SORTEOS
Un sevillano premiado con un millón de euros en el Euromillones

El misterio del eco broncíneo

Juan Vergillos

03 de abril 2009 - 05:00

La cantaora sevillana protagonizó su segunda noche en solitario en los Jueves Flamencos. A diferencia de hace unos años, no trató de sumar nuevos cantes a su repertorio. Cantó sus estilos habituales, eso sí, alargando algunos de ellos hasta más allá de los quince minutos para cubrir la hora y pico necesaria para justificar su presencia exclusiva en el cartel.

Vargas es, como volvió a demostrar anoche, un animal salvaje, en libertad. Una fuerza desatada de la naturaleza. La sensualidad, la dulzura, el candor. El timbre metálico, pleno de color. La afinación, siempre al límite, que en algún momento de la noche, sobre todo en la taranta, le traicionó irremisiblemente: fue el cante más flojo de la noche, sobre todo en el remate de La Gabriela. Por soleá estuvo concentrada y rotunda, arropada con toda dulzura por Diego Amaya. Fue, sin embargo, en los estilos festeros donde consiguió levantar al público de sus asientos. Las alegrías sensuales, bien escanciadas, con naturalidad, frescas y cálidas. Y, sobre todo, tangos y bulerías. Cada uno de estos dos cantes, como decía al principio, en los que Vargas se cantó y se bailó, superaron los 15 minutos de extensión, aunque los primeros se abrieran por tientos pastueños. Todo era un preludio, un pretexto para la fiesta. Vargas no es otra cosa que una festera visceral, por eso su lugar natural son los festivales de verano. Por eso tiene que alargar un poco el repertorio en el teatro. Pero la gente responde, se rinde a su grito ancestral, a su afinación deliciosa, inexacta, modal. A su cante broncíneo, pleno de rajo, de armónicos sugerentes. A su compás remolón. A su baile visceral. En estos cantes es donde Vargas se siente libre, entre las melodías tradicionales y las canciones populares, desde Ketama a Papa Levante. Y el patio de butacas entregado, gritándole en cada tercio.

Por algo es que la cantaora lleva años cerrando los principales festivales andaluces. Su voz es un regalo de la naturaleza, un regalo para todos los que la admiramos. Vargas nació con ese timbre vocal inaudito. Es por eso, quizá, que su cante parece no tener posibilidades evolutivas. Lleva años con idéntico repertorio. Y todos los intentos que ha hecho por cambiarlo, por darle variedad, han naufragado. Ayer hizo más de lo mismo, lo de siempre. Y su público se le rindió, nos rendimos, como siempre.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

VÍCTOR BARCELÓ | CRÍTICA

Complejos mecanismos, luz y sonido

Lo último