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Mª José Andrade Alonso

Expo 92, cuando viajamos al futuro

22 de marzo 2024 - 01:00

Treinta y dos años han transcurrido desde que aquel 20 de abril de 1992, quedó inaugurada la Exposición Universal en Sevilla. Comenzaban seis meses para vivir una de las experiencias que transformaron la ciudad. Seis meses que tuvieron una antesala en la que la ciudad cambió para ofrecer la imagen que queríamos exportar al mundo.

“La era de los descubrimientos” fue el lema elegido para un acontecimiento que reunió en la Isla de la Cartuja a más de un centenar de países, comunidades autónomas, organismos internacionales y empresas.

España necesitaba mostrar una nueva cara y Sevilla fue la elegida para hacerlo. Sevilla era la ciudad que repetía una experiencia que nos remonta a la Exposición Iberoamericana de 1929 y que estos días recordamos gracias al documental Aníbal, dirigido por Paco Ortiz.

Sevilla sumó a su vida una arquitectura que la definiría, desde ese instante. Nadie es capaz de entenderla sin esa descripción perfecta de una mente perfeccionista como la del gran Aníbal González. Y no lo es porque nuestros antepasados la hicieron primero suya para que luego fuera nuestra.

Pero eso no es lo que ha ocurrido con la Expo 92. Y no ha sido así porque los que decidieron en su momento que sería efímera y que la desmantelarían, no fueron conscientes del capital que estaban negando a las generaciones venideras.

Cuando salimos aquella noche del 12 de octubre de 1992 por los diferentes tornos, algunos miramos atrás siendo conscientes de la gran pérdida que íbamos a sufrir.

Otros actuaron como visionarios y acertaron a describir lo que ocurriría sin equivocarse, pero lo cierto es que, y tras diferentes modificaciones, acertadas o no, ahí tenemos un trozo de Sevilla que noche tras noche, se suma en la oscuridad, tras una reja que nos separa de ella.

Y allí, en aquel trozo de nuestro pasado, los que tuvimos la suerte de vivirlo, viajamos al futuro sin necesidad de montarnos en el famoso DeLorean.

Todos caminábamos sobre calles en las que la fibra óptica supuso un adelanto. Se hicieron las primeras fotocopias a color, enviamos mensaje al espacio, las pantallas eran táctiles. Nos poníamos gafas de realidad aumentada para tener una experiencia inmersiva.

Se reguló el calor y se logró bajar la temperatura, y veíamos películas en pantallas caleidoscópicas. Nos cruzábamos con coches eléctricos e incluso podíamos acceder en telecabina y ahorrarnos largas caminatas en un tren monorraíl que daba una imagen futurista de una isla que no es tal.

Pero, ¿la Expo 92 no merecía permanecer? ¿nadie supo ver el potencial que tendría para la ciudad? ¿por qué no se invitó a Sevilla a que viviera para siempre allí?

A todo se podría responder que no. Y es que cuando vas a La Cartuja, apenas ves a algún turista despistado visitando un lugar que no se entiende porque está desvestido del contexto y de la personalidad arrolladora de aquellos días.

La Expo 92 fue mucho más. Fue un modo de sentir y de reivindicar nuestra forma de hacerlo y de contarlo a los millones que quedaron maravillados cuando entraron en aquel espacio mágico en el que el futuro estuvo aquí, y no fuimos consciente de esto.

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