La lluvia que limpia, fija y da esplendor en Sevilla

Los sevillanos recuperan el centro cuando el cielo amanece en tonos grises

La cabalgata de los adultos

La intimidad perdida de Sevilla

Calentitos.
Calentitos. / M. G.

05 de enero 2026 - 04:00

Qué maravilla salir de compras, a realizar gestiones varias, desayunar o simplemente dar una caminata cardiosaludable en días de cielos grises. Como el personal está acostumbrado a la incomodidad cero (se refiere mucho la tolerancia cero, pero nunca la zona de confort cero), hay una mayoría que renuncia a todos los planes con la sola posibilidad de que llueva, o que el simpatiquísimo tío de Indiana cuente en las redes sociales que hay riesgo de precipitaciones, que rima con cañones... de Capitanía General. Qué lujo encontrar sitio para el café con calentitos en la barra de El Comercio de la calle Lineros, cafetería habitualmente con colas a la hora del desayuno de los fines de semana, ¿verdad, señor Moeckel? Qué comodidad entrar en El Corte Inglés sin colas en los servicios de Atención al Cliente, ni en el Supermercado, ni en la habitualmente saturada sección de perfumes. Qué lujo hacer estación en la intimidad de San Antonio Abad, María Santísima en el altar mayor y Jesús Nazareno en su capilla con la compañía de la Santa Cruz. La lluvia limpia de colas el centro y, en general, reduce los excesos. Con qué comodidad se puede entrar y salir de las decenas de comercios franquiciados, o cruzar por una Campana sin tráfico que nos ha regalado el alcalde Oseluí, o pasar sin apreturas por la esquina maldita del Duque.

Quienes de verdad quieren echarse a la calle no dejan de hacerlo por cuatro gotas: abrigo o gabardina, paraguas y a la calle. Desaparecen los veladores, pero los bares están abiertos. Los turistas sin criterio se quedan quietos, anclados, con los planes alterados. Todo está operativo, pero en esta ciudad nos volvemos extraordinariamente vulnerables con el mero anuncio de la lluvia, cuando hay tantos edificios y momentos que ganan belleza con la lluvia: preciosas las fachadas de la Catedral con el llanto de las gárgolas, brillante el pavimento de adoquines, admirable la tranquilidad de camareros y otros profesionales tras días de alta tensión. La lluvia beneficia al campo y a las grandes ciudades, deseosas de recuperar esa vida cotidiana tranquila, libre de saturaciones y donde da tiempo a pararse a disfrutar de una charla improvisada en una esquina, del sosiego urbano sin bullas forzadas. La lluvia empapa los zapatos y los bajos de los pantalones, pero devuelve a las calles un público asumible que permite una vida urbana absolutamente normal, con la precaución de no perder el paraguas al entrar en las tiendas. La lluvia consigue, ay paradoja, que la ciudad ofrezca una verdadera zona de confort, que salga por unas horas del período de tensión que sufre de forma casi permanente. Solo los niños parecen tener el entusiasmo necesario para tomar el centro a pesar del clima adverso, pues por encima de cierto concepto de confort se eleva el de la ilusión sobre el pedestal de la autenticidad. No se deja de trabajar por la lluvia, no se deja de arropar al Heraldo o de recibir a los reyes magos por un cielo grisáceo.

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