción, abrimos esa puerta y, al terminar, la cerramos con reverencia. Como un ritual.
P.-Pues si hay algo más que le interese decir, que quiera dar a conocer, sobre lo que quiera hablar… es el momento.
R.-¡Qué va, tío! sí me ha flipado tu entrevista, colega -entre risas nos saltamos el trato de usted protocolario del Diario-. Me has hecho unas preguntas que me están haciendo replantearme cosas que ni yo misma sabía que pensaba. Me ha encantado, me ha encantado. -Volvemos a la seriedad, en la medida de lo posible- Al final, lo que clamo es simple; esto no es solo la Guadaña, es apoyar la música de base, las salas pequeñas, los proyectos que no tienen fondos de inversión detrás. Porque si no, todo se convierte en festivales de cerveza a 10€ con baños sucios y colas infinitas; música fabricada por algoritmos donde ya ni sabes si canta un humano o un robot. Yo no tengo a Sony ni Warner detrás, solo a Happy Place, y ellos también tienen otros trabajos, porque ninguno vivimos de esto. Pero al menos pago a mis músicos, que no tocan por amor al arte; pago al diseñador, a la fábrica de vinilos, que no me hizo descuento por ser independiente; edité en precioso vinilo, que traeré al merch, recién llegados… La cultura es un círculo y el público es quien cierra el ciclo. No basta con componer, pintar o escribir; si la gente no compra discos, no va a conciertos, no lee libros, la cultura se convierte en un monólogo. Y con la IA pisándonos los talones, pronto ni eso; haremos canciones solo para nosotras mismas.
Temas relacionados
No hay comentarios