Análisis

francisco andrés gallardo

Amaia, Alfred

Será porque cada vez es más difícil impresionar a un continente entero pero, vista la primera semifinal, Eurovisión 2018 es más de lo mismo de sí mismo. Podríamos estar viendo el de 2012 o, casi casi, el de 2006. El festival dio el estirón, se convirtió en la merendola millennial, pero en el último lustro empieza a dar síntomas de desgastarse como el inmenso talent show que es. La gran favorita, la israelí Netta, se ha desgastado también a sí misma, y no ha sido capaz de sorprender a una audiencia que la aguardaba con los brazos abiertos para convertirla en ganadora de antemano.

Eurovisión, como gran espectáculo televisivo (el mayor de todo el año), va de eso: de sorprender, de impactar. No lo ha conseguido Israel ni la otra favorita hasta ahora, Chequia, ya que el equipo del lesionado Mikolas Josef se ha limitado a trasladar el videoclip al escenario. Y una poderosa afrodita como la chipriota, Eleni Foureira, vestida de Pedroche, ha dado un puñetazo visual con Fuego (si ganara, por cierto, sería la primera vez que lo hiciera en solitario un título en castellano, aunque la canción es en inglés). Nos olemos que quedará por delante el divertido tema del noruego Rybak.

Si era por sorprender, Tu canción no lo ha hecho en absoluto. Amaia y Alfred ponen voz pero pierden con su lacia presencia en una realización monótona ¿Qué ha pasado, una vez más? A la canción española le falta cuerpo, capacidad de sorpresa, y la pareja se lo jugará a la carta de la emoción con el beso final. Como sucedió con Rosa, el público de OT conectó: vivió la historia de amor de la navarra y el catalán, pero todo ésto es ajeno más allá de Puigcerdá. Por mucho amor real que transmitan, las caricias y el beso van en frío. Es como si quisiéramos estremecer a un bielorruso con las fotos de la boda de nuestro cuñado.

El premio de consolación es el Horrorvisión de Cachitos. Debería formar parte del temario de Educación para la Ciudadanía para enseñar cómo todos los países, en algún momento, han hecho el ridículo creyendo que se iban a comer el mundo.

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