La trama de Europa

Las rutas del conocimiento | Crítica

Alianza publica Las rutas del conocimiento del medievalista Franco Cardini, obra donde se establece el modo en que se configuró, hasta la llegada del mundo moderno, la base intelectual de Europa.

San Isidoro de Sevilla por Bartolomé Esteban Murillo. 1655.
San Isidoro de Sevilla por Bartolomé Esteban Murillo. 1655.
Manuel Gregorio González

04 de enero 2026 - 06:00

La ficha

Las rutas del conocimiento. Franco Cardini. Trad. Lucía Alba Martínez. Alianza. Madrid, 2025. 296 págs. 22,95 €

La trama a la que hacemos referencia es aquella que se ha ido urdiendo, secularmente, desde el mundo antiguo a nuestra hora, y cuyo signo distintivo acaso sea este preguntarse incesante sobre la utilidad y el origen, sobre el significado y el sentido último de nuestros días en el mundo. “¿Dónde comenzó su andadura -dice Cardini- esta Europa que aún no ha logrado convertirse en patria común de los pueblos que la habitan, pero que ya lo es desde hace siglos para muchos, que la aman y sueñan con su unidad plural?”. El medievalista Cardini es autor de numerosas obras dedicadas a esta larga y delicada cuestión, entre las que cabría destacar, por su carácter simbólico y aglutinante, Los reyes magos, en la que se resume una parte, no menor, de dicho interrogante, cual es la participación principal del cristianismo en la vieja empresa ribereña (que alcanzará a Irlanda, a los pueblo anglosajones y a la tierra hiperbórea) y cuyo discurrir se dará, no sobre las andas de la nueva fe, sino sobre los sólidos caminos de Roma.

Cardini resume un hecho cultural que alcanzará a casi todos los lugares del orbe conocido

Esta es, digamos, la larga secuencia que Cardini dispone ante el lector, con una apostilla excéntrica y absolutamente necesaria: la Europa de doble aspa, que se asienta en los saberes clásicos, pero que los dispondrá según el criterio de la nueva fe, no ha nacido en el continente europeo, sino en la tierra algo lejana de Judea. Cardini explicita así un fenómeno temprano, ocurrido tras la doble destrucción de Jerusalén, y el hallazo de numerosas reliquias, prontamente “museificadas”, que atañen al nacimiento y a la muerte de Cristo, como es el caso del encuentro, por santa Elena, madre del emperador Constantino, de la cruz del Calvario. La resignificación del paisaje hebreo, mediante una lectura ávida y atenta del Nuevo Testamento, es uno de los episodios iniciales de una vasta agitación humana, de un incesante y numeroso peregrinar, que alcanzará a casi todos los lugares del orbe conocido (recuerden el legendario reino del preste Juan, embutido en el corazón de Asia). El paso siguiente será la ordenación y difusión intelectual del cristianismo por eminentes hijos de Roma, como lo fueron Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Jerónimo de Estridón y Ambrosio de Tréveris, y el modo, en ocasiones abrupto, en que dicha difusión se hizo efectiva, como ocurre en el brutal y desdichado episodio de la matemática Hipatia de Alejandría, entre cuyos alumnos se contaban, como recuerda Cardini, no pocos cristianos, en natural convivencia.

Cómo el cristianismo y la cultura clásica, desde las arideces de Alejandría y Jerusalén se diseminan por Europa, mientras el viejo imperio de Occidente se debilita y se desmembra, es la parte central de esta aventura, que implica, como ya se ha dicho, tanto un activo peregrinaje, como la consignación de un saber, de laborioso acopio, en el que participarán las órdenes religiosas y el retiro de los monasterios, y donde se irá reproduciendo tanto el conocimiento heredado, como su interpretación crítica, ejemplos de lo cual son, por supuesto, las tempranas Etimologías de san Isidoro de Sevilla, figura excepcional de la Alta Edad Media, pero también Hildegarda de Bigen, Alberto Magno, Beda el Venerable, Pedro Abelardo, Bernardo de Claraval o aquel Alfonso X que instiga la escuela de traductores de Toledo así como una vasta y ordenada colección de saberes que incluye, junto a una enigmático Lapidario y un tratado del ajedrez, una Estoria General de España. Todo ello ocurrirá, de Samarcanda a Córdoba y de Bagdad a Toledo, gracias a la paulatina recuperación de los autores clásicos por intermediación del Islam (piénsese, por ejemplo, en Averroes), hecho que cimentará, llegado el siglo XII, pero aún más el XIV, el largo fenómeno conocido como Renacimiento.

Para ello ha debido ocurrir tanto una configuración de los reinos europeos como una estratificación del poder en el que se dirime el papel atribuible a cada uno de sus detentadores, reyes, emperadores o papas. A este respecto, el tramo inicial del mundo moderno será determinante para la reclamación de una vuelta a la fe originaria, de una devotio moderna, en la que una lectura crítica de la Biblia y una nueva pericia documental e histórica, darán como resultado la obra de Valla, de Erasmo, de Lutero, de Bodin, de Guicciardini, de Pico della Mirandola, de Ficino, y en suma, de quienes aprontarán la nueva contextura del mundo, en la que muchos de estos aspectos mencionados entrarán en profunda y amarga controversia. Es el accidentado viaje desde la fiebre erudita de san Jerónimo a la cautela de Erasmo, todavía peregrino por la erizada Europa (su amigo Tomás Moro acabaría en el cadalso por orden de Enrique VIII), lo que aquí se ofrece con sólida y brillante ligereza.

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