Olalla Castro | Poeta

"Hacer del dolor algo bello es lo que más me interesa de la poesía"

  • La autora indaga en su nuevo libro, 'Bajo la luz, el cepo', en las "fisuras del capitalismo" y sus consecuencias en los colectivos ignorados por la "fábula del progreso"

La escritora Olalla Castro (Granada, 1979). La escritora Olalla Castro (Granada, 1979).

La escritora Olalla Castro (Granada, 1979). / Carlos Gil

"Nos creímos gigantes. / Corrimos hacia el brillo / de la única forma en que sabemos correr hacia las cosas: / con una red pequeña entre las manos / y un arpón escondido en la garganta. / Agarramos el hielo con nuestras manos tibias. / Lo agarramos / hasta que todo lo que brillaba se deshizo". Los cuatro relatos poéticos reunidos en el nuevo libro de Olalla Castro (Granada, 1979), Bajo la luz, el cepo (Hiperión, 2018), esconden una honda reflexión acerca del sistema explotador y dominante donde vivimos. Escuece, pica, la costra de nuestra historia. Urge quitársela para saber "de dónde venimos, cuál es nuestro legado y nuestra carga".

El nuevo poemario de la escritora parte de una reflexión teórica que puso en marcha en el ensayo Entre-lugares de la Modernidad (Siglo XXI, 2017). "Quería seguir indagando en esa idea del progreso que se pone en marcha en el siglo XVIII occidental y que a mediados del siglo XIX empieza a mostrar todas sus fisuras. Es cuando aparecen los cepos bajo la luz de la Ilustración, de la racionalidad y la ciencia moderna, del capitalismo", explica la autora del libro, cuya calidad ya fue reconocida con el Premio Hiperión y el Premio Antonio Machado en 2018.

Castro cuenta en Bajo la luz, el cepo "la historia del dolor que padecieron quienes llegaron a creerse esa fábula hegeliana del progreso y se dieron de bruces con una realidad que no ofrecía salidas si eras mujer, pobre o si tenías la desgracia de pertenecer a alguno de los pueblos originarios de aquellos lugares que los occidentales invadimos y esquilmamos fingiendo descubrirlos o fundarlos".

La primera protagonista del libro, Virginia, se hace pasar por un varón para que, "en lugar de casarse / con un hombre-acordeón al que no ama, / se interne valiente en un mundo de hielo". El personaje, motor de la primera historia (titulada La expedición perdida de Franklin), está inspirado en Jeanne Baret, la primera mujer que en el siglo XVIII navegó alrededor del mundo, disfrazada de hombre.

"Todas hemos nacido con el mal en los ojos, / dice el doctor mientras, con un pequeño martillo de metal, / me da golpecitos en las sienes. / Hemos ido demasiado lejos. Demasiado. / El resultado: / neurastenia, histeria, vapores, locura". La tercera parte del libro, Las histéricas de La Salpêtrière, también honra la memoria de mujeres, esta vez silenciadas por la ciencia moderna como Hersilie Rouy, quien estuvo encerrada en el hospital Pitie-Salpêtrière de París y escribió sobre su experiencia como paciente allí en Yo no soy la señorita Chevalir, memoria de una loca

"El patriarcado encontró una nueva manera de seguir patologizando lo femenino (nuestros cuerpos y mentes) bajo el estigma de la enfermedad mental. El diagnóstico de histeria se convirtió en el siglo XIX en la excusa perfecta para encerrar a las mujeres, del mismo modo que, durante los siglos anteriores, la acusación de brujería había sido el pretexto para asesinarnos por millones", señala.

"Me pregunto / cuándo se darán cuenta los demás / de que estamos buscando una mentira. / Me pregunto / si no lo saben ya hace semanas / y vuelven cada día / hasta esta orilla ciega / a tiritar bajo el agua / con el único fin / de enjuagar tanto miedo". Esa mentira, la de la fiebre del oro, dice Castro, "sigue hoy presente en el siglo XXI; me refiero a la idea de que cada cual debe aspirar a la riqueza, al ascenso social, al progreso individual, como si el sistema estuviese diseñado para dejarnos acceder a un poder que es sólo de unos pocos; como si el sistema no se alimentase de la miseria y la explotación de esa mayoría de la que formamos parte".

"El principal error de la fábula capitalista moderna, que efectivamente es la misma que sigue funcionando hoy en día (sólo que hoy en su versión neoliberal y posmoderna), fue precisamente armar esa idea del sujeto, ese afán de buscar la libertad en la individualidad que nos desarma a nivel ideológico y nos deja a expensas del poder", reprocha la poeta.

La libertad de las mujeres, de la clase obrera, de los pueblos colonizados, de todas las subalternas y oprimidas de este mundo se han de buscar, dice Castro, "en lo colectivo y no en lo individual". ¿Cómo? A través de "la organización colectiva, el pensamiento y las praxis transformadoras, la lucha". "Sólo desde ahí podremos romper con la estructura del poder y aspirar a un tipo de libertad distinta a la construida por la fábula del capital que, como decía el maestro Juan Carlos Rodríguez, sólo nos hace libres para vender nuestro tiempo, nuestra vida, fuerza de trabajo a cambio de un salario", zanja.

A pesar del dolor, de lo revelador que pueda resulta el poemario, Castro lo cuenta todo con una hondura y un lenguaje tan bello que resulta liberador. ¿Cómo de importante es para usted el lenguaje? "El trabajo con el lenguaje es la clave del discurso poético. Hacer del dolor, de la herida, algo bello, es lo que más me interesa de la poesía", exclama. ¿Hasta qué punto el lenguaje perpetúa el machismo y la discriminación hacia la mujer? "El lenguaje, obviamente, es una herramienta más de dominación. Trabajar desde su interior para dinamitarlo, ensanchar sus límites, nombrar lo que normalmente permanece oculto, es una misión más de la literatura crítica. Transformar el lenguaje es transformar el mundo", enuncia. Y eso mismo hace Olalla Castro en su último libro. Chapeau.

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