Análisis

fernando faces

Santelmo Business School

De la deflación a la estanflación

Cada vez son más los economistas académicos, como Kenneth Rogoff o el premio Nobel de economía Miguel Spence, que afirman que la estanflación es un riesgo a medio plazo. La economía mundial ha pasado del temor a la deflación (crecimiento negativo con caída de los precios) al miedo a la estanflación (estancamiento con inflación). El choque entre una potente demanda agregada que irrumpe con fuerza tras la pandemia y un oferta insuficiente erosionada por la disrupción de la cadena de suministros global y la destrucción del tejido productivo es la causa. Se ha derrotado a la deflación al alto costo de la estanflación. Los bancos centrales intentan que las expectativas de inflación no se disparen asegurando que la inflación es transitoria . Pero la inflación progresa y la duda sobre la transitoriedad es cada vez mayor. Tanto la FED como el BCE han anunciado que en el cuarto trimestre iniciarán una prudente y gradual reducción de los estímulos monetarios, aunque el aumento de tipos de interés no será antes de 2023. Es una ficción pensar que es posible una recuperación que nos conduzca a la situación que abandonamos en 2019. La pandemia está provocando una profunda transformación del sistema económico y productivo, de las cadenas de suministro global, de los sistemas logísticos y de transporte y de la dimensión empresarial y los modelos de negocio. Este proceso tendrá altos costos de transición que se trasladarán a los precios.

La transición energética provocará una profunda transformación y obsolescencia de los sistemas productivos, de plantas y equipos de producción, lo cual tendrá un alto costo de transición que presionará sobre los precios en los diez próximos años como ya lo estamos comprobando en toda Europa con el encarecimiento de la factura eléctrica, la factura de la luz.

Dos factores adicionales a considerar: la evolución de la productividad y la deuda globales. Como ha demostrado Gordon en las últimas décadas, la productividad se ha estancado y con ella la capacidad de crecimiento y creación de empleo. Por otra parte, las desigualdades y la precariedad salarial anticipan descontento social y presión creciente sobre los salarios, que se trasladará a los precios. El segundo es el espectacular crecimiento de la deuda global que ha alcanzado en 2020 el 355% del PIB mundial. A lo largo de los últimos 30 años la tasa de crecimiento de la deuda ha sido superior a la del crecimiento del PIB. La productividad del dinero está descendiendo. Esta tendencia plantea dos cuestiones: primera, la tasa de crecimiento a base de deuda es cada vez menor cuando se sobrepasa un límite. El modelo de crecimiento a base de un endeudamiento sin límite no es sostenible. La segunda: ante este escenario de inflación y crecimiento espectacular de la deuda, los bancos centrales tienen un dilema y están atrapados. Si suben los tipos de interés provocan una recesión si no lo hacen sigue aumentando la deuda inducen una estanflación. La única salida es la prudente y gradual retirada de estímulos, ganando tiempo para qué los gobiernos hagan, de una vez por todas, las reformas estructurales que exige un mundo en transformación y que son imprescindibles para aumentar el potencial de crecimiento y creación de empleo.

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