La ciudad y los días

Carlos Colón

Clichés

EN su encuentro digital con nuestros lectores el famoso ilustrador de cómics Carlos Pacheco escribió: "Nunca he entendido que un pueblo (una ciudad, un país.....) sea el justificante de la falta de talento o de la falta de esfuerzo. San Roque, y por extensión el Campo de Gibraltar, sembró en mí esa inquietud artística que para muchos puede ser algo tan ajeno a nuestros clichés sociales que les resulte incomprensible que alguien de aquí pudiese tener. (…) A pesar de todo en nuestro país aún siguen estando vigentes los versos de Antonio Machado de A Orillas del Duero: Castilla miserable / ayer dominadora / envuelta en sus andrajos / desprecia cuanto ignora". No es fácil encontrar una opinión tan realista e informadamente optimista en boca de quien ha triunfado internacionalmente partiendo de una pequeña localidad situada en una de las regiones tenidas por menos modernas de uno de los países que durante mucho -demasiado- tiempo ha sido considerado furgón de cola de Europa.

Y es que el machadiano "desprecia cuanto ignora" puede decirse de aquella España suicidamente ensimismada, patéticamente altiva y dada a cultivar sus defectos como si fueran virtudes, pero también de esa otra España que parece empeñada en justificar su medianía como una invariante nacional atribuible a la geografía, la historia, el carácter: a cualquier causa pasada o presente, pero siempre independiente de nuestra voluntad, que permita seguir durmiendo la siesta sin mala conciencia. De Calanda salió Buñuel, de Rímini salió Fellini y de Calzada de Calatrava salió Almodóvar, y ni París, ni Roma ni Madrid borraron lo que de Aragón, de la Emilia-Romaña o de La Mancha había en ellos. Ni sus orígenes les condenaron a ser como habían sido sus ancestros. Cierto es que sin París, sin Roma y sin Madrid no hubieran sido lo que fueron o son; pero también lo es que no lo serían sin lo que Calanda, Rímini o Calzada de Calatrava imprimieron en ellos, dando a sus creaciones universales un acento local que los vincula a una tradición, una tierra, una cultura.

Las más de las veces los perezosos que, como en el final de I vitelloni se quedan dormidos en su pueblo mientras el protagonista coge el tren que le llevará a Roma, justifican su fracaso culpando a la opresiva atmósfera de su pueblo. Pues que se vayan, llevándose dentro lo que les haya aportado para hacerles diferentes; o que se esfuercen por cambiarlo. Si en el siglo XVIII Kant cambió la historia del pensamiento sin salir de Königsberg en toda su vida, ¡qué no puede saberse y hacerse desde cualquier sitio en la era de la comunicación global!

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