EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Miliki

21 de noviembre 2012 - 01:00

NO sé dónde leí que Gaby, Fofó y Miliki, muchos años antes de ser Los payasos de la tele, estaban grabando un programa en la televisión cubana cuando irrumpió en el estudio un grupo de guerrilleros barbudos: eran los rebeldes de Fidel Castro que acababan de derrocar al dictador Batista y habían tomado La Habana. Desde aquel mismo estudio, creo recordar, los rebeldes dieron la noticia del triunfo de la revolución. Aquel suceso era una escena digna de una gran novela, y aquel día pensé que la vida de los payasos de la tele era mucho más interesante que la de muchos aventureros y cantantes de rock. Y eso se confirmó cuando leí que Miliki había debutado en un circo de Barcelona, a los siete u ocho años de edad, pocos días después de la toma de la ciudad por los franquistas, otra escena sensacional para empezar una novela. Y por algo será que Miliki escribió dos novelas en sus últimos años de vida. Su vida daba para eso y para mucho más.

Hace cuarenta años los niños cantaban las canciones de los payasos de la tele, y hace diez años las cantaban mis hijos, y dentro de veinte años las cantarán los hijos de nuestros hijos, si el mundo sigue siendo un lugar digno de ser vivido. No solemos valorar lo que hacían personajes como Miliki, personas que nacieron en un circo y casi estuvieron a punto de morir en un circo o en un estudio de televisión. Componer canciones para niños, improvisar sketches, ensayar parodias, afinar el acordeón o comparar a la gallina Turuleca con una "sardina enlatá", símil que sin duda habría admirado Ramón Gómez de la Serna: todo eso no tenía otro propósito que hacer reír a unos niños que a menudo no tenían muchos motivos para reír. ¿Puede haber una ocupación más hermosa en la vida?

Miliki consiguió la rara unanimidad de caerle bien a todo el mundo, niño, adulto o anciano. Por alguna razón misteriosa, creía en la bondad como un raro privilegio del alma, y consiguió transmitir esa bondad a los demás, igual que el arte de hacer reír y hacer cantar, sólo por el deseo de hacer que el mundo fuera un lugar un poco mejor de lo que es. Cuando Woody Guthrie componía sus hermosas canciones para niños, su espíritu no estaba muy lejos del payaso Miliki que escribía La gallina Turuleca u Hola, don Pepito. Y en un mundo en el que parecen haberse impuesto para siempre la maldad y la codicia, una persona como Miliki te hacía pensar que todavía había cosas por las que valía la pena vivir. Nadie que haya visto a esos payasos cuando era niño podrá olvidar a Miliki o a sus hermanos Gaby y Fofó. Porque lo que hicieron estos payasos fue algo muy sencillo y a la vez muy complicado: se dedicaron a hacer el bien. Y es justo que lo reconozcamos en un mundo en el que la mayoría de nosotros se dedica a hacer justo lo contrario.

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