¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
PENSAR en otro idioma es, sin duda, otra forma de expresar la vida. Si continúo viviendo en Sevilla, volcándome en el idioma, leyendo y escribiendo en ello durante lo que me quede de vida, ¿serán mis últimas palabras y pensamientos en castellano? Al acabar mi vida, ¿pensaré, por fin, en paz o finally, at peace? Aunque la traducción es certera, la frase en castellano me transmite estar ya dentro de lo soñado, mientras que la frase dicha o escrita en inglés me transmite tan sólo haber llegado a la meta final. Los idiomas nos imponen una perspectiva y, por lo tanto, un destino.
Durante este último año, cuando la gente, sevillana o guiri, descubría que escribía un artículo semanal en este periódico, la pregunta que nunca falló fue: ¿cómo lo conseguiste? Tenía por costumbre responder: cambié mi vida. Ha sido mi intención ser opaco. Si me preguntaran: ¿cómo terminaste dedicándote a esto? Sería otra historia y la respuesta habría sido más transparente. Nunca me ofende la pura curiosidad.
Otra pregunta que me ha sorprendido por sus presunciones es: ¿escribes los artículos en inglés y el periódico los traduce? Cuando la pregunta venía de un sevillano, yo pensaba: ¿mi castellano hablado es realmente tan malo? Cuando la pregunta venía de un guiri, pensaba: qué diferente es tu experiencia en Sevilla a la mía!
La película de Woody Allen Vicky Cristina Barcelona llegó a impactarme mucho por la sabiduría del argumento. Vicky y Cristina, dos americanas jóvenes y pudientes, viajan a Barcelona en busca de experiencia que ampliara y profundizara sus miras y visión de la vida. Durante su visita de tres meses, ambas tontean con revolucionar sus vidas pero, a la hora de la verdad, justo antes de llegar al punto de no retorno, retroceden y cogen el avión de vuelta a sus vidas de siempre y, lo más probable, para siempre.
Muy pocos directores pueden salir impunes al hacer una película en la que nada cambia; el final es igual que el principio. Seguro que decepcionó a muchos espectadores por decir la verdad: que la gran mayoría de la gente que vive una temporada en el extranjero vuelve no habiendo experimentado nada que le marque.
Igual que Vicky y Cristina, llegué a España lleno de ilusiones. Iba a vivir la bohemia europea, sin ataduras, con el único objetivo de escribir cada día y de llevar una vida que me diera la inspiración y la materia prima para escribir algo interesante. Resultó que lo único de mi fantasía que no se ha hecho realidad es lo de estar sin ataduras. Menos mal. Mis lectores habituales sabrán cuánto mi mujer y dos hijos han figurado en esta serie de artículos y, por lo tanto, cuánto han aportado a mi visión de Sevilla. Los beneficios han sido mutuos. Al darme cuenta de la fuente de inspiración tan rica que es mi familia, presté más atención a mi musa, haciéndome un esposo y padre mejor.
Hoy se publica el quincuagésimo artículo de la serie. Además de escribir sobre mi mujer e hijos y, claro, Sevilla, he podido escribir sobre mi padre, mi suegro, mis antepasados, mis creencias religiosas, mi país y ciudad natal, la Iglesia, la suerte, el sexo, y La Roja, la mejor selección en la historia de España. Me enorgullezco de no haber mencionado, en 48.000 palabras de periodismo, el nombre de ningún político actual, salvo Barack Obama, que mencioné como fenómeno más que como hombre; sin embargo, sí he mencionado a Jesucristo (11 veces), a Mohamed Alí, a Margot Fonteyn, a la Madre Teresa, a Somerset Maugham, a Antonio Domingo Ortíz, a Israel Galván, a José Aguilar, a Robert Duvall, a Method Man, a mi amigo Gabriel, a Joaquín, el mejor camarero de Nervión, y un pastor alemán llamado Machote. Todo eso lo he conseguido mientras me liberaba de mis tonterías, pecados y triunfos. Si al abandonarme en mi trabajo mis lectores han sido listos, seguro que han percibido aspectos de mi carácter que nunca pretendí revelar. Mejor así. No me gustan los secretos.
Todo el esfuerzo detrás de estos artículos, el haber tenido que observar, meditar, asimilar y plasmar ese proceso tan riguroso que hace consciente el subconsciente -y encima teniendo que hacerlo sometiéndome profundamente a la lógica de un idioma que no es el mío-, me ha brindado un intercambio con esta ciudad que pocos guiris, estoy convencido, han podido tener. Agradezco mucho que Sevilla me haya dado una voz y un podio para expresarla, pero aun más gratificante es la huella que la ciudad, a través de estos artículos, ha dejado en mí. Me ha permitido superar con contundencia el tópico tan astutamente retratado en Vicky Cristina Barcelona.
Hoy os digo adiós. Mejor retirarme mientras me sienta en plena forma. Aburrir o repetirme sería ingrato, un feo a una ciudad que me ha acogido y cuidado con tanto cariño.
A fin de cuentas no cambié mi vida para venir a Sevilla, vine a Sevilla y Sevilla cambió mi vida. La sigue cambiando. Quiere esto decir que mientras descanse indefinidamente, las ideas continuarán incubándose.
Me agrada la idea de seguir escribiendo en castellano, si sólo para morir en paz en vez de at peace.
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