como en botica

José / Rodríguez De La Borbolla

Cine de verano, San Bernardo

Relato verídico de un viudo en busca de sus recuerdos de juventud

28 de septiembre 2013 - 01:00

ME pasó hace unos años. Fue a principios de verano, a media mañana. El hombre estaba de pie, en la esquina, al final de la calle Tentudía, en San Bernardo. Llevaba en la mano la bolsa con el pan del domingo y miraba a un lado y a otro, como orientándose. Me paré en el cruce, con la moto, antes de girar hacia la derecha, y me abordó directamente: "Perdone, ¿vive usted por aquí?". Yo le dije que no, pero que a lo mejor podía ayudarle, que qué quería saber. Así me enteré de la historia.

Me contó, de corrido, que se había quedado viudo hacía unos meses. Que su mujer había nacido en un pueblo de la sierra y que él era de aquí. Que no le había faltado nunca, nunca, nunca, a su mujer. Que cuando eran novios de muy poco tiempo, mientras ella estaba en el pueblo con sus padres, pasando unos días del verano, él salía por las noches con algunos amigos del barrio, a tomar el aire después del trabajo. Que una noche se vinieron al cine de verano a San Bernardo. Y que esa noche, en el cine, le tocó sentarse al lado de la muchacha más bonita que había visto en su vida.

Ella iba con unas amigas. Él la saludó al sentarse, comentaron alguna cosa durante la película, ella le aceptó compartir un paquete de pipas y fue entonces cuando se rozaron las manos. Al despedirse, según él, mientras se miraban, le pareció ver una especie de instantánea luz brillante en los oscuros ojos de ella, pero no se atrevió a preguntarle el nombre. Desde entonces él no había vuelto a San Bernardo. Quería ver si lograba encontrar el sitio en el que había estado instalado ese cine de verano. Simplemente eso.

Yo disimulé mis emociones. Para sonsacarle, le pregunté por el nombre del cine, pero no se acordaba. Me dijo que la pantalla era la pared blanqueada de la casa de al lado y que el ambigú estaba a la derecha, según se entraba, al fondo. Y que no se había olvidado nunca de aquella muchacha. Que había vivido muy en paz con su mujer, que habían tenido hijos y que los habían criado bien. Ahora, él ya estaba solo y se había decidido a volver. Le indiqué el camino de la peña bética, para que preguntara allí. Nos dijimos adiós. Y ahí quedó todo.

Al rato, empecé a pensar que no podía ser verdad, que era imposible que se pudiera entrever la infinitud a través del relato de las dos horas vividas por un hombre sencillo en una noche lejana. Después indagué, y hoy puedo decir que las circunstancias concuerdan: las muchachas se iban en verano con sus padres al pueblo; entre tanto, en Sevilla, los novios paseaban o iban al cine con sus amigos; además, en San Bernardo ponían un cine de verano, allí al lado, al final de la calle Tentudía, a la derecha, en un corralón, justo donde la querencia había llevado a aquel hombre; ese corralón servía también para bodas, bautizos y comuniones; y allí, exactamente allí, los jóvenes de otros barrios se encontraban con las muchachas de San Bernardo, a las que no conocían de antes, de cuyo nombre no se enteraban y a las que nunca olvidaban. Todo cuadra.

Tenía que contarlo algún día. ¿En cuántos cines de verano, bajo la luz de cuáles de los universos reflejados en una pantalla, se han producido tales momentos de exultación? ¿A cuántos hombres y a cuántas mujeres ha tocado con sus rayos la estrella de la dicha y la han dejado desvanecerse? ¡Qué bonito es el amor!

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