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Cultura

La tristeza de Atenas

  • La décima novela del comisario Jaritos, que cierra la tetralogía de la crisis griega, supone de nuevo un excelente retrato del derrumbe del país.

Hasta aquí hemos llegado. Petros Márkaris. Trad. Ersi Marina Samará. Tusquets. Barcelona, 2015. 288 páginas. 19 euros

Puede que para conocer con profundidad la crisis griega haga falta leer algún sesudo informe de la Unión Europea, o al menos haber estado algo pendiente de las crónicas de los corresponsales y enviados especiales que cubrieron no hace mucho las elecciones en las que ganó Syriza, así como seguir las negociaciones entre los nuevos gobernantes helenos y quienes mandan en Europa para tratar de rebajar la deuda o aplazar el pago de la misma.

Hay otra forma de conocer la realidad actual de un país destruido: leer a Petros Márkaris. Este venerable anciano, nacido en Estambul en 1937, de padre armenio y madre griega, y apátrida durante buena parte de su vida hasta que obtuvo la nacionalidad griega, ha conseguido hacer en cuatro novelas un excelente retrato de una sociedad desesperada. La última de sus obras acaba de llegar a las librerías españolas. Se titula Hasta aquí hemos llegado y está editada, como siempre, por Tusquets.

Esta novela es la décima entrega de la serie protagonizada por Kostas Jaritos, un comisario de la Policía griega que empezó su andadura a mediados de los 90, pero que en los últimos años se ha convertido en un excelente observador del derrumbe de su país. Las últimas cuatro novelas de Jaritos se diferencian bastante de las seis primeras. Son algo más cortas y se centran en los efectos del desplome económico que sigue padeciendo Grecia, y el humor y la cocina casi han desaparecido de sus líneas.

Es literatura criminal de la buena, de la que hace un retrato social que ya quisieran para sí muchos analistas y periodistas. La tetralogía de la crisis arrancó en 2010 con Con el agua al cuello, continuó el año siguiente con Liquidación final, siguió en 2013 con Pan, educación y libertad y ahora termina (eso al menos dice el autor, que se declara harto de escribir de la crisis) con Hasta aquí hemos llegado. Márkaris aseguró que sus novelas de la crisis serían una trilogía, pero decidió ampliarla con una cuarta obra porque no se había ocupado de la gente común. "Me di cuenta de que había abordado la banca, la evasión fiscal y la generación de los políticos que nos metieron en esto. Me faltaba la gente. La cuarta es sobre la gente común", dijo en una entrevista reciente con el diario El País.

Esta última entrega está teñida de una profunda amargura. Mientras se taladra los sesos tratando de hallar la conexión entre varios cadáveres que han aparecido en Atenas, Jaritos describe el estado de la ciudad, donde hay barrios enteros sin luz, donde los atascos han desaparecido porque la gente opta por no usar el coche particular (o simplemente por no desplazarse, si no hay trabajo al que ir, ¿para qué moverse?), donde la gente pasa semanas comiendo lentejas y judías, donde no quedan tiendas, donde la numerosa población inmigrante no se mezcla con la autóctona y donde los matones de Amanecer Dorado ganan adeptos hasta en la Policía. "La Grecia de los analfabetos que firmaban con una cruz era mejor que la Grecia actual", dice alguien en el libro.

Hace unos años, Márkaris presentó en la Feria del Libro de Sevilla la primera novela de esta serie, Con el agua al cuello. Jaritos investigaba en ella la muerte de varios banqueros, en buena parte culpables de la ruina de Grecia. Aquella novela era casi cómica, plantaba cara a la crisis desde el humor y no tenía miedo. El propio autor decía que, en su familia, todas las dificultades se habían superado con buen ánimo y sentido del humor. Y, ojo, que hablaba del exilio y de la guerra.

Pero parece que la ruina económica ha podido con la guasa de Márkaris. Si ya uno de los anteriores libros de la serie se iniciaba con un suicidio colectivo, este tampoco empieza flojo con una brutal agresión sufrida por uno de los personajes principales. La crisis también ha barrido las referencias gastronómicas de antaño, que tanto conectaban a Jaritos con Pepe Carvalho o Salvo Montalbano. Sólo en una ocasión hay tomates rellenos -la especialidad de Adrianí, la mujer de Jaritos- en la mesa. Uno de los personajes felicita a la cocinera y le dice que debería montar una taberna. La mujer responde que para qué, que el negocio duraría como mucho dos semanas. Nadie en la Grecia actual puede permitirse ir a comer a una taberna.

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