¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Doñana, capital Sevilla

Doñana es el paraíso al que muchos no renunciaremos. Pese a que ello suponga becar linces o sufrir atascos

Javier Castroviejo aún conserva su acento gallego y un tono imperioso que recuerda a su paisano Manuel Fraga. Por algo lo llamaron el Virrey de Doñana. A este pontevedrés que llegó a Sevilla en los psicodélicos 70, lo incluimos en el santoral hispalense por dos cuestiones: porque es hijo del escritor y naturalista José María Castroviejo (uno de los tipos más curiosos de la literatura española del siglo XX, condenado al olvido por su filiación azul mahón); y, la más importante, porque ha sido uno de esos personajes que han entregado su vida a la gestión, investigación y defensa del Parque Nacional que se extiende al oeste del Guadalquivir, nuestro peculiar Campo de Agramante hoy sitiado por los chistosos de los linces-funcionarios, los avariciosos de los pozos ilegales y los que, hasta para ir a comprar el pan, piden que les construyan una autopista, sin importarles gastos ni destrozos.

Castroviejo guarda memoria de la prehistoria de la Estación Biológica de Doñana, cuando su sede estaba en un chalé de Heliópolis y los cachorros de lobo se escapaban provocando un divertido guirigay en el barrio. Hay otros pioneros, como Miguel Delibes de Castro -hijo del autor de Los Santos Inocentes-, quien se fue a vivir con su mujer al Coto como un auténtico colono del Far West, o Antonio Camoyán, el mejor fotógrafo que ha tenido el paraíso. A Camoyán le debemos la instantánea más icónica de Doñana: el contraluz de un alcornoque cargado de aves en una atardecida cardenalicia. De él son también las fotos de los últimos cazadores de patos, cuyas escopetas y tácticas guerrilleras bien pudieron servir para combatir al francés.

Delibes, Castroviejo o Camoyán no son más que tres ejemplos de los muchos protectores de Doñana que el paseante se puede encontrar por las calles de Sevilla, capital científica del Coto. También podríamos hablar de Fernando Hiraldo, otro continuador de la inmensa labor iniciada por José Antonio Valverde -fundador de la Estación Biológica en 1967-. Todos ellos son conformadores de ese espíritu humboldtiano, entre científico y romántico, que impregna la escuela sevillana de naturalistas, una de las más importantes del país formada por investigadores venidos de Galicia, Castilla, Almería... Sevilla, una vez más, como rompeolas de las Españas.

Pero, pese a los esfuerzos realizados, Doñana sigue amenazada. Siempre hay algún aprendiz de Rockefellerque quiere profanarla con una carretera, un oleoducto, un vertido, una central eléctrica o un invernadero. Quizás por eso se ha convertido en un símbolo, en el último parapeto a defender por los que no queremos vivir en un mundo aún más degradado, feo y artificial, aunque eso suponga tener que becar a los linces o sufrir atascos en verano.

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