Nia DaCosta hace estallar (para bien) la saga '28 días'

El templo de los huesos | Crítica

Ralph Fiennes, en 'El templo de los huesos'. / D. S.

La ficha

**** '28 años después: el templo de los huesos'. Terror, Reino Unido, 2026, 109 min. Dirección: Nia DaCosta. Guion: Alex Garland. Música: Hildur Guðnadóttir. Fotografía: Sean Bobbitt. Intérpretes: Ralph Fiennes, Emma Laird, Alfie Williams, Jack O'Connell, Chi Lewis-Parry, Robert Rhodes.

Danny Boyle pegó un bombazo en 2002 con 28 días después fusionando, de alguna forma, a los infectados por una epidemia con la estética zombi y la fantasía distópico-apocalíptica de ciudades desiertas y retorno a una salvaje lucha por la supervivencia. Su éxito ha originado una saga que incluye 28 semanas después (Fresnadillo, 2007), 28 años después (Boyle otra vez, 2025) y ahora 28 años después: el templo de los huesos dirigida por Nia DaCosta, segunda entrega de una trilogía que se cerrará en 2027. Cosa infrecuente, título a título se ha logrado mantener la originalidad y el interés de la primera entrega. Aumentando, eso sí, en cada nuevo título la violencia y lo gore sin renunciar a las connotaciones sociales que, junto a la fusión contaminado/zombi, es una de las marcas de originalidad de la saga.

Uno de los aciertos que lo han logrado es la selección de los directores que se han turnado con Danny Boyle -autor del primer título de la saga y del primero de la trilogía- sucediendo en esta nueva entrega la estadounidense Nia DaCosta al español Juan Carlos Fresnadillo. Esta directora afroamericana, hija de inmigrantes jamaicanos tuvo un interesante debut con Little Woods en 2019, un intenso y original drama que se podría calificar como thriller con una fuerte carga de denuncia social y antirracista, a la que siguió en 2021 su primera incursión en el terror con Candyman que, en la línea del nuevo terror racializado del Déjame salir de Jordan Peele que intervino en ella como coguionista, retomaba la trilogía de los años 90 con una nueva orientación crítica y antirracista. Tras una fallida incursión en el universo de los superhéroes (The Marvels, 2023) y una no del todo lograda revisión actualizada del drama de Ibsen (Hedda, 2025), ha vuelto al terror gore-ideologizado con esta nueva entrega de la saga de Boyle.

Es una acertada elección que lo extrema todo: la violencia y lo gore, por un lado, lo alucinado hasta un grado de desquiciamiento que desafía todas las reglas de lo verosímil (que en lo fantástico también cuenta), por otro, y la carga ideológica propia de toda la saga que aquí también se agiganta. Todo es más grande, más atrevido, más loco, más visionario, más cruel, más sanguinario, más brutal, más visualmente apabullante. Como si Mad Max se hubiera cruzado con una caravana de zombis y de infectados y hubiesen montado un espectáculo macabro del Circo del Sol.

Todo es más grande, más atrevido, más loco, más visionario, más cruel, más sanguinario, más visualmente apabullante

Los no infectados son tan bestias como los infectados. El fanatismo bárbaro se impone. Si leen la biografía de la directora comprenderán por qué Apocalypse Now fue su Damasco cinematográfico. Algo de Kurtz tiene el personaje de un espléndido Ralph Fiennes y mucho de su infierno embarrado en medio de la selva tiene su refugio-osario lleno de libros, recuerdos y canciones (Radiohead, Iron Maiden) de los tiempos en lo que el mundo, aún con todas sus carencias y brutalidades, era habitable. Frente a él, el mal absoluto de los no infectados representado por el enloquecido Jack O'Connell y su secta, y el coloso infectado interpretado por Chi Lewis-Parry, con quien Fiennes establece una relación como entre frankensteiana y el bello y la bestia. A los que hay que sumar la acertada incorporación de Erin Kellyman y el regreso de Alfie Williams.

Muy a tener en cuenta, porque eso sí es puro cine, la muy buena planificación. La cámara está siempre donde debe estar para dar la mayor intensidad al plano haciéndolo -en un eficaz juego de contrastes- más espectacular (por vacío de personajes que esté) o más intimista. La dirección fotográfica de Sean Bobbit es tan esencial en el uso agobiante, barroco y alucinado de las luces como la música -con las canciones antes citadas, de gran importancia en la película, aparte- de la compositora y chelista islandesa Hildur Guðnadóttir (recuerden sus Sicario: el día del soldado, Joker, Tar o Joker: folie a deux) que ya trabajó con Da Costa en Hedda para, literalmente, encerrarnos en una siniestra prisión de sonidos orquestales y electrónicos sobre la que reina, con un contrapunto de tristeza tan interesante como los logrados por los encuadres, motivo central para cuerda de inspiración barroca.

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