No tengo nada en propiedad. Ni un coche, ni una casa y, a veces, hasta desconfío de lo que tengo contratado, porque nunca sé a ciencia cierta hasta cuándo puede durarme. A veces paso por los escaparates de las inmobiliarias y me detengo para soñar que un día (tal y como hicieron mis padres y también abuelos) pueda formar una familia debajo de un techo. Pero qué va, se me esfuma tan rápido la dicha como las propiedades. Llevo trabajando desde los dieciséis años. En unas jornadas interminables de doce y catorce horas, que al principio combinaba con estudios y, más tarde, con otros trabajos. Lo que más me ha dado son los bares. A pesar de lo que pueda parecer, las empresas de hostelería, aunque hostigadas por la temporalidad de sus servicios, son los que más pagan cada mes y religiosamente. Le dan valor al trabajador y a las horas que le dedica a la empresa. Es, por decirlo así, lo más rentable. Además, si tenemos en cuenta que sueles trabajar cuando más gente hay en la calle, el ahorro es del doble, porque no gastas. De todos esos años y horas, para los que me queda mucha energía aún, porque me encanta trabajar, no tengo más que un alquiler de un piso. Lo demás, no sé ni dónde está ni si merece la pena saberlo.

Total, que al final paso por los empapelados y llamativos escaparates de las inmobiliarias y pienso en los años que me quedan para poder dar un 20% del precio total de un piso y pedir el restante a una entidad bancaria que lo que quiere y persigue es enriquecerse con mi trámite. Un precio que, no es por nada, es fruto de la especulación. Una cifra repleta de ceros que se me antoja inalcanzable y frívola. Como yo estamos todos. Parejas que llevan viviendo años en régimen de alquiler pagando un monto de 700 euros al mes, que como dicen mis padres "es tirar el dinero" y aceptando sigilosamente las subidas anuales de sus caseros porque lo que tienen "es una ganga". Pero es que este callejón no tiene salida y más si de paso nadie se queja.

Sabemos que no viviremos como nuestros padres, a pesar de superarlos en estudios. En mi caso, combino cuatro trabajos con sueldos medio qué, estructurados sobre uno más contundente. En otros, se trabaja a escondidas de una empresa principal como falso autónomo para completar el sueldo paupérrimo que son capaces de darte. Y en otros, se aprovecha una cualidad o don para sacarte el sobresueldo, dando clases de danza, apoyo a estudios o enseñanza de idiomas. Esta es la esencia de nuestra generación, el pluriempleo.

Somos la generación sinhogar, aquellos que sueñan al pasar por delante de las inmobiliarias que algún día, al fin, será posible tener algo de valor en propiedad: muchas, muchas deudas.

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