La ciudad y los días

Carlos / Colón

Eduardo Ybarra

15 de enero 2014 - 01:00

TENÍA un aire inglés, más que sevillano. Un rasgo de familia: su hermano Pedro, que fue mi párroco muchos años, siempre me recordó a los clérigos ingleses que despiden a los parroquianos en la puerta de una pequeña capilla gótica rodeada por lápidas y prados verdes. Eduardo Ybarra no parecía inglés sólo por su severa corrección en el vestido, su tez pálida o sus ojos claros, sino sobre todo por su educada contención, su elegante manera de conjugar la afabilidad y la reserva, su suave sentido del humor, su cortesía nunca exagerada, su amor por los libros y los jardines, su sentido de la justicia que le hacía aborrecer toda forma de atropello y su sereno valor.

De sus cualidades dan fe cuantos le han tratado. Su amor por los libros y los jardines lo atestigua su extraordinaria biblioteca, habitación baja de techo alto abierta por un costado a un patio sevillano y por otro a un jardín interior de los que recibía una severa y romana luz marmórea, y una cálida luz arábigo andaluza como de cuadro de Carmen Laffón, siempre abierta a cuantos investigadores quisieran consultarla. De su sereno valor soy yo quien da fe: en mi defensa denunció en un acto público lo que nadie se había atrevido a denunciar en esta ciudad de silencios cobardes, sin que le importara enfrentarse a la fortaleza de papel ante la que entonces -era 1996- aún la ciudad se plegaba.

Esta forma inglesa de ser sevillano era la marca de su honda sevillanía. Así, Sevillanías, tituló los seis libros que escribió recopilando historias de la ciudad. Era tan sevillano que no lo parecía. Logró lo impensable en esta ciudad de figurones: ser importante sin darse importancia, tener cargos -en el Monte de Piedad, Hijos de Ybarra S. A. o Editorial Sevillana- sirviéndolos en vez de servirse de ellos y presidir venerables instituciones -el Silencio, Cáritas, la Santa Caridad, la Academia de Buenas Letras- sin sumarse a la feria de las vanidades hispalenses.

Nació dos años después de que se publicara La ciudad de Chaves Nogales y uno antes de que lo hiciera Prosarios de Romero Murube. Tuvo una vida larga, serena y fructífera. Abrazó su cruz cuando tuvo que hacerlo siguiendo la lección de Jesús Nazareno. Entregó su alma a Dios ayer. Cada Domingo de Resurrección tendrá un réquiem blanco: el de la Misa del Azahar en la que se reparten los azahares que desde antiguo crecen en los naranjos concepcionistas de Santa Eufemia.

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