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Tres heridas que casi nos alivian

El carmín y la ceniza | Crítica

El poeta y profesor Manuel J. Pacheco (Rota, 1993) publica ‘El carmín y la ceniza’ (editorial Pie de página), un poemario en torno a la pérdida, el afecto y la memoria

El poeta y profesor Manuel J. Pacheco / M.G.

La ficha

El carmín y la ceniza. Manuel J. Pacheco. Editorial Pie de página. Jerez de la Frontera, 2025. 94 páginas. 15.00 €

Para estas cosas de la escritura hay una prueba que no falla: el libro merece si el libro nos predispone a imitarlo; es decir, un libro está conseguido si nos anima a escribir en ese tono, en esos registros, que el autor maneja en la propuesta. Hay autores a los que leemos y de inmediato nos entran las ganas de presentarnos a un concurso de esos que anuncian en escritores.org. Y ya nos vemos en la reseña y en la entrevista, en la firma y en los circuitos institucionales –con admirados escritores que hacen sistema-. Hay autores, un tanto geniales, un tanto crueles, cuya obra nos lleva a pensar que nosotros también podemos ser eso. Naturalmente no: no se podrá.

A lo sumo nos tocará, en el mejor de los supuestos, hacer una foto a un libro que, qué coincidencia, comparte balda con Lorenzo Silva en la librería comercial. Aquí mi librito junto al de Lorenzo Silva. Qué gracia. Mira. Y se manda la foto a las amistades y luego se sube a la red social y luego al estado de WhatsApp. La literatura desde luego es deprimente. Por eso por el día del libro hay que recomendar el temario de la oposición a registrador de la propiedad. Lee el temario de la oposición a registrador de la propiedad, y prueba. Ahí no suele haber tristezas. No hay registradores de la propiedad tristes.

Se apuntan estas tonterías al leer un poemario que no admite la pamplina. Principalmente porque es un poemario –no siempre pasa, claro- que te transmite ese ánimo de la escritura. En ‘El carmín y la ceniza’, del poeta y profesor Manuel J. Pacheco, el lector sale convencido de que es un poco escritor. Es uno de los aciertos de un conjunto que viene sostenido por las tres heridas de Miguel Hernández. Ya lo conoces: el popular “con tres heridas viene: / la de la vida, / la del amor, / la de la muerte”.

En el ‘El carmín y la ceniza’, Pacheco escribe en torno a la pérdida, el afecto, la memoria, la relación que sí y que no, el amor convaleciente. Los temas de todos que por supuesto no importan lo más mínimo –en general los temas de todos a nadie importan-. Sí el tratamiento que el poeta propone. Sí la técnica que el autor aplica. Hubiese sido muy fácil que Pacheco incurriese en el exhibicionismo sentimental al hacer poema la muerte de un padre, por ejemplo. Hubiese sido muy fácil que ese artificio de Pacheco sonara a artificio sentimentaloide, a lo lastimero –qué palabra más cursi-. Pero no. El estilo del autor suena a: “La muerte es un diálogo / de palabras que tiemblan”. O a: “Han pasado los meses / y sólo eres recuerdo entre ruinas / que me devuelven ecos de quien fui. / Un tiempo quieto y lejos. / Me ha crecido el pasado, / pero ya no es contigo”. En este dolor, personal, apreciamos una plenitud de la palabra. Son tres heridas que casi nos alivian. Esa paradoja, o ese equilibrio, es interesantísimo.

“Igual que la corriente de un arroyo”, así quiere hablar el autor. Y así lo percibimos en el estupendo ‘Arborescencia’ o en ‘Brevas’, con ese timbre tan neopopular: “En un poyete blanco, / un canasto de brevas / aromando el verano. / Al abrir una, encuentro / el sabor de otros años. / Su corazón me lleva / mi corazón al labio”. Y después del poema queremos ser un poco Manuel J. Pacheco. Ya que no seremos, es tarde, registradores de la propiedad.

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