Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Kung Fu

CUANDO la tele no tenía aún colores los niños se liaban a patadas a la salida del colegio emulando a Kung Fu, la estrella nocturna de la TVE cuando Franco cayó con la tromboflebitis por su afición a Cruyff. El andarín karateka, con su silueta de hippy porreta, era una excentricidad en unos tiempos demasiado correctos, demasiado grises, demasiado ingenuos.

Había incluso niños que se les rapaba porque eran nidos de piojos y a cambio tenían todo el derecho a fantasear y sentirse como Pequeños Saltamontes, al igual que David Carradine, pajillero mártir. Kwai Chang encogía el escroto mientras estiraba la pata en esta adaptación televisiva del maestro Bruce Lee, eterno rey de los cines de verano e inspirador de esa serie.

Aquella fiebre amarilla de los 70 marcó a niños y adolescentes, a los manipuladores posturistas de nunchakus, de aspavientos gritones y energía zen de pacotilla. El Malaguita, en la primera entrega de Torrente, es la parodia perfecta.

Hubo quien convirtió en orquestada opereta todo este estilo oriental. El falso monje saolin de Bilbao ha llevado hasta el extremo de la tragedia la calentura por Kung Fu, aquellas serie que congregaba a millones de familias españolas en las medianoches de los sábados como si fuera una asamblea clandestina. Los intocables, El Fugitivo o Kojak, instalados con privilegios en la memoria de los mayores, también ocuparon ese superprime time semanal.

Mamarracho digno de teletienda, primer creyente de sus mentiras, Aguilar llegó a aparecer en Redes mirando a la cara a Punset con su peliculera filosofía monacal. Juan se autollamaba Huang. Ay. Era un engañabobos que ahora es carne de talego y de miniserie tela de chunga.

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