El Rocío 2018

Fernando Gabardón

El Boyero de la Virgen

Aquel hombre conducía con su fortaleza a los animales por las marismas celestiales

16 de mayo 2018 - 02:34

No recuerdo qué año fue. No recuerdo si ya había alcanzado ese espacio del tiempo en que dejas atrás los sueños y te enfrentas a la realidad. No recuerdo si ya había alcanzado plenamente la adolescencia. Lo que sí recuerdo es que nunca he olvidado a aquel hombre que conocí en aquella taberna del Arenal, en una soleada tarde de primavera, cuando acompañado por mi padre, veníamos de dar un vespertino paseo por las antiguas calles del barrio de la Cestería. En las nebulosas de mi memoria, recuerdo el volumen de su tamaño, su fuerte complexión física, acentuado por sus amplias espaldas; a pesar de su entrada edad, y, sobre todo su mirada firme con que me veía, que me hacía estremecer todo mi cuerpo. Y es que tengo que reconocerlo, sólo de verlo me producía temor. Creía que estaba ante uno de aquellos aventureros que partían todos los años a las Indias en busca de gloria y riquezas, héroes que soñaban con ennoblecerse en esa vida ruin y de pobreza que le había tocado vivir.

No sé cuál fue la razón que me hizo congeniar con ese robusto hombre, de amplias patillas y mirada penetrante. Con el tiempo, le fui contando mis inquietudes, mis ganas de vivir, mi amor por la pintura y descubrí lo que era ese mundo maravilloso que enriquece la imaginación como es la literatura. Durante muchos días de mi vida me fue contando historias y narraciones de aventuras ultramarinas, hazañas de héroes de conquistas, tesoros escondidos, casas encantadas, animales mitológicos, que hacían las delicias de aquel niño introvertido, que no se relacionaba con nadie. Era huraño por naturaleza, sin amigos y carente de emociones, más por los rigores de la vida que había vivido que por su propia identidad. Sin quererlo, me había encontrado a un verdadero amigo, lo que no había conseguido con los niños de mi edad, lo había conseguido con ese gigantón que había conocido aquella tarde en una de los paseos vespertinos con mi padre.

Una de esas tardes de encuentros, en la que mi padre me autorizaba a visitarlo, y que yo con tanto anhelo acudía, no lo encontré. No había acudido a la cita. No podía creer que ya no estaba, me había abandonado, igual que esos falsos amigos de mi edad que en la escuela había conocido. Los días próximos acudí desesperado a buscarlo, pero seguía sin encontrarlo; recorría con mi mirada el interior de la taberna, sin rastro de aquel hombre que me había enseñado tanto en la vida. Al igual que el capitán John Silver, mi héroe favorito de La Isla del Tesoro, que en cierto modo en mi subconsciente lo había identificado con su propia persona, había desaparecido en esa barca imaginaria hacia horizontes infinitos en donde no sabes adónde conduce el destino. Aquel niño introvertido había perdido al mejor amigo que había tenido nunca en la vida.

Lo que te ocurre en la vida muchas veces no se puede explicar; no sabes si es por azar, por causas del destino o simplemente porque tiene que suceder. Y es que hoy, convertido en un hombre maduro, me sucedió algo que no es fácil de elucidar racionalmente, y que con el paso de los años sigo sin comprender. Caminaba solitario por aquel lugar que llaman la Cuesta del Caracol, ensimismado en mi mundo interior que había construido en mí desde niño. Mis pensamientos estaban centrados entonces en una mujer que había conocido unos años antes, en el ámbito profesional de la enseñanza universitaria, vocación que me había acompañado desde que era estudiante. No sabía cómo abordar la cuestión, sabía que en el fondo estaba enamorado, mi raciocinio no lo podía comprender, pero el cúmulo de emociones de los que los poetas llaman amor había triunfado sobre mí. Unos cohetes a lo lejos me despertaron de mis ensoñaciones. Vislumbré un amplio gentío que iba subiendo a modo de caravana que surcaba el horizonte en una línea que se perdía en la lejanía de los confines de la ciudad. Al poco tiempo, me vi inundado por grupos de gentes, vestidos de flamencos, que llenos de alegría cantaban y bailaban, presidiendo una carreta tirada por bueyes. Era ni más ni menos que una de las hermandades que desde Sevilla partía para el Rocío a venerar a la Virgen.

Mi sorpresa fue que en medio del amplio número de gentío, descubrí al lado del buey un hombretón que llevaba en sus manos una vara y guiaba los dos grandes bueyes que tiraban de la carreta del Sinpecado. En algún momento de mi vida me había encontrado con ese hombre, lo había visto, pero no sabía encajarlo en qué etapa. Su fisonomía, sus patillas, su propia complexión me era familiar. No era la primera vez que le había visto, hasta que por fin me di cuenta que era aquel amigo de la infancia que perdí en la lejanía del tiempo. Cerré los ojos varias veces, era imposible, tenía que estar ya muerto, pero era real. Estaba allí, lo estaba presenciando. Recordé en aquel momento la historia, de la miles que me narraba, como algún día viajaría a una aldea mágica en que residía una Señora descubierta por un cazador, en los aledaños de un pueblo onubense llamado Almonte, que recorrería aquellos caminos que ya lo hiciera el monarca Alfonso X El Sabio para venerarla y que después, generaciones tras generaciones venidas de todos los puntos de Andalucía, hicieron incrementar su devoción.

Aquel día caí en la cuenta que de todas las historias que me contó la única real era el milagro que todos los años se producía en los confines de Doñana, la peregrinación a la Virgen del Rocío. De todas las aventuras que me refirió aquel hombretón, la única real fue que todos los años acompañaba a su Hermandad a rendir a la Virgen sus emociones. Lo único que no me refirió era que conducía a los animales con su enorme fortaleza por las marismas celestiales. Lo único que no me confesó era la profunda Fe que había adquirido con el paso de los años. Lo único que no me refirió aquel día que se marchó de la taberna sin despedirse era porque había contraído una repentina enfermedad que acabó con su vida. Lo único que no me dijo era que aquel día que lo volviera a ver, siguiera ese camino, que lo que añoraba lo encontraría cuando recorriera mi destino. Lo único que no me contó es que cuando llegamos a la ermita me estaba esperando la mujer que había añorado a lo largo de mi vida. Lo único que no me descubrió es que era el boyero de la Virgen, aquel amigo que yo tuve y que había recuperado en la plenitud de mi vida.

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