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La metáfora imperial

La ruina de la civilización antigua | Crítica

Siruela publica 'La ruina de la civilización antigua', obra del historiador italiano Guglielmo Ferrero, donde se establece -1921- un paralelo entre la caída de Roma y la reciente destrucción europea tras la Gran Guerra

El historiador italiano Guglielmo Ferrero (Portici, 1871- Mont Pèlerin, 1942)
Manuel Gregorio González

09 de julio 2023 - 06:00

La ficha

La ruina de la civilización antigua. Guglielmo Ferrero. Trad. José Manuel Fajardo. Siruela. Madrid, 2023. 164 pags. 16,95 €

Sin recaer en lo anecdótico, digamos que Guglielmo Ferrero fue yerno del criminólogo Cesare Lombroso, con quien escribió alguna obra de carácter determinista. Y también que era nativo de Portici, ciudad muy próxima a Herculano, donde vino al mundo en el año 71, al poco de finalizar la guerra franco-prusiana. No es de extrañar, pues, a la vista de las ruinas cercanas, que el historiador Ferrero sintiera un interés especial por la caída del Imperio romano, siendo así que no era un interés aislado, ya que Pompeya y Herculano, y el propio imperio, fueron un símbolo de la podredumbre, e incluso del castigo divino, desde los días de Gibbon y Quatremère de Quincy, pero también en Bulwer-Lytton, Theodor Mommsen y Jackob Burckhardt. Este será también el caso de Ferrero en 1921.

Lo que Ferrero simboliza en la Roma antigua es la proximidad y el vértigo, la posibilidad cierta de un cataclismo

La ruina de la civilización antigua a la que hace referencia Ferrero es un trasunto, un útil, un colosal ejemplo admonitorio, de la reciente destrucción de Europa. En tal sentido, Ferrero, como decíamos, no se halla solo. En 1918, Paul Valéry escribe, en su primera carta de la Política del espíritu: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales”. Por supuesto, esto es algo que también sabían los romanos y los griegos y los persas; y es algo que el propio Valéry aprenderá en mucho mayor modo, cuando llegue el año 39. Lo que Ferrero y Valéry simbolizan o metaforizan en la Roma antigua es, pues, la proximidad y el vértigo de tal cataclismo, hasta entonces inconcebible, y que atañe a la civilización misma, entendida como Europa, como la Europa legataria de la Antigüedad pagana.

El propio Ferrero no dejará de padecer las mezquindades del régimen fascista. Lo cual nos lleva a recordar que tanto la Revolución francesa, el imperio napoleónico, el fascio italiano y el nacional-socialismo alemán (pero no solo ellos), acudieron a la estética del mundo antiguo para prestigiar sus políticas. Ese es, también, el significado inadvertido de esta obra. El declive de la Europa del XX, y el peligro que señala oportunamente Ferrero, puede obtener su paralelo en el crepúsculo del imperio romano. Dicho declive, sin embargo, también se hará desde la nostalgia de cierta idea de claridad, de orden, de norma clásica. No por casualidad, el arte de las tiranías, nacionalistas o comunistas, fue un arte árido, tedioso, inhóspitamente greco-romano.

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