Vida y redención en tierra ignota
‘Cruz del Sur’ (Anagrama) es el nuevo libro del italiano Claudio Magris, una obra conmovedora, poética, cruda y aventurera en la que retrata a tres europeos que llegaron a los lugares más lejanos del mundo
La ficha
'Cruz del Sur'. Claudio Magris. Traducción de Pilar González Rodríguez. Confluencias. 168 páginas. 19,90 euros
Desde Conjeturas sobre un sable, de Claudio Magris (Trieste, 1939), uno ha seguido la obra toda de este formidable escritor, germanista y traductor, sin duda una de las grandes voces del humanismo europeo e impulsor de ese concepto transfronterizo llamado Mittleuropa. El autor de estupendas narraciones (Otro mar, Microcosmos, A ciegas o Tiempo curvo en Krems), de libros de antropología viajera (El Danubio), de ensayos recogidos en volúmenes imprescindibles (Utopía y desencanto, Alfabetos, La historia no ha terminado o El secreto y yo), y de volúmenes sobre su híbrida y peculiar ciudad natal (Trieste, coescrito con Angelo Ara), nos regala ahora –porque es un regalo– este otro libro conmovedor, poético, crudo y a la par aventurero: Cruz del Sur.
El sutil subtítulo –Tres vidas verdaderas e improbables– nos pone en la pista de tres protagonistascuyas vidas podrían haber sido concebidas desde el disparate imaginario, pero que fueron bien reales y así lo confirman tanto la olvidada Wikipedia como la IA. Uno de ellos fue el antropólogo y políglota esloveno-croata Janez Benigar (Zagreb 1883-Aluminé, Argentina 1950); otro, el procurador francés en tiempos de Napoléon III Orélie-Antoine de Tourens (Chourgnac 1825-Tourtoirac, Dordoña 1878), y, figura aparte en el tríptico, la monja piamontesa Angela Vallese (Lu Monferrato 1854-1914). Estas tres vidas “verdaderas e improbables” son el reflejo personal de un deseo de huida de las sociedades decimononas del XIX, edificadas bajo el sopor de las convenciones, y donde en el corazón de Europa, con permiso de Francia, Prusia y la metrópoli británica, el imperio austrohúngaro forjaba no tanto una unidad territorial de pueblos como un esquema mental de usos y costumbres.
El políglota esloveno, el leguleyo galo y la monja italiana hallaron su redención en las tierras ignotas de la Araucanía y Tierra del Fuego, lindera con el hielo abisal. De Mittleuropa, asociada siempre a Claudio Magris, el lector viaja ahora a tierras indomables, allí donde los desiertos, las llanadas pamperas y los hielos tenebrosos de la Patagonia profunda; allí donde la despiadada colonización de los estados y los caciques y allí, también, donde la versión –poco o nada amable– del buen salvaje de Rousseau a través de los pueblos indígenas (mapuches, tehuelches). En algo nos recuerda Cruz del Sur –lo apunta bien Mercedes Monmany– a las vicisitudes de aquel filósofo austrohúngaro, Enrico Mreule, quien decidió abandonar la Europa decimonona del aburrimiento para viajar al hemisferio sur (lo cuenta Magris en Otro mar). Y también, en parte nos recuerda, por aquello de los ideales deletéreos y las patrias imaginarias, a aquel caudillo cosaco llamado Piotr Krasnov, aliado de los nazis, cuya historia se narra en Conjeturas sobre un sable.
Del esloveno y lingüista Benigar, de probada fertilidad marital, conoceremos su empeño por preservar la lengua autóctona entre la aridez de la Pampa y las tierras de la Araucanía, disputadas por Chile y Argentina, mientras sueña con comunidades utópicas a lo Tomás Moro y asiste, horrorizado, a las matanzas de indígenas llevadas a cabo por el tenebroso general Rosa. Anterior al viaje de Benigar al sur del sur de América es la historia del singularísimo Orélie-Antoine de Tounens. De abogado en la Francia de su tiempo, se autoproclamó rey de la Araucanía y de la Patagonia, nombró ministros inexistentes y defendió su irrisorio reinado ante supuestos estados enemigos. Recalaría de nuevo en Europa forzado por las circunstancias. Se convirtió al cabo en objeto de mofa desde los periódicos, mientras le aguardaba su última aventura indescifrable: el manicomio.
Menos aventurera en un sentido idealizado y más práctica (entre la vocación salesiana y el espíritu franciscano), se nos antoja Angela Vallese, la increíble monja piamontesa que uno tardará en olvidar. Como dice Magris, su nombre no figura al lado de Teresa de Ávila o de Simone Weil, pero tampoco la podemos considerar la “hermana menor” de ambas. De su Piamonte natal sintió el llamado misional en Tierra del Fuego. La vida heladora de la Patagonia austral (sin olvido del Cabo de Hornos y de los contornos del infierno blanco de la Antártida), eran poco menos que la réplica del mal expresada en los abismos del hielo. Vallese asiste desolada a las periódicas matanzas de indígenas, quienes también, de resultas del choque de mundos antitéticos, no dudaron en asesinar y mutilar al hombre blanco, la mayoría misioneros como sor Angela.
Entre la ciencia, la antropología cultural y la literatura fantástica (Lovecraft, Verne, Poe), las páginas finales dedicadas al inframundo de Tierra del Fuego son las mejores que uno ha leído en mucho tiempo.
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