Visto y oído

Antonio / Sempere

Gabilondos

12 de octubre 2010 - 01:00

DA gozo asistir a los encuentros que realizan los hermanos Gabilondo, Ángel e Iñaki. Periodista y ministro. Comunicador y profesor. En la intimidad no nos podemos inmiscuir, aunque también sería muy curioso asomarnos por el ojo de la cerradura para ver cómo se tratan delante de una mesa y un buen vino, cómo discuten, cómo conversan. Será interesante la Nochebuena de los Gabilondo, sin duda.

Pero como consuelo siempre tenemos la oportunidad de ser testigos de sus encuentros públicos. Esos que hace posible Iñaki Gabilondo cuando invita a su hermano al programa que dirige y presenta. La última de estas visitas sucedió hace pocos días. El guión, aunque más bien cabría hablar del no guión, siempre se repite. Repasan la agenda aludiendo a los temas del día, para seguidamente, sin prisas, bucear en ese contenedor inabarcable que son los asuntos relacionados con la educación.

No tarda en salir la palabra esfuerzo. No hay aprendizaje sin esfuerzo. No hay buena educación sin esfuerzo. Lo de la ciencia infusa quedó obsoleto. Cuando los hermanos Gabilondo hablan de esfuerzo es inevitable imaginarlos más jóvenes. Cómo eran de estudiantes. Cuánto leían. Qué leían. Qué radio escuchaban y cómo recibieron al medio televisivo, que llegó a sus vidas cuando flirteaban con sus carreras universitarias.

El término esfuerzo siempre suena incómodo, molesto. Ahora nos da pereza todo aquello que vaya más allá de mover un dedo. Sí. Muchos creen, inconscientemente, que el dedo que nos conecta con Google es lo más parecido a la panacea universal. Pero las cosas no son tan fáciles. Viendo y escuchando a los hermanos Gabilondo enseguida no damos cuenta de que tienen más razón que dos santos. Que sigan insistiendo. A ver si cala el mensaje.

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