La naturaleza como artificio
Platón contra las máquinas | Crítica
Alianza publica Platón contra las máquinas, obra del ensayista Marcos Alonso, donde se analiza el secular recelo de la técnica, hoy observable en la IA, y donde se defiende el carácter tecnológico y evolutivo del ser humano.
La ficha
Platón contra las máquinas. La tecnología y sus enemigos desde la escritura hasta la inteligencia artificial. Marcos Alonso. Alianza. Madrid, 2026. 21,95 €. 384 págs.
Este es un ensayo triplemente orteguiano. Lo es en su atención a la técnica como ámbito y expresión de lo humano; lo es también en su exitosa vocación de claridad (“la claridad es la cortesía del filósofo”, decía don José); y lo es, principalmente, en ese viaje inverso hacia la originalidad, esto es, en esa vuelta hacia el origen en que consiste toda filosofía, y que Ortega y Gasset practicó en numerosos campos, con sagacidad y urgencia, y siempre ayudado de una inusual ligereza y un destacado impulso lírico. Estos tres aspectos del pensamiento orteguiano son los que Marcos Alonso homenajea y atiende en su Platón contra las máquinas. Y en primer término, en lo que atañe a una nueva “meditación de la técnica” que hoy abre su campo a cuestiones enunciadas en la primeras décadas del XX, como fueron las máquinas de computación y la llamada IA o “inteligencia mecánica”, según quiso nombrarla Turing.
La idea de naturaleza se extrae, reflejamente, del mundo tecnológico que el hombre habita
El campo en que se extiende este ensayo no es, por tanto, o no solo, el del mundo hipertecnológico en el que nos hallamos inmersos. Previa a esta transformación técnica, Alonso emprende una reformulación de los términos en que, hasta ahora, se había expresado la relación del hombre con la técnica, mediante el par antinómico “natural/artificial” con que Platón separaría el concepto de hombre de la idea máquina. Gracias a esta escisión platónica entre sustancias puras y la realidad mostrenca, entre el ideal unívoco y la materia compuesta, se establecerá una consideración adversa, un secular recelo de la técnica que llega nuestros días. Según señala Alonso, es esta concepción de la vida como sombra refleja de la caverna ideal, y no como hecho fluctuante y vivo, a la manera de Heráclito y Demócrito, la que nos conducirá al concepto platónico de naturaleza. Una idea de naturaleza, por otra parte, extraída del mundo tecnológico que el hombre habita, y del que surgirá, por oposición, el sueño de una condición adánica. He aquí, por tanto, el nacimiento de una doble fantasmagoría: el hombre y la naturaleza como eco de sustancias inalterables y puras, y el robot, la máquina, la tecnología, como realidades compuestas, de carácter amenazador o espurio. En esta necesaria revisión términos, Alonso incluye la propia condición de “máquina” del ser humano (“el hombre no tiene naturaleza, sino historia”, según Ortega), ya que nuestra especie se compone de infinitos procesos biomecánicos regulares, fruto de añadidos históricos y evolutivos que nos han ido transformando, durante milenios, en el animal tecnológico que hoy somos. Un animal que habla, lee, piensa, escribe y actúa tecnológicamente sobre su propio cuerpo, bien prolongando su vida, bien conjurando bacterias, bien modificando su genoma..., y siempre a través de numerosas tecnologías: la cirugía, la medicina, la óptica y un asombroso etcétera.
No es casualidad, en tal sentido, que fuera en la medicina del XVI donde comience a abandonarse esta concepción platónica del cuerpo, y donde se sustituye el silogismo aristotélico por la cautela indiciaria de los escépticos. La obra de los médicos españoles Francisco Sánchez (Que nada se sabe) y Juan Huarte de San Juan (Examen de ingenios para las ciencias) tendrá notable repercusión en la Europa del Renacimiento tardío. Pero es en Descartes y su formulación mecanicista del hombre (al final de su Discurso, Descartes declara su intención de dedicarse a investigar la naturaleza con fines médicos) donde comenzará a deshacerse esta mirada hostil y como ajena de la técnica que más tarde removerá Darwin. Todavía en el XX, recuerda Alonso, las grandes distopías totalitarias, de fuerte componente adánico, se basarían en un concepto monstruoso y externo de lo fabril, cuyos respectivos ápices filosóficos se encuentran en Marx y en Heidegger. Esa mirada de sospecha sobre la técnica iría cambiando con los numerosos avances científicos del XIX y el XX, hasta llegar a la consideración favorable de que hoy goza, con la excepción sabida de los transhumanistas y de cierto ecologismo radical, donde se aspira a la supresión de lo humano como factor nocivo y defectuoso.
En la segunda parte del libro se analiza y explica este cambio de opinión, y el formidable giro tecnológico en curso donde se evidencia la inextricable condición mecánica y evolutiva del ser humano. Junto a ello, y junto a la inquietud generada por la IA, Alonso mostrará los peligros a los que se expone la sociedad cibernética; por ejemplo, una nueva plutocracia, el uso fraudulento de la intimidad, la generación de residuos contaminantes y el vasto consumo de energía que exige el mundo hiperconectado. También el aspecto inmutable y sobrehumano que ha adquirido, interesadamente, el ciberespacio.
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