‘Tierras raras’: vida en los escombros
La Premio Nacional de Danza Luz Arcas y la compañía La Phármaco presentan este fin de semana en el Central un espectáculo sobre los residuos y la belleza que se abre paso entre la destrucción.
Luz Arcas, una invitada de excepción en el Teatro Central
En La buena obra, el cierre de su proyecto Bekristen / Tríptico de la prosperidad, la coreógrafa malagueña Luz Arcas reclutaba a personas jubiladas para reflexionar sobre la obsolescencia de los cuerpos y el trato que la sociedad concede a esos hombres y mujeres “que quedan fuera de las dinámicas de producción, y que por ello son enviados a residencias, una especie de puntos limpios donde va a parar lo que ya no sirve”. La creadora, reconocida con el Premio Nacional de Danza en 2024, trasladó ese interés por los residuos, por lo que se desecha, también a los extraños paisajes que configuran los objetos sobrantes: investigó sobre el basurero con aparatos electrónicos en Ghana, el vertedero para textiles en Atacama, incluso montó una pieza desde la curiosidad que le inspiraba el Bordo Poniente, un impresionante depósito de basura en México. Ahora, la fundadora de la compañía La Phármaco toma prestado un concepto de la ciencia para Tierras raras, el espectáculo que estrenó en el festival Madrid en Danza y que presenta, este viernes y sábado, en el Teatro Central. La expresión engloba a 17 elementos químicos hoy esenciales en el uso de la tecnología, pero Arcas lo ha escogido como “una manera hermosa de llamar a nuestro siniestro mundo. Una manera de cargar de misterio, fábula, incluso mitología, lo que podría verse solo como catástrofe”.
Un viaje a la corteza terrestre, al subsuelo, a lo que “se descompone y alimenta el mundo” en el que la bailarina y su elenco podrían haber abrazado el derrotismo, “una opción que en mi caso, por mi sensibilidad, no tenía mucho sentido”, señala Arcas, que prefiere pensar en cómo la belleza y la vida se abren paso en la destrucción. Se apoya en un estudio que asegura que se podría iluminar toda Ciudad de México con los gases que emiten los escombros del Bordo Poniente; recuerda la asombrosa fortaleza que exhibe el hongo del fin del mundo al que ha prestado su atención la antropóloga Anna Tsing. “En Tierras raras eso está en los cuerpos: hay una fisicalidad, una vitalidad, una especie de resistencia”, apunta Arcas, que en este montaje y en Morphine, estrenada en enero en el Teatro de la Abadía, se siente en una “nueva etapa”, motivada en “colocar el cuerpo fuera de sí, como ocurre en los trances o los éxtasis, y llevar eso más lejos en la danza, lo cual es un reto”.
La directora de escena –su versión de Psicosis 4.48 le valió el Premio Max a la mejor interpretación femenina a Natalia Huarte– considera “interesante la tensión entre la lucidez de mirar las cosas tal y como son, en un momento que evidentemente es crítico, y la responsabilidad de buscar vías por las que poder salir”, medita una artista que ha encontrado la esperanza en su oficio. “Cuando estoy en la sala de ensayo con mis bailarinas, con mi equipo, me asalta la impresión de que el ser humano es maravilloso, y creativo, y puede trabajar en grupo y tiene muchas cosas que ofrecer. Estamos siempre poniendo ahí el foco: en esos milagros que siguen sucediendo, entre los que estaría el acto puro de la creación”.
“Cuando ensayo con las bailarinas vuelvo a confiar en el ser humano. La creación es un milagro”, dice Arcas
Entre sus búsquedas, Arcas se ha sumergido en el flamenco con proyectos como Toná o Mariana, que La Phármaco coprodujo con la Bienal de Sevilla. “En los últimos años, muchos flamencos se han acercado a lo contemporáneo. Así que ya va siendo hora de que los contemporáneos nos acerquemos al flamenco”, defendía en 2022 en una entrevista con Pablo Bujalance. Unos años después, hace balance de una experiencia fructífera, con la que mitigó cierto desarraigo que arrastraba. “La danza contemporánea que me encontré cuando llegué a Madrid con 18 años estaba obsesionada con Europa, con parecerse a Bélgica, con parecerse a Alemania... Y yo no sentía mía esa poética. Emprendí una búsqueda por América, África e incluso India, y cuando volví a Andalucía y empecé a relacionarme con el flamenco, con otras manifestaciones populares, comprendí que el cuerpo tiene etimología, y que sin dejar de ser una bailarina de danza contemporánea había algo en el flamenco que me definía, que una parte de mi cultura gestual se había relacionado con esto mucho tiempo”.
Un cantaor “que suena al interior del mundo, a una cueva o una roca, que tiene una voz geológica y por eso era ideal para esta obra”, Tomás de Perrate, participa en Tierras raras, pero “le dimos la pauta de que no cantara exactamente flamenco. Igual que antes, en Toná o en Mariana, nos centrábamos en los sonidos de Andalucía, ahora quería ampliar la expresividad del sur, y aquí”, desvela Arcas, “hay tarantelas, canciones de Rosa Balistreri, de Nápoles... Un repertorio con el que queríamos rebatir esa visión racionalista que tiene Europa de sí misma, como si no hubiese ritos, como si no hubiese pensamiento mágico, que en el Mediterráneo están muy presentes”.
Arcas, que firma la dramaturgia junto a Pedro G. Romero, protagoniza Tierras raras junto a Raquel Sánchez, La Merce, Danielle Mesquita y Georgina Flores. “Son unas artistas sublimes, las adoro, llevamos tiempo trabajando juntas y hemos sabido alcanzar un lenguaje común. Como coreógrafa”, detalla la malagueña, “valoro a las intérpretes con las que construyo un mundo, estoy abierta a lo que aporten”. Un mundo en el que “dejamos a un lado el formalismo de la danza y probamos otro movimiento, más instintivo, primitivo”. Arcas y su compañía disponen “una ceremonia en la que se transforma la materia” y la química es alquimia y poesía.
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